HIMNO DEL UNIVERSO: P. Teilhard de Chardin

Pierre Teilhard de Chardin
Himno del Universo
INDICE
I – LA MISA SOBRE EL MUNDO
La ofrenda
El fuego por encima del mundo
El fuego en el mundo
Comunión
Oración
II – LA POTENCIA MATERIAL DE LA MATERIA
III – CRISTO EN LA MATERIA
(Tres historias a la manera de Benson)
El Cuadro
El Ostensorio
La Custodia
IV – LA POTENCIA ESPIRITUAL DE LA MATERIA
Presencia de Dios en el mundo
La Humanidad en marcha
Sentido del esfuerzo humano
En el Cristo total
I – LA MISA SOBRE EL MUNDO
LA OFRENDA
Ya que, una vez más, Señor, ahora ya no en los bosques del Aisne, sino en las estepas de Asia, no tengo ni
pan, ni vino, ni altar, me elevaré por encima de los símbolos hasta la pura majestad de lo Real, y te ofreceré, yo,
que soy tu sacerdote, sobre el altar de la Tierra entera, el trabajo y el dolor del Mundo.
El sol acaba de iluminar, allá lejos, la franja extrema del horizonte. Una vez más, la superficie viviente de la
Tierra se despierta, se estremece y vuelve a iniciar su tremenda labor bajo la capa móvil de sus fuegos. Yo
colocaré sobre mi patena, oh, Dios mío, la inesperada cosecha de este nuevo esfuerzo. Derramaré en mi cáliz la
savia de todos los frutos que serán molidos hoy.
Mi cáliz y mi patena son las profundidades de un alma ampliamente abierta a todas las fuerzas que, en un
instante, van a elevarse desde todos los puntos del Globo y a converger hacia el Espíritu. ¡Qué vengan, pues, a
mí el recuerdo y la mística presencia de aquellos a quienes la luz despierta para un nuevo día!
Señor, voy viendo y los voy amando, uno a uno, a aquellos a quienes tú me has dado como sostén y como
encanto naturales de mi existencia. También uno a uno voy contando los miembros de esa otra tan querida
familia que han ido juntando poco a poco en torno a mí, a partir de los elementos más dispares, las afinidades
del corazón, de la investigación científica y del pensamiento. Más confusamente, pero a todos sin excepción,
evoco a aquellos cuya multitud anónima constituye la masa innumerable de los vivientes; a aquellos que me
rodean y me soportan sin que yo los conozca; a los que viven y los que se van; a aquellos, sobre todo, que, en la
verdad o a través del error, en su despacho, en su laboratorio o en su fábrica creen en el progreso de las Cosas y
persiguen apasionadamente hoy en día la luz.
Quiero que en este momento mi ser resuene acorde con el profundo murmullo de esa multitud agitada,
confusa o diferenciada, cuya inmensidad nos sobrecoge; de ese Océano humano cuyas lentas y monótonas
oscilaciones introducen la turbación en los corazones más creyentes. Todo lo que va a aumentar en el Mundo, en
el transcurso de este día, todo lo que va a disminuir—todo lo que va a morir, también—, he aquí, Señor, lo que
trato de concentrar en mí para ofrecértelo; he aquí la materia de mi sacrificio, el único sacrificio que a Ti te
gusta.
Antiguamente se depositaban en tu templo las primicias de las cosechas y la flor de los rebaños. La ofrenda
que realmente estás esperando, aquella de que tienes misteriosamente necesidad todos los días para saciar tu
hambre, para calmar tu sed, es nada menos que el acrecentamiento del Mundo arrastrado por el universal
devenir.
Recibe, Señor, esta Hostia total que la Creación. atraída por tus gracias, te presenta en esta nueva aurora. Sé
perfectamente que este pan, nuestro esfuerzo, no es en sí mismo más que una desagregación inmensa. Este vino,
nuestro dolor, no es todavía, ¡ay!, más que un brebaje disolvente. Mas Tú has puesto en el fondo de esta masa
informe —estoy seguro de ello, porque lo siento—un irresistible y santificante deseo que nos hace gritar a
todos, desde el impío hasta el fiel: «Señor, ¡haz de nosotros un solo individuo!

Porque a falta del celo espiritual
de la sublime pureza de tus Santos, Tú me has dado, Dios mío, una
y
simpatía irresistible por todo lo que se mueve en la materia oscura—porque, irresistiblemente, reconozco en mí
más que a un hijo del Cielo a un hijo de la Tierra—, subiré esta mañana, con mi pensamiento, a los lugares altos,
cargado con las esperanzas y las miserias de mi madre, y allí—fuerte, con un sacerdocio que sólo Tú has podido
darme, estoy seguro—invocaré al Fuego sobre todo lo que, en la Carne humana, está pronto para nacer o para
perecer bajo el sol caliente.
EL FUEGO POR ENCIMA DEL MUNDO
Estamos dominados por la tenaz ilusión de que el Fuego, ese principio del ser, surge de las profundidades de
la Tierra, y que su llama se enciende progresivamente a lo largo de la brillante estela de la Vida. Me has
concedido la gracia, Señor, de comprender que esta visión era falsa y que, para poder llegar hasta ti, tendría que
destru irla. Al principio existía la po tencia in telectual, amante y activa. Al principio existía el Verbo soberana-
mente capaz de someter y elaborar toda la Materia que pudiera nacer. Al principio no existían el frío y las
tinieblas; existía el Fuego. Esta es la Verdad.
Así, pues, lejos de que de nuestra noche brote gradualmente la luz, es la luz preexistente la que, con paciencia
e infaliblemente, elimina nuestras sombras. Nosotros, criaturas, somos por nosotros mismos la Sombra y el
Vacío. Tú eres, Dios mío, el fondo mismo y la estabilidad del Medio eterno, sin duración ni espacio, en el que,
gradualmente, emerge y se perfecciona nuestro Universo, perdiendo los límites que hacen nos parezca tan
grande. Todo es ser, no hay más que ser por todas partes, fuera de la fragmentación de las criaturas y de la
oposición de sus átomos.
Espíritu abrasador, Fuego fundamental y personal, Término real de una unión mil veces más hermosa y más
deseable que la fusión destructiva imaginada por no importa qué panteísmo, digna-te, una vez más, descender,
para infundirle un alma, sobre la débil película de materia nueva de la que va a envolverse el Mundo hoy.
Lo sé perfectamente. Ninguno de nosotros podría dictar, ni siquiera anticipar, el menor de tus gestos. Tuyas
son todas las iniciativas, comenzando por la de mi oración.
Verbo resplandeciente, Potencia ardiente, Tú que amasas lo Múltiple para infundirle tu vida, abate sobre
nosotros, te lo ruego, tus manos poderosas, tus manos previsoras, tus manos omnipresentes, esas manos que no
tocan ni aquí ni allí (como haría una mano humana), sino que, mezcladas a la profundidad y a la universalidad
presente y pasada de las Cosas, actúan sobre nosotros simultáneamente a través de todo lo que hay de más basto
y de más interior en nosotros y en torno a nosotros.
Prepara con esas manos invencibles, mediante una adaptación suprema, para la gran obra que proyectas, el
esfuerzo terrestre cuya totalidad te presento en este momento concentrada en mi corazón. Reestructura este
esfuerzo, rectifícale, refúndele hasta en sus orígenes, tú que sabes por qué es imposible que la criatura nazca de
otra forma que no sea sostenida sobre el tallo de una interminable evolución.
Y ahora pronuncia, utilizando mi boca, la doble y eficaz palabra sin la cual todo se bambolea, todo queda al
descubierto en nuestra sabiduría y en nuestra experiencia; con la cual todo se concentra y todo se consolida
indefinidamente en nuestras especulaciones y nuestra práctica del Universo. Repite sobre toda vida que va a
germinar, a crecer, a florecer y a madurar en este día: «Este es mi cuerpo.” Y sobre toda muerte que se apresta a
roer, a ajar, a cortar, ordena (¡misterio de fe por excelencia!): “Esta es
sangre”
mi
2
EL FUEGO EN EL MUNDO
Está hecho.
El Fuego ha penetrado una vez más la Tierra.
No ha caldo ruidosamente sobre las cimas, como el rayo en su estallido. ¿El Dueño fuerza las puertas para
entrar en su casa?
La llama lo ha iluminado todo sin sacudidas, sin trueno, desde dentro. Desde el corazón del más pequeño de
los átomos hasta la energía de las leyes más universales ha invadido individualmente y en su conjunto, con
naturalidad, a cada uno de los elementos, a cada uno de los resortes, a cada una de las conexiones de nuestro
Cosmos, de tal forma que podría creerse que el Cosmos se ha inflamado espontáneamente.
En la nueva Humanidad que se está engendrando hoy, el Verbo ha prolongado el acto sin fin de su
nacimiento, y en virtud de su inmersión en el seno del Mundo, las grandes aguas de la Materia se han cambiado
la vida sin un estremecimiento. Nada se ha estremecido, en apariencia en esta inefable transformación. Y, sin
embargo, al contacto de la Palabra sustancial, el Universo, inmensa Hostia, se ha convertido, misteriosa y
realmente, en Carne. Desde ahora, toda la materia se ha encarnado, Dios mío, en tu Encarnación.
Hace ya mucho tiempo que nuestros pensamientos y nuestras experiencias humanas habían reconocido las
extrañas propiedades que hacen al Universo tan semejante a una Carne…
Lo mismo que la Carne, nos atrae por el encanto
que flota en el misterio de sus pliegues y la profundidad de
sus ojos.
Lo mismo que la Carne, se descompone y se nos escurre tras los esfuerzos de nuestros análisis, de nuestros
fracasos y de su propia duración.
Lo mismo que la Carne, no se comprime realmente más que en el esfuerzo sin fin para alcanzarle siempre
más allá de lo que se nos concede.
Todos nosotros, Señor, advertimos esa mezcla turbadora de proximidad y de distancia cuando nace. Y no
hay, en la herencia de dolor y de esperanza que se transmiten las edades, no hay nostalgia más desolada que la
que hace llorar al hombre de irritación y de deseo en el seno de la Presencia que flota, impalpable y anónima, en
todas las cosas, a su alrededor: «Si forte attrectent eum.”
Ahora, Señor, por medio de la Consagración del Mundo, el resplandor y el perfume que flota en el Universo
adquieren para mí cuerpo y rostro en Ti. Eso que entreveía mi pensamiento indeciso, eso que reclamaba mi
corazón en aras de un deseo inverosímil, me lo das Tú magníficamente: que las criaturas sean no sólo de tal
modo solidarias entre sí que ninguna pueda existir sin todas las demás para rodearla, sino que estén de tal forma
suspendidas en un mismo centro real que una verdadera Vida, sufrida en común, les proporcione, en definitiva,
su consistencia y su unión.
¡Haz, Dios mío, que estalle, forzada por la audacia de tu Revelación, la timidez de un pensamiento pueril que
no tiene arrestos para concebir nada más vasto ni más vivo en el mundo que la miserable perfección de nuestro
organismo humano! En el camino hacia una comprensión más atrevida del Universo, los hijos del siglo superan
todos los días a los maestros de Israel. Tú, Señor Jesús, «en quien todas las cosas encuentran su subsistencia”,
revélate al fin a quienes te aman como el Alma superior y el Foco físico de la Creación. Nos va en ello la vida;
¿no lo ves Tú así? Si yo no pudiera creer que tu Presencia real anima, templa, enardece la más insignificante de
las energías que me penetran o me rozan ligeramente, ¿no resultaría que, transido hasta la medula de mi ser, me
moriría de frío?
¡Gracias, Dios mío, por haber dirigido mi mirada de mil maneras hasta hacerla descubrir la inmensa sencillez
de las Cosas! Poco a poco, en virtud del desarrollo irresistible de las aspiraciones que Tú has depositado en mí
cuando era un niño, bajo la influencia de amigos excepcionales que se han cruzado en momentos determinados
en mi camino para ilustrar y fortificar mi espíritu con el despertar de iniciaciones terribles y dulces cuyos
círculos Tú me has hecho franquear sucesivamente, he llegado a no poder ya ver nada ni respirar fuera del
Medio en el que todo no es más que Uno.
En este momento en que tu Vida acaba de pasar, con un aumento de fortaleza, al Sacramento del Mundo,
gustaré, con una conciencia acrecentada, la fuerte y tranquila embriaguez de una visión cuya coherencia y
armonías no logro agotar.
Lo que yo experimento, frente y dentro del Mundo asimilado por tu Carne, convertido en tu Carne, Dios mío,
no es ni la absorción del monista ávido de fundirse en la unidad de las cosas, ni la emoción del pagano
prosternado a los pies de una divinidad tangible, ni el abandono pasivo del quietismo que se mueve a merced de
las energías místicas.
Aprovechando algo de la fuerza de estas diversas corrientes, sin lanzarme contra ningún escollo, la actitud en
que me sitúa tu Presencia universal es una admirable síntesis en que se mezclan, corrigiéndose, tres de las más
formidables pasiones que puedan jamás soplar sobre un corazón humano.
Lo mismo que el monista, me sumerjo en el Universo total; mas la Unidad que me recibe es tan perfecta que
sé encontrar en ella, perdiéndome, el perfeccionamiento último de mi individualidad.
Lo mismo que el pagano, yo adoro a un Dios palpable. Llego incluso a tocar a ese Dios en toda la superficie y
la profundidad del Mundo de la Materia en que me encuentro cogido. Mas para asirlo como yo quisiera (para
seguir sencillamente tocándole) necesito ir más lejos, a través y más allá de toda limitación, sin poder jamás
descansar en nada, empujado en cada momento por las criaturas y superándolas en todo momento, en un
continuo acoger y en continuo desprendimiento.
Lo mismo que el quietista, me dejo mecer deliciosamente por la divina Fantasía. Mas, al mismo tiempo, sé
que la Voluntad divina no me será revelada en cada momento más que dentro de los límites de mi esfuerzo. No
palparé a Dios en la Materia, como Jacob, más que cuando haya sido vencido por él.
Así, por habérseme aparecido el Objeto definitivo, total, en el que se ha insertado mi naturaleza, las potencias
de mi ser comienzan a vibrar espontáneamente al unísono con una Nota Única, increíblemente rica, en la que yo
distingo, asociadas sin esfuerzo, las más opuestas tendencias: la exaltación de obrar y la alegría de padecer; la
voluptuosidad de poseer y la fiebre de superar; el orgullo de crecer y la felicidad de desaparecer en alguien
mayor que uno mismo.
Enriquecido con la savia del Mundo, subo hacia el Espíritu que me sonríe más allá de toda conquista,
envuelto en el esplendor concreto del Universo. Y no sabría decir, perdido en el misterio de la Carne divina,
cuál es la más radiante de estas dos beatitudes: haber encontrado al Verbo para dominar la Materia o poseer la
Materia para llegar hasta la luz de Dios y experimentar sus efectos.
Haz, Señor, que tu descenso bajo las Especies universales no sea para mí estimado y acariciado sólo como el
fruto de una especulación filosófica, sino que se convierta verdaderamente en una Presencia real. En potencia y
de hecho, lo queramos o no, Tú te has encarnado en el Mundo y vivimos pendientes de ti. Mas de hecho es
necesario (¡y cuánto!) que estés igualmente próximo a todos nosotros. Situados, todos juntos, en el seno de un
mismo Mundo, formamos, sin embargo, cada uno de nosotros nuestro pequeño Universo, en el que la
Encarnación se opera independientemente, con una intensidad y unos matices incomunicables. Y he aquí por
qué en nuestra oración en el altar pedimos que la consagración se haga
para nosotros:
«Ut nobis Corpus et
Si creo firmemente que todo en torno a mí es el Cuerpo y la Sangre del Verbo
entonces para mí
Sanguis fiat…

~,
(y en cierto sentido para mí sólo) se produce la maravillosa «Diafanía” que hace transparezca objetivamente en
la profundidad de todo hecho y de todo elemento el calor luminoso dc una misma Vida. Si, por desgracia, mi fe
se debilita, inmediatamente la luz se apaga, todo se hace oscuro, todo se descompone.
Señor, en este día que está comenzando acabas de descender. ¡Ay! ¡Qué infinita diversidad en los grados de
tu Presencia a través de los acontecimientos que se preparan y que todos nosotros experimentaremos! Tú puedes
estar un poco, mucho, cada vez más, o no estar en absoluto en las mismas circunstancias que están a punto de
en— volverme a mí y de envolver a mis hermanos.
Para que ningún veneno me dañe hoy, para que ninguna muerte me mate, para que ningún vino me
embriague, para que te descubra y te sienta en toda criatura, ¡haz, Señor, que crea!
COMUNIÓN
Si el Fuego ha descendido hasta el corazón del Mundo ha sido, en última instancia, para arrebatarme y para
absorberme. Desde ese momento no basta con que le contemple e intensifique continuamente su ardor en torno a
mí mediante una fe sostenida. Es necesario que, tras haber cooperado con todas mis fuerzas a la Consagración
que le hace brotar, yo consienta, al fin, en la Comunión, que le proporcionará, en mi persona, el alimento que, en
fin de cuentas, ha venido a buscar.
Me prosterno, Dios mío, ante tu Presencia en el Universo, que se ha hecho ardiente, y en los rasgos de todo lo
que encuentre, y de todo lo que me suceda, y de todo lo que realice en el día de hoy, te deseo y te espero.
Es algo terrible haber nacido, es decir, encontrarse irrevocablemente arrastrado, sin haberlo querido, por un
torrente de energía formidable que parece querer destruir todo lo que lleva consigo.
Quiero, Dios mío, que en virtud de un trastrueque de fuerzas que sólo Tú puedes efectuar el sobresalto que se
adueña de mí ante las alteraciones sin número que están realizando la renovación de mi ser se cambie en una
alegría desbordante por yerme transformado en Ti.
Comenzaré por alargar mi mano sin titubeos hacia el pan abrasador que Tú me presentas. En ese pan, en el
que Tú has encerrado el germen de todo desarrollo, reconozco el principio y el secreto del porvenir que me
reservas. Aceptarlo significa entregarme, lo sé perfectamente, a las potencias que me arrancarán dolorosamente
a mí mismo para lanzarme hacia el peligro, el trabajo, la continua renovación de las ideas, al desprendimiento
austero en los afectos. Comerlo significa adquirir, respecto a lo que está totalmente por encima de todo, un gusto
y una afinidad que en adelante me harán imposibles las alegrías que daban calor a mi vida. Señor Jesús, acepto
ser poseído por Ti, y conducido por la indefinible potencia de tu Cuerpo, al que me sentirá ligado, hacia las
soledades a las que yo solo jamás me hubiera atrevido a acercarme. Como cualquier otro Hombre, me gustará
levantar aquí abajo mi tienda sobre una montaña elegida. Como todos mis hermanos, tengo también miedo del
porvenir, demasiado misterioso y demasiado nuevo, hacia el que me empuja la duración. Después me pregunto,
¡Ojalá esta Comunión del pan con Cristo revestido con las
tan ansioso como ellos, hacia dónde va la vida.
– –
potencias que dilatan el Mundo me libere de mi timidez y de mi negligencia! Me arrojo, oh, Dios mío, fiado en
tu palabra, en el torbellino de las luchas y de las energías entre las que se desarrollará mi poder de percibir y de
experimentar tu Santa Presencia. A aquel que ame apasionadamente a Jesús oculto en las fuerzas que hacen
crecer la Tierra, la Tierra, maternalmente, la Tierra le tomará en sus brazos gigantes y ella le hará contemplar el
rostro de Dios.
Si tu reino, Dios mío, fuese de este Mundo, me bastaría para poseerte confiarme a las potencias que nos
hacen sufrir y morir engrandeciéndonos palpablemente a nosotros o a aquello que nos es más querido que
nosotros mismos. Mas como el Término hacia el que se mueve la Tierra está del otro lado no sólo de cada cosa
individual sino del conjunto de todas las cosas, como la labor del Mundo consiste no en engendrar en sí mismo
una Realidad suprema, sino en consumarse por unión en un Ser preexistente, resulta que para llegar hasta el
centro resplandeciente del Universo no le basta al Hombre vivir cada vez más para sí
tampoco en convertir su
ni
vida en una causa terrestre, por muy grande que sea. El Mundo no puede llegar hasta ti, Señor, en último
término, más que en virtud de una especie de inversión, de vuelta atrás, de excentración, en donde queda oculto
durante algún tiempo no sólo el éxito de los individuos, sino la apariencia misma de todo logro humano. Para
que mi alma quede decididamente incorporada a la tuya es preciso que muera en mí no sólo la mónada, sino
también el Mundo, es decir, que pase por la fase desgarradora de una disminución que no podrá ser compensada
por ninguna cosa tangible. He ahí por qué, tras haber recogido en él la amargura de todas las separaciones, de
todas las limitaciones, de todos ¡os fracasos estériles, me tiendes tu cáliz. “Bebed todos de él”.
Cómo iba yo a rechazar este cáliz, Señor, ahora que con el pan que me has hecho gustar se ha inoculado en la
medula de mi ser la inextinguible pasión de unirme a Ti, más allá de la vida, a través de la muerte. La
Consagración del Mundo hubiera quedado sin terminar, desde luego, si no hubieses animado con predilección,
en favor de quienes iban a creer, las fuerzas que matan después de las fuerzas que vivifican. Mi comunión ahora
sería incompleta (no sería cristiana, sencillamente) si, juntamente con los aumentos que me trae este nuevo día,
no recibiese, en mi nombre y en nombre del Mundo, como la más directa participación contigo, el trabajo,
oculto o manifiesto, de debilitamiento, de vejez y de muerte que mina continuamente el Universo para su sal-
vación o su condenación. Me abandono irremisiblemente, oh, Dios mío, a las formidables acciones de
disolución mediante las cuales tu Divina Presencia sustituirá hoy, así quiero creerlo ciegamente, mi
insignificante personalidad. A quien haya amado apasionadamente a Jesús oculto en las fuerzas que hacen
madurar la Tierra, la Tierra le estrechará, cuando muera, entre sus brazos gigantes y se despertará con ella en el
seno de Dios.
ORACIÓN
Y ahora, Jesús, que te has convertido verdadera y físicamente, oculto tras las potencias del Mundo, en todo
para mí, en todo a mi alrededor, en todo en mí, aunaré en una misma aspiración la embriaguez de lo que poseo y
la sed de lo que me falta y repetiré con tu servidor las palabras inflamadas en las que se reconocerá cada vez con
más exactitud, estoy firmemente persuadido de ello, el Cristianismo de mañana:
«Señor, introdúceme en lo más profundo de las entrañas de tu Corazón. Y una vez que ya me tengas ahí,
abrásame, purifícame, inflámame, sublímame hasta la más completa satisfacción de tus gustos, hasta la más
completa aniquilación de mí mismo.’
«Tu autem, Domine mi, include me in imis visceribus Cordis tui. Atque ibi me detine, excoque, expurga,
accende, ignifac, sublima, ad purissimum Cordis tui gustum atque placitum, ad puram annihilationem meam.

«Señor.” ¡Sí, al fin he encontrado a alguien a quien pueda dar este nombre, de todo corazón, en virtud del
doble misterio de la Consagración y de la Comunión universales! Mientras no he sabido o no me he atrevido a
ver en ti, Jesús, más que al hombre de hace dos mil años, al Moralista sublime, al Amigo, al Hermano, mi amor
ha permanecido tímido y reprimido. Amigos, hermanos, sabios, ¿es que no los tenemos a nuestros alrededor
muy grandes, muy exquisitos, más cercanos? Y, además, ¿puede el Hombre entregarse plenamente a una
naturaleza únicamente humana? Desde siempre, el Mundo, por encima de todo Elemento del Mundo, se había
apoderado de mi corazón, y jamás me hubiera doblegado sinceramente ante nadie. Por eso, durante mucho
tiempo, a pesar de creer, he andado errante sin saber lo que amaba. Pero ahora que, merced a la manifestación
de los poderes suprahumanos que te ha conferido la Resurrección, transpareces para mí, Señor, a través de todas
las potencias de la Tierra, ahora te reconozco como mi Soberano y me entrego deliciosamente a Ti.
¡Extrañas actividades de tu Espíritu, Dios mío! Cuando hace dos siglos comenzó a dejarse sentir en tu Iglesia
la atracción precisa de tu Corazón, pudo parecer que lo que seducía las almas era el descubrir en Ti un elemento
más determinado, más circunscrito que tu misma Humanidad. Mas he aquí que ahora, ¡por un cambio súbito!,
resulta evidente que, mediante la «revelación” de tu Corazón, has querido, Jesús, proporcionar a nuestro amor el
medio de sustraerse a lo que había de excesivamente limitado en la imagen que nos sabíamos formado de ti. En
el centro de tu pecho no descubro más que un horno, y cuanto más contemplo este foco ardiente más me parece
que los contornos de tu Corazón se funden en su totalidad, que se van agrandando, más allá de toda medida,
hasta el extremo de que ya no distingo en Ti otros rasgos más que la figura de un Mundo inflamado.
Cristo glorioso; Influencia secretamente difundida en el seno de la Materia y Centro deslumbrador en el que
se centran las innumerables fibras de lo Múltiple; Potencia implacable como el Mundo y cálida como la Vida;
Tú, cuya frente es de nieve, cuyos ojos son de fuego, cuyos pies son más centelleantes que el oro en fusión; Tú,
cuyas manos aprisionan las estrellas; Tú que eres el primero y el último, el viv o, el muerto y el resucitado; Tú
que concentras en tu unidad exuberante todos los encantos, todos los gustos, todas las fuerzas, todos los estados;
a Ti era a quien llamaba mi ser con un ansia tan amplia como el Universo: ¡Tú eres realmente mi Señor y mi
Dios!
“Escóndeme en Ti, Señor.” ¡Ah! Creo (y lo creo hasta el punto de que esta fe se ha convertido en uno de los
sostenes de mi vida íntima) que las tinieblas completamente exteriores a Ti serían la pura nada. Nada puede
subsistir fuera de tu Carne, Jesús, hasta el punto de que incluso aquellos que se encuentran rechazados por tu
amor se benefician todavía, para su desgracia, del apoyo de tu presencia. ¡Todos nosotros nos encontramos
irremediablemente en Ti, Medio universal de consistencia y de vida! Pero precisamente porque no somos algo
completamente terminado que pueda ser concebido indiferentemente como cercano o alejado de Ti;
precisamente porque en nosotros el sujeto de la unión crece con la unión misma que nos entrega
progresivamente a Ti; en nombre de lo que hay de más esencial en mi ser, Señor, escucha el deseo de eso que
me atrevo a llamar
mi
alma, aun cuando cada día me doy más cuenta de que es mayor que yo, y para apagar mi
sed de existir, a través de las zonas sucesivas de tu Subsistencia profunda, empújame hacia los pliegues más
íntimos del Centro de tu Corazón!
Cuanto más profundo se te encuentra, Señor, más universal aparece tu influencia. A este respecto podré
apreciar, en cada momento, cuánto me he introducido en Ti. Cuando, y mientras todas las cosas conserven en
torno a ml su sabor y sus contornos, las vea, sin embargo, difundidas, por un alma secreta, en un Elemento
único, infinitamente cercano e infinitamente alejado; cuando, aprisionado en la intimidad celosa de un santuario
divino, me veo, sin embargo, errando libremente a través del cielo de todas las criaturas, entonces sabré que me
acerco al lugar central hacia el que converge el corazón del Mundo en la irradiación descendente del Corazón de
Dios.
En este punto de incendio universal actúa sobre mí, Señor, con el fuego concentrado de todas las acciones
interiores y exteriores que, experimentadas menos cerca de Ti, serían neutras, equivocas u hostiles; pero que,
animadas por una Energía «quae possit sibi omnia subjicere”, se convierten, en las profundidades físicas de tu
Corazón, en los ángeles de tu victoriosa operación. Por una combinación maravillosa, juntamente con tu
atractivo, del encanto de las criaturas y de su insuficiencia, de su dulzura y de su maldad, de su debilidad
decepcionante y de su formidable potencia, exalta gradualmente y hastía mi corazón:
enséñale la verdadera pureza, esa pureza que no es una separación debilitante de las cosas, sino un impulso a
través de todas las bellezas; descúbrele la verdadera caridad, esa caridad que no es el miedo estéril a obrar el
mal, sino la voluntad enérgica de forzar todas las puertas de la vida; dale, finalmente, dale sobre todo, mediante
una visión cada vez mayor de tu omnipresencia, la bienaventurada pasión por descubrir, de hacer y de padecer
cada vez un poco más al Mundo, con el fin de penetrar cada vez más en Ti.
Toda mi alegría y mis éxitos, toda mi razón de ser y mi gusto por la vida, Dios mío, penden de esa visión
fundamental de tu conjunción con el Universo. ¡Que otros anuncien, conforme a su función más elevada, los
esplendores de tu puro Espíritu! Para mí, dominado por una vocación anclada en las últimas fibras de mi
naturaleza, no quiero ni puedo decir otra cosa que las innumerables prolongaciones de tu Ser encarnado a través
de la Materia; ¡nunca sabría predicar más que el Misterio de tu Carne, oh, Alma que transparece en todo lo que
nos rodea!
En tu Cuerpo, con todo lo que comprende, es decir, en el Mundo, convertido, por tu poder y por mi fe, en el
crisol magnífico y vivo en el que todo desaparece para renacer, por todos los recursos que ha hecho surgir en mí
tu atracción creadora, por mi excesivamente limitada ciencia, por mis vinculaciones religiosas, por mi sacerdo-
cio y (lo que para mí tiene más importancia) por el fondo de mi convicción humana, me entrego para vivir y
para morir en tu servicio, Jesús.
Ordos,
1923.
II – CRISTO EN LA MATERIA
Tres historias a la manera de Benson
Mi amigo [el mismo Teilhard] ha muerto, aquel que bebía en toda vida como en una
fuente santa. Su
corazón le abrasaba por dentro. Su cuerpo ha desaparecido en la Tierra, delante de Verdún. Ahora puedo repetir
algunas de sus palabras, aquellas palabras con que una tarde me iniciaba en la visión intensa que iluminaba y
pacificaba su vida.
“¿Quieres saber, me decía, cómo el Universo potente y múltiple ha adquirido para mí la figura de Cristo? Esto
sucede poco a poco, y es difícil analizar con palabras intuiciones tan renovadoras como éstas. Eso no obstante,
puedo contarte algunas de las experiencias que allá arriba han introducido la luz en mi alma, como si se
levantara, por etapas, un telón…”
EL CUADRO
“…En aquel momento, comenzó, tenía mi pensamiento comprometido en un problema medio filosófico,
medio estético. Suponiendo, pensaba yo, que Cristo se dignase aparecer aquí, delante de mí, corporalmente,
¿cuál sería su aspecto? ¿Cuál sería su compostura? ¿Cuál sería, sobre todo, su manera de introducirse
sensiblemente en la Materia, su manera de situarse entre los objetos de alrededor?… Y había algo que me entris-
tecía y me disgustaba, confusamente, frente a la idea de que el cuerpo de Cristo pudiese yuxtaponerse, en el
conjunto del Mundo, a la multitud de los cuerpos inferiores, sin que éstos experimentasen y reconociesen, a
través de alguna alteración perceptible, la Intensidad que les rodeaba.
Sin embargo, mis ojos se habían detenido maquinalmente en un cuadro que representaba a Cristo, con su
corazón ofrecido a los hombres. Este cuadro estaba colgado delante de mí en los muros de la iglesia donde habla
entrado para orar. Y, siguiendo el curso de mi pensamiento, no comprendía cómo podía ser posible a un artista
representar la Humanidad Santa de Jesús, sin atribuirle esa fijeza demasiado precisa de su Cuerpo que parecía
aislarse de todos los demás hombres, sin darle esa expresión demasiado individual de su figura, de esa figura
que, suponiendo que fuese bella, lo era de una manera particular. con exclusión de todas las demás hermosuras…
Así, pues, estaba haciéndome todas estas preguntas curiosas y mirando al cuadro cuando comenzó la visión.
(En realidad, de verdad, no podría precisar cuAndo comenzó; porque ya habla alcanzado cierta intensidad
cuando advertí su existencia…)
Lo que sí es cierto es que, dejando mi mirada vagar por los contornos de la imagen, me di cuenta de repente
de
que se mezclaban.
Se mezclaban, pero de una manera especial, difícil de explicar. Cuando trataba de ver el
trazado de la Persona de Cristo, se me aparecía claramente delimitado. Y después, en cuanto cedía el esfuerzo
visual, toda
zona de Cristo, los pliegues de sus vestidos, la irradiación de su cabellera, la flor de su carne, pasaban, por así
decirlo (aun cuando sin desvanecerse), a todo el resto…
Hubiérase dicho que la superficie de separación entre Cristo y el Mundo ambiente se convertía en una capa
vibrante en la que se confundían todos los limites.
Me parece que la transformación debió afectar primero un punto, en el borde del retrato, y que, desde allí,
prosiguió hasta llegar a todo el contorno. Al menos en este orden fui dándome cuenta. Por lo demás, a partir de
este momento, la metamorfosis se extendió rápidamente
alcanzó a todas las cosas.
y
Primero me di cuenta de que la atmósfera vibrante que aureolaba a Cristo no estaba confinada a una pequeña
zona en torno a él, sino que irradiaba hasta el infinito.
De cuando en cuando surgían algo así como regueros de fosforescencia, causadores de un flujo continuo que
alcanzaba hasta las esferas extremas de la Materia, dibujando una especie de plexus sanguíneo o una red
nerviosa que corría a través de toda Vida.
¡El Universo entero vibraba!,
y, sin embargo, cuando intentaba mirar los objetos uno a uno, los encontraba
cada vez claramente dibujados en su individualidad preservada.
Todo este movimiento parecía emanar de Cristo, de su Corazón sobre todo. Mientras trataba de remontar a la
fuente del efluvio y de percibir su ritmo, fue cuando, al volver a fijar mi atención en el retrato, vi cómo la visión
llegaba rápidamente a su paroxismo.
Ahora me doy cuenta de que he olvidado hablarte de los vestidos de Cristo. Eran luminosos, tal como
leemos en el relato de la Transfiguración. Pero lo que más llamó mi atención fue advertir que no estaban tejidos
artificialmente, a menos que la mano de los ángeles no sea la de la Naturaleza. La trama no estaba compuesta de
fibras burdamente hiladas… Pero la materia, una flor de la materia, se había trenzado espontáneamente a sí
misma hasta lo más intimo de su sustancia, como un lino maravilloso. Y yo creía ir viendo cómo se movían
indefinidamente combinadas en un dibujo natural que les afectaba hasta el fondo de sí mismas.
Pero ya comprenderás que no dediqué a este vestido, maravillosamente tejido con la cooperación continuada
de todas las energías y de todo el orden de la materia, más que una mirada distraída. Lo que atraía y cautivaba
toda mi atención era el Rostro transfigurado del Maestro.
Tú has visto muchas veces, durante la noche, cómo las estrellas cambian de color: unas veces son perlas de
sangre y otras, violáceas chispas de terciopelo. Has visto también cómo corren los colores en una ampolla
transparente…
Así, en una indescriptible floración, brillaban sobre la inmutable fisonomía de Jesús las luces de todas
nuestras hermosuras. No sabría decir si esto sucedía de acuerdo con mis deseos o según la voluntad de Aquel
que regulaba y conocía mis deseos. Lo que sí es cierto es que estos innumerables matices de majestad, de
suavidad, de atractivo irresistible, se sucedían, se transformaban, se fundían unos en otros, de acuerdo con una
armonía que me saciaba plenamente…
Y siempre flotaba tras esta superficie móvil, sustentándola y concentrándola también en una unidad superior,
la incomunicable hermosura de Cristo… Más que percibirla, adivinaba esa Hermosura, porque cada vez que
trataba de perforar la capa de las hermosuras inferiores que me la ocultaban, surgían otras hermosuras
particulares y fragmentarias, que me ocultaban
la Verdadera,
al mismo tiempo que hacían que la presintiera y la
deseara.
Todo el rostro irradiaba, en conformidad con esta ley. Pero el centro de la irradiación y de la floración estaba
oculto en los ojos del retrato transfigurado…
Por la profundidad suntuosa de estos ojos cruzaba, en entonaciones de iris, el reflejo (a menos que no fuese la
forma creadora, la Idea) de todo lo que produce encanto, de todo lo que vive… Y la simplicidad luminosa de su
fuego se resolvía, ante mi esfuerzo por dominarla, en una inexhaustible complejidad, en la que estaban con-
centradas todas las miradas en las que se haya fogueado y mirado jamás un corazón humano. Estos ojos, por
ejemplo, tan dulces y tiernos en un principio, hasta el punto que creía ver ante mí a mi madre, se hacían, un
instante después, apasionados y subyugantes como los de una mujer; tan imperiosamente puros, al mismo
tiempo. que, bajo su dominio, el sentimiento hubiese sido físicamente incapaz de extraviarse. Y después, en un
segundo tiempo, les inundaba una grande y viril majestad, análoga a la que se lee en los ojos de un hombre muy
animoso, muy refinado o muy fuerte, incomparablemente, por otro lado, más altiva y más deliciosamente
experimentada.
Este centelleo de hermosuras era tan total, tan envolvente, tan rápido también, que mi ser, afectado y
penetrado en todas sus potencias a la vez, vibraba hasta su misma médula, en una nota de dilatación y de
felicidad rigurosamente única.
Mas he aquí que mientras que yo sumergía mí mirada en la niña de los ojos de Cristo, convertidos en un
abismo de vida fascinante y abrasada, desde el fondo de esos mismos ojos vi subir como una nube que
difuminaba y anegaba la variedad que acabo de describiros. Una expresión extraordinaria e intensa se iba
extendiendo poco a poco sobre los distintos matices de la mirada divina, primero impregnándolos y después
absorbiéndolos…
Y yo me quedaba confundido.
Porque
yo no podía descifrar
esa expresión final que lo había dominado todo y lo había resumido todo. ¡Me
era imposible decir si era la expresión de una indecible agonía o de un exceso de alegría triunfante! Lo único
que sé, desde entonces, es que me parece haberla entrevisto de nuevo en la mirada de un soldado moribundo.
Instantáneamente, mis ojos se velaron de lágrimas. Mas cuando pude volver a mirar de nuevo, el cuadro de
Cristo, en la iglesia, había recobrado sus contornos demasiado precisos y sus rasgos concretos.”
EL OSTENSORIO
Cuando terminó su relato, mi amigo se quedó durante algún tiempo silencioso y pensativo, las manos juntas
sobre sus rodillas cruzadas, en una actitud que le era familiar. Caía la noche. Pulsé un botón y surgió la luz en la
lámpara, muy hermosa, que iluminaba mi despacho. El pie y la pantalla de esta lámpara estaban hechos de un
cristal diáfano, de color metálico, y las bombillas estaban tan ingeniosamente dispuestas, que toda la mesa de
cristal y los motivos que la decoraban se encontraban interiormente iluminados.
Mi amigo se estremeció. Y observé que su mirada permanecía fija en la lámpara, como si quisiera sorprender
en ella sus recuerdos, mientras reanudaba la serie de sus confidencias de la forma siguiente:
“Otra vez—era también en una iglesia—acababa de arrodillarme delante del Santísimo Sacramento, expuesto
en el altar, en un ostensorio, cuando experimenté una impresión muy curiosa.
Sin duda alguna habéis observado, ¿no es así?, la ilusión óptica que aparentemente hace dilatarse y
agrandarse una mancha clara sobre un fondo oscuro. Mirando a la hostia, cuya forma blanca destacaba, a pesar
de estar el altar iluminado, sobre la oscuridad del coro, experimenté algo semejante (al menos, para comenzar,
porque después, ya lo veréis, el fenómeno adquirió una amplitud de la que no puede darnos idea ninguna
analogía física…).
Al clavar la mirada en la hostia tuve la impresión de que su superficie iba extendiéndose, como una mancha
de aceite, pero mucho más rápida y más luminosamente, por supuesto. Al principio creía ser yo el único en
advertir este cambio, y me parecía que el progreso se realizaba sin despertar ningún deseo y sin encontrar
ningún obstáculo.
Pero poco a poco, a medida que la esfera blanca se agrandaba en el espacio hasta estar ya cerca de mí,
escuché un murmullo, un zumbido imprecisable, como cuando la subida de la marea extiende su lámina de plata
por el mundo de las algas, que se dilata y se estremece ante su cercanía, o como crepita el brezo cuando el fuego
se extiende por el páramo…
Así, en medio de un gran suspiro, que hacía pensar en un despertar y en una queja, el flujo de blancura me
rodeaba, me superaba, inundaba todas las cosas. Y todas las cosas, anegadas en él, conservaban su propia figura,
su movimiento autónomo: porque la blancura no borraba los rasgos de nada, no alteraba ninguna naturaleza,
sino que penetraba los objetos hasta lo más Intimo, más profundo incluso que su vida. Era como si una claridad
lechosa iluminase el Universo por dentro. Todo parecía formado de una misma especie de carne translúcida.
…Escucha: en el mismo momento en que has encendido la lámpara y que su materia oscura se ha hecho
clara y fluorescente, he pensado en el Mundo tal como se me ofreció entonces. Y ha sido también esta
asociación de imágenes la que me ha inspirado la idea de decirte lo que te estoy contando.
En virtud de la expansión misteriosa de la hostia,
el Mundo se ha hecho, pues, incandescente; semejante, en
su totalidad, a una sola gran Hostia. Y se diría que bajo la influencia de la luz interior que le penetraba, sus
fibras se tensaron hasta romperse, pues sus energías estaban en una tensión extrema. Y ya creía yo que el
Cosmos había conseguido su plenitud en medio de este despliegue de sus actividades, cuando advertí que se
estaba desarrollando en él una labor mucho más fundamental.
De cuando en cuando se formaban en la superficie interior de los seres unas gotas centelleantes de metal puro
y caían en el horno de la luz profunda en el que se perdían, y, al mismo tiempo, se volatilizaba un poco de
escoria. En el terreno del amor se estaba realizando una transformación, dilatando, purificando, captando toda la
potencia de amar contenida en el Universo.
Yo podía darme cuenta de ello tanto más que su virtud operaba en mí tanto como en el resto:
¡su luz blanca
era activa!
No se había insinuado, a través de la Materia, hasta la intimidad de los corazones; no los había
dilatado hasta romperlos más que para reabsorber en sí la sustancia de sus afectos y de sus pasiones. Y ahora
que había mordido en ellos, atraía irresistiblemente hacia su centro las capas del corazón cargadas de la más
pura miel de todos los amores.
Efectivamente, después de haberlo vivificado todo, de haberlo depurado todo, la Hostia inmensa, ahora,
se
contraía lentamente,
y los tesoros que encerraba en sí se agolpaban deliciosamente en su viva luz.
Cuando desciende el oleaje, o decae la llama, señalan el área invadida momentáneamente por el mar o el
incendio puntos brillantes y manchas de fuego. A medida igualmente que la Hostia se replegaba sobre sí misma,
como una flor cierra su cáliz, algunos elementos refractarios del Universo permanecían detrás de ella en las
tinieblas exteriores. Habla algo que las iluminaba aún: pero era un alma de luz pervertida, corrosiva y venenosa.
Estos elementos rebeldes ardían como antorchas o brillaban como brasas.
Oí entonces que se cantaba el “Ave Verum”.
…La Hostia blanca estaba encerrada en el ostensorio de oro. En torno a ella se consumían unas velas
horadando la oscuridad, y las lámparas del santuario despedían, aquí y allí, su destello de púrpura.”
LA CUSTODIA
Mientras hablaba mi amigo, mi corazón estaba ardiendo todo él y mi mente se abría a una visión superior de
las cosas. Confusamente distinguía que la multitud de las evoluciones que nos parecen dividir el mundo es, en el
fondo, el cumplimiento de un gran misterio; y ese fulgor entrevisto hacía que se estremeciesen, no sé por qué,
las profundidades de mi alma. Pero, demasiado habituado a separar los planos y las categorías, me perdía en el
espectáculo, todavía nuevo para mi espíritu novicio, de un Cosmos en que lo Divino, el Espíritu y la Materia
mezclaban tan íntimamente sus dimensiones.
Viendo que esperaba ansiosamente, mi amigo continuó:
“… La última historia que quiero referirte es la de una experiencia por la que he pasado recientemente. Esta
vez, y lo vas a ver, no se trata ya, propiamente hablando, de una visión, sino de una impresión más general por
la que todo mi ser se encontró, y sigue encontrándose, afectado.
He aquí.
En aquella época, mi regimiento se encontraba en primera línea en la explanada de Avocourt. Todavía no
había terminado el período de los ataques alemanes contra Verdún y la lucha continuaba siendo dura por este
sector del Meuse. Por eso, como lo suelen hacer muchos sacerdotes en los días de batalla, llevaba conmigo las
Sagradas Especies en una pequeña custodia en forma de reloj.
Una mañana en que la calma era casi completa en las trincheras, me retiraba a mi refugio; y allí, en una
especie de meditación, mi pensamiento se concentró con toda naturalidad sobre el tesoro que llevaba separado
de mi pecho apenas por una finísima cajita de plata sobredorada. Ya anteriormente me había regocijado y
alimentado con esta divina Presencia.
Esta vez se posesioné de mí un sentimiento nuevo, el cual dominó muy pronto toda otra preocupación de
recogimiento y de adoración. Experimenté repentinamente cuánto hay de extraordinario y de engañoso en
tener
tan cerca de sí
la Riqueza del Mundo y la Fuente de Vida,
sin poder poseerlas
interiormente,
sin llegar a
penetrarlas
ni a asimilarlas. ¿Cómo podía ser que Cristo estuviese a la vez tan cerca de mi corazón y tan
distante? ¿Tan unido a mi cuerpo y tan distante de mi alma?
Tenía la impresión de que una inaccesible e infranqueable barrera me separaba de Aquel a quien, sin
embargo, no podía tocar más, puesto que le estrechaba entre mis manos… Me irritaba el tener a mi Felicidad en
una copa sellada. Me veía a mí mismo como una abeja que zumba en torno a un vaso lleno de néctar, pero
cuidadosamente cerrado. Y apretaba nerviosamente la custodia contra mí, como si este esfuerzo instintivo
pudiese hacer pasar a Cristo un poco más a mí.
Finalmente, no pudiendo resistir más, y siendo ya la hora en que, durante el descanso, solía celebrar, abrí la
Custodia y me comulgué a mí mismo.
Mas he aquí que, en lo más profundo de mí, el pan que acababa de consumir, aun cuando se había convertido
en carne de mi carne,
seguía aún fuera de mí…
Entonces llamé en mi ayuda todo mi poder de recogimiento. Concentré sobre la divina partícula el silencio y
el amor crecientes de mis facultades. Me hice humilde sin límites, dócil, dúctil como un niño, para no contrariar
en nada los menores deseos del Huésped celestial y hacer imposible diferenciarme de Él, de tal forma que no
constituyera más que una sola cosa, mediante la obediencia, con los miembros dominados por su alma.
Purificaré sin descanso mi corazón, con el fin de hacer mi interior más transparente sin cesar a la Luz que
albergaba en mi.
¡Vanos y dichosos esfuerzos!
La Hostia estaba siempre por delante de mí, más lejos en la concentración y la eclosión de los deseos, más
lejos en la permeabilidad del ser a las divinas influencias, más lejos en la limpidez de los afectos… Mediante el
repliegue y la continua depuración de mi ser, yo avanzaba indefinidamente, continuamente en Ella, lo mismo
que una piedra que cae en el abismo, sin llegar nunca a tocar el fondo. Por delgada que fuese la Hostia, yo me
perdía en Ella, sin lograr asirla ni coincidir con Ella.
¡Su centro huía, atrayéndome!
En vista de que no podía agotar la profundidad de la Hostia, aspiraba al menos a estrecharla en toda su
superficie. ¿No estaba muy unida y muy pequeña? Trataba, pues, de coincidir con Ella por fuera, de
identificarme con Ella en todo su contorno…
Allí me esperaba un nuevo infinito, el cual frustró mi esperanza.
Cuando intenté envolver a la Santa Partícula en mi amor, tan celosamente que me adhería a Ella sin perder el
calibre de un átomo de su precioso contacto, me sucedió, en efecto, que se diferenció y se complicó
indefinidamente por efecto de mi esfuerzo. A medida que yo creía haberla aferrado, me daba cuenta de que lo
que yo asía no era Ella, sino alguna de las mil criaturas en cuyo seno se halla cogida nuestra vida: un
sufrimiento, una alegría, un trabajo, un hermano necesitado de amor o de consuelo…
Así, pues,
la Hostia se sustraía
en su superficie en
el fondo de mi corazón, mediante una maravillosa
sustitución, y me dejaba enfrentado a todo el Universo, reconstituido a base de Ella misma, surgido de sus
Apariencias…
Silencio la impresión de entusiasmo que me causó esta revelación del Universo situado entre Cristo y yo
como una magnífica presa.
Para volver a la impresión especial de “exterioridad” que había esbozado la visión, te diré únicamente que
entonces comprendí qué invisible barrera se extendía entre la Custodia y yo. Me encontraba separado de la
Hostia que yo tenía entre mis dedos
por todo el espesor y la superficie de los años
que me quedan por vivir y
por divinizar.”
Al llegar aquí, mi amigo dudó un instante. Después prosiguió:
“No sé por qué. Tengo la impresión desde hace algún tiempo, cuando sostengo una Hostia, que ya no existe
entre Ella y yo más que una película apenas formada…”
“Yo habla tenido siempre —prosiguió-— un alma naturalmente ‘panteísta’. Experimentaba sus invencibles
aspiraciones nativas; pero sin atreverme a utilizarlas libremente, porque no sabía cómo conciliarlas con mi fe. A
partir de estas experiencias diversas (y otras más) puedo decir que he encontrado, para mi existencia, un interés
inagotable y una paz inalterable.
Vivo en el seno de un Elemento único, Centro y Detalle de todo, Amor personal y Potencia cósmica.
Para llegar hasta él y fundirme en él tengo al Universo entero delante de mí, con sus nobles luchas, con sus
apasionantes búsquedas, con sus mi-riadas de almas que perfeccionar y curar. Puedo y debo arrojarme hasta
perder el aliento en pleno quehacer humano. Cuanto más participe en ese quehacer, más pesaré en toda la
superficie de lo Real y más también llegaré hasta Cristo y me estrechará contra Él.
Dios, el Ser eterno en Sí, está en todas partes, podría decirse, en formación
para nosotros.
Y Dios es también el Corazón de todo. Tanto, que la vasta decoración del Universo puede apagarse, o
desecarse, o incluso ser arrebatada por la muerte sin que disminuya mi alegría. Disipado el polvo que se
animaba de un halo de energía y de gloria, la Realidad sustancial, en la que está contenida y poseída
incorruptiblemente toda perfección, permanecería intacta. Los destellos se replegarían hacia su Fuente, y allí los
tendría yo aún abrazados todos ellos.
He aquí por qué la Guerra misma no me desconcierta. Dentro de unos días seremos lanzados a la reconquista
de Douaumontgesto, grandioso y casi fantástico, que señalará y simbolizará un avance definitivo del Mundo
hacia la Liberación de las almas. Te lo digo yo. Quiero participar en este negocio religiosamente, con toda mi
alma, empujado por un único y gran impulso, en el que me siento incapaz de distinguir dónde termina la pasión
humana y dónde comienza la adoración.
Y si no he de volver, quisiera que mi cuerpo quedase amasado en la arcilla de los fuertes, como un cemento
vivo arrojado por Dios entre las piedras de la Ciudad Nueva.”
Así me habló, en un atardecer de octubre, mi amigo muy amado, aquel cuya alma comunicaba
instintivamente con la Vida única de las cosas y cuyo cuerpo descansa ahora, tal como deseaba, en algún lugar
en los alrededores de Thiaumont,
en tierra salvaje.
Escrito antes de la operación de Douaumont (Nant-le-Grand, 14 de octubre de 1916).
III – LA POTENCIA ESPIRITUAL DE LA MATERIA
Y cuando avanzaban juntos, he aquí que un carro
y unos caballos de fuego les separaron;
y,
arrebatado por un torbellino,
se encontró repentinamente
Elías
transportado a los cielos.
LIBRO DE LOS REYES.
El Hombre, seguido de su compañero, caminaba por el desierto cuando la Cosa se echó encima de él.
Desde lejos se le había aparecido, muy pequeña, deslizándose sobre la arena, no mayor que la palma de un
niño, una sombra amarilla y huidiza, semejante al vuelo indeciso de las codornices, al amanecer sobre el mar
azul, o a una nube de mosquitos danzando al atardecer en el sol, a un torbellino de polvo cabalgando al
mediodía sobre la llanura.
La Cosa no parecía preocuparse de los dos viajeros. Vagabundeaba caprichosamente en la soledad. Pero
repentinamente, regularizando su carrera, se vino derecho a ellos, como una flecha.
Y entonces el Hombre vio que el pequeño vapor amarillo no era más que el centro de una Realidad
infinitamente mayor que avanzaba incircunscrita, sin formas y sin límites. Hasta donde alcanzaba su vista, la
Cosa se desarrollaba con una rapidez prodigiosa a medida que se iba acercando, invadiendo todo el espacio.
Mientras sus pies rozaban la hierba espinosa del torrente, su frente subía el cielo como una bruma dorada, tras la
cual se teñía de tintes rojos el sol. Y en torno, el éter, cobrando vida, vibraba palpablemente bajo la sustancia
burda de las rocas y de las plantas, lo mismo que tiembla en verano el paisaje tras un sol abrasador.
Lo que venía era
el corazón
moviente de una inmensa sutilidad.
El Hombre cayó, con la faz pegada a la tierra, puso las manos sobre su rostro y esperó.
En torno a él se hizo un gran silencio.
Y después, bruscamente, un soplo ardiente rozó su frente, forzó la barrera de sus pupilas cerradas y penetró
hasta su alma.
El Hombre tuvo la impresión de que dejaba de ser únicamente él mismo. Una irresistible embriaguez se
apoderó de él como si toda la savia de toda su vida, afluyendo de golpe a su corazón excesivamente reducido,
recrease enérgicamente las fibras debilitadas de su ser.
Y al mismo tiempo le oprimió la angustia de un peligro sobrehumano —el sentimiento confuso de que la
Fuerza que había caído sobre él era ambigua e imprecisa—, esencia combinada de todo el Mal con todo el Bien.
El huracán se había introducido en él.
Y he aquí que, en el fondo del ser que ella había invadido, la Tempestad de vida, infinitamente dulce y brutal,
murmuraba en el único punto secreto del alma que no había sacudido enteramente:
“Me has llamado; heme aquí. Arrojado por el Espíritu fuera de los caminos seguidos por la caravana humana,
has tenido el valor de la soledad virgen. Cansado de las abstracciones, de las atenuaciones, del verbalismo de la
vida social, has querido medirte con la Realidad entera y salvaje.
Tenías necesidad de mí para crecer, y yo te esperaba para que me santificases.
Desde siempre me deseabas sin saberlo, y yo te atraía.
Ahora estoy sobre ti para la vida o para la muerte. Ya te es imposible volver atrás; volver a las satisfacciones
comunes y a la adoración tranquila. Quien me ha visto una vez no puede olvidarme: se condena conmigo o me
salva consigo.
¿Vienes?”
“Oh, divino y potente, ¿cuál es tu nombre? Habla.”
“Soy el fuego que quema y el agua que derriba; el amor que inicia y la verdad que pasa. Todo lo que se
impone y lo que renueva, todo lo que desencadena y todo lo que une: Fuerza, Experiencia, Progreso. Yo soy la
Materia.
Porque, en mi violencia, me sucede que mato a mis amantes, porque quien me toca no Sabe nunca qué
potencia va a desencadenar, los sabios me temen y me maldicen. Me desprecian con palabras como a una
mendiga, a una bruja o a una prostituta. Pero sus palabras están en contradicción con la vida, y los fariseos que
me condenan languidecen en el espíritu en que se confinan. Mueren de inanición, y sus discípulos les aban-
donan, porque yo soy la esencia de todo lo que se toca, y porque los hombres no pueden pasarse sin mí.
Tú, que has comprendido que el Mundo —el Mundo amado de Dios— tiene un alma que rescatar, más
todavía que los individuos, abre ampliamente tu ser a mi inspiración; recibe el Espíritu de la Tierra que hay que
salvar.
La Palabra suprema del enigma, la palabra deslumbradora inscrita sobre mi frente y que en adelante te
abrasará los ojos, aunque los cierres, helas aquí:
“No hay nada que sea precioso, sino lo que eres tú en los
demás y los demás en ti”.
Arriba todo no es más que una sola cosa. ¡Arriba todo no es más que una sola cosa!”
Vamos, ¿no sientes mi soplo que te desarraiga y te arrebata?… Arriba, Hombre de Dios, y date prisa. De
acuerdo con la forma en que uno se entrega, el torbellino arrastra hasta las profundidades sombrías o eleva hasta
el azul de los cielos. Tu salvación y la mía dependen de este primer instante.”
“Oh, Materia, ya lo ves, mi corazón tiembla. Puesto que eres tú, di, ¿qué quieres que haga?”
“¡Arma tu brazo, Israel, y lucha denodadamente contra mí!”
El Soplo, insinuándose como un filtro, se había hecho provocador y hostil.
En sus pliegues albergaba un acre sabor de batalla…
Olor a fiera de los bosques, febril atmósfera de las ciudades, siniestro y embriagador perfume que
sube de los
pueblos en guerra.
Todo esto giraba en sus capas, humareda concentrada en los cuatro ángulos de la tierra.
El Hombre, todavía postrado, tuvo un sobresalto, como si hubiese sentido un espolonazo. De un salto, se
levantó, enfrentándose a la tempestad.
Toda el alma de su raza acababa de estremecerse, oscuro recuerdo del primer despertar entre las bestias más
fuertes y mejor armadas, eco doloroso de los grandes esfuerzos por cultivar el trigo y apoderarse del fuego,
miedo y rencor frente a la Fuerza malhechora, ansiedad de saber
de poseer…
y
De repente, en la dulzura del primer contacto, hubiese deseado instintivamente perderse en el cálido aliento
que le envolvía.
He aquí que la onda de beatitud casi disolvente se habla cambiado en áspera voluntad de más ser.
El Hombre había olfateado al enemigo y a la presa hereditaria.
Aseguró sus pies en el suelo y comenzó a luchar.
Primero luchó para no ser dominado, y después luchó por la alegría de luchar, para experimentar que era
fuerte. Y cuanto más luchaba más experimentaba que un aumento de fuerza surgía de él para equilibrar la
tempestad, y de ésta, en correspondencia, emanaba un efluvio nuevo que pasaba, abrasador, a sus venas.
Lo mismo que el mar, algunas noches, se ilumina
en tomo al nadador, y destella tanto más cuanto con más
vigor lo bracean los miembros robustos, de ese mismo modo la potencia oscura que combatía al hombre se
irradiaba con mil fuegos en torno a su esfuerzo.
En virtud de un mutuo despertar de sus potencias opuestas, él exaltaba su fuerza para dominarla, y ella
revelaba sus tesoros para entregárselos.
“Empápate de la Materia, Hijo de la Tierra, báñate en sus capas ardientes, porque ella es la fuente y la
juventud de tu vida.
¡Ah! ¡Tú creías poder prescindir de ella porque se ha encendido en ti el pensamiento! Esperabas estar tanto
más próximo al Espíritu cuanto más cuidadosamente rechazases lo que se palpa; más divino si vivieses en la
idea pura; más evangélico, al menos, si huyeses de los cuerpos.
¡Pues bien! ¡Te has visto morir de hambre! Necesitas aceite para tus miembros, sangre para tus venas, agua
para tu alma, de lo Real para tu inteligencia; todo eso lo necesitas en virtud de la misma ley de tu naturaleza, ¿lo
comprendes bien?…
Nunca, nunca, podrás decir a la Materia, si quieres vivir y crecer: “Ya te he visto lo suficiente, he penetrado
todos tus misterios, he extraído de ti con qué alimentar siempre mi pensamiento.. Escucha: cuando, a la manera
del Sabio de los Sabios, lleves en tu memoria la imagen de todo lo que puebla la Tierra o flota sobre las aguas,
esa Ciencia será como nada para tu alma, porque todo Conocimiento abstracto se refiere al ser marchito; porque
no basta saber para comprender el Mundo: hay que ver, tocar, vivir en la presencia, beber la cálida existencia en
el seno mismo de la Realidad.
No digas nunca, como hacen algunos: ‘¡La Materia está gastada, la Materia está muerta!’
Hasta el último
instante de los Siglos, la Materia será joven y exuberante, resplandeciente y nueva para quien quiera.
No repitas tampoco: ‘¡La Materia está condenada, la Materia está muerta!’. Vino alguien que dijo: «Beberéis
veneno y no os causará daño.” Y también: «La vida saldrá de la muerte”, y, finalmente, pronunciando la palabra
definitiva de mi liberación: «Este es mi Cuerpo.”
No, la pureza no consiste en la separación, sino en una penetración más profunda del Universo. Consiste en el
amor de la única Esencia, incircunscrita, que penetra y actúa en todas las cosas por dentro, más allá de la zona
mortal en que se agitan las personas y los números.
Radica en un casto contacto con aquel que es «el mismo en
todos”.
¡Qué hermoso es el Espíritu cuando se eleva adornado con las riquezas de la Tierra!
¡Báñate en la Materia, hijo del Hombre! ¡Sumérgete en ella, allí donde es más impetuosa y más profunda!
¡Lucha en su corriente y bebe sus olas! ¡Ella es quien ha mecido en otro tiempo tu inconsciencia; ella te llevará
hasta Dios!”
En medio del huracán, el Hombre volvió la cabeza por ver si encontraba a su compañero.
Y en ese momento se dio cuenta de que detrás de él, en virtud de una extraña metamorfosis, la Tierra huía y
se agrandaba.
La Tierra huía, porque aquí, precisamente por encima de él, los insignificantes detalles del suelo se
empequeñecían y se esfumaban; ahora bien, eso no obstante, se agrandaba, por allá a lo lejos, el círculo del
horizonte ascendía, ascendía continuamente…
El Hombre se vio en el centro de una copa inmensa, cuyos bordes se cerraban en torno a él.
Entonces la fiebre da la lucha sustituyó en su corazón a una irresistible pasión de
sufrir,
y descubrió, en un
destello, siempre presente en torno a él,
al Único Necesario.
Comprendió, para siempre, que el Hombre, lo mismo que el átomo, no tiene valor más que en la parte de sí
mismo que pasa al Universo.
Vive, con una evidencia absoluta, la vacía fragilidad de las más hermosas teorías comparadas con la plenitud
definitiva del menor
fiat,
tomado en su realidad concreta y total.
Contempló, con una claridad despiadada, la despreciable pretensión de los Humanos por arreglar el Mundo,
por imponerle sus
dogmas, sus medidas y sus convenciones.
Saboreó, hasta la náusea, la banalidad de sus goces y de sus penas, el mezquino egoísmo de sus
preocupaciones, la insipidez de sus pasiones, la disminución de su poder de sentir.
Tuvo compasión de quienes se azaran ante un siglo, o que no saben amar nada fuera de su país.
Tantas cosas que le habían turbado o rebelado en
otras ocasiones, los discursos y los juicios de los doctores,
sus afirmaciones y sus prohibiciones prohibir al Universo que se mueva…
Todo eso le pareció ridículo, inexistente, comparado con la Realidad majestuosa, desbordante de Energía
que se revelaba ante él, universal en su presencia, inmutable en su verdad, implacable en su desarrollo,
inalterable en su serenidad, maternal y segura en su protección.
Había, pues, encontrado, ¡al fin!,
un punto de apoyo
y un recurso
fuera
de la sociedad!
Un pesado manto cayó de sus hombros y resbaló por detrás de él: el peso de lo que hay de falso, de estrecho,
de tiránico, de
artificial,
de
humano
en la Humanidad.
Una oleada de triunfo liberó su alma.
Y sintió que ya nada en el Mundo podría apartar su corazón de la Realidad superior que se le presentaba,
nada; ni los Hombres, en lo que tienen de intrusivo y de individual (porque les despreciaba así), ni el Cielo y la
Tierra, en su altura, su anchura, su profundidad, su potencia (ya que precisamente a ellas se entregaba para
siempre).
Acababa de operarse en él una profunda renovación. de tal forma que ya no le era posible, ahora, ser Hombre
más
que en otro plano.
Si ahora volviese a
bajar
a la Tierra común —aunque fuese cerca del compañero fiel que ha quedado
prosternado, allá abajo, sobre la arena desierta—, sería ya
un extranjero.
Sí, tenía conciencia de ello: incluso para sus hermanos en Dios, mejores que él, hablaría inevitablemente una
lengua incomprensible; él, a quien el Señor había decidido a emprender el camino del Fuego. Incluso para
aquellos a quienes más amaba, su afecto sería una carga, porque le verían buscando inevitablemente
algo detrás
de ellos.
Desde el momento en que la Materia, despojándose de su velo de agitación y de multitud, le descubrió su
gloriosa unidad, entre los demás y él existía ya un caos. Desde el momento en que había para siempre desligado
su corazón de todo lo que es local,
individual,
fragmentario, sólo ella, en su totalidad, sería en adelante su padre,
su madre, su familia, su raza, su única y ardiente pasión.
Y nadie en el mundo podría nada contra él.
Apartando resueltamente los ojos de lo que huía, se abandonó, con una fe desbordante, al soplo que
arrebataba el Universo.
Ahora bien, he aquí que en el seno del torbellino una luz creciente que tenía la dulzura y la movilidad de una
mirada… Se difundía un calor que no era ya la dura irradiación de un hogar, sino la rica emanación de una
carne… La inmensidad ciega y salvaje se hacia expresiva, personal. Sus capas amorfas se plegaban siguiendo los
rasgos de un rostro inefable.
Por todas partes se dibujaba un Ser, seductor como un alma, palpable como un cuerpo, vasto como el cielo,
un Ser entremezclado con las cosas aun cuando distinto de ellas, superior a la sustancia de las cosas, con la que
estaba revestido, y,
sin embargo, adoptando una figura en ellas…
El Oriente nacía en el corazón del Mundo.
Dios irradiaba en la cúspide de la Materia, cuyas oleadas le traían el Espíritu.
El Hombre cayó de rodillas en el carro de fuego que le arrebataba.
Y dijo esto:
HIMNO A LA MATERIA
Bendita seas tú, áspera Materia, gleba estéril, dura roca, tú que no cedes más que a la violencia y nos obligas a
trabajar si queremos comer.
Bendita seas, peligrosa Materia, mar violenta, indomable pasión, tú que nos devoras si no te encadenamos.
Bendita seas, poderosa Materia, evolución irresistible, realidad siempre naciente, tú que haces estallar en cada
momento nuestros esquemas y nos obligas a buscar cada vez más lejos la verdad.
Bendita seas, universal Materia, duración sin límites, éter sin orillas, triple abismo de las estrellas, de los átomos
y de las generaciones, tú que desbordas y disuelves nuestras estrechas medidas y nos revelas las
dimensiones de Dios.
Bendita seas, Materia mortal, tú que, disociándote un día en nosotros, nos introducirás, por fuerza, en el corazón
mismo de lo que es.
Sin ti, Materia, sin tus ataques, sin tus arranques, viviríamos inertes, estancados, pueriles, ignorantes de nosotros
mismo y de Dios. Tú que castigas y que curas, tú que resistes y que cedes, tú que trastruecas y que
construyes, tú que encadenas y que liberas, savia de nuestras almas, mano de Dios, carne de Cristo,
Materia, yo te bendigo.
Yo te bendigo, Materia, y te saludo, no como te describen, reducida o desfigurada, los pontífices de la ciencia y
los predicadores de la virtud, un amasijo, dicen de fuerzas brutales o de bajos apetitos, sino como te me
apareces hoy,
en tu totalidad y tu verdad.
Te saludo, inagotable capacidad de ser y de transformación en donde germina y crece la sustancia elegida.
Te saludo, potencia universal de acercamiento y de unión mediante la cual se entrelaza la muchedumbre de las
mónadas y en la que todas convergen en el camino del Espíritu.
Te saludo, fuente armoniosa de las almas, cristal límpido de donde ha surgido la nueva Jerusalén.
Te saludo, medio divino, cargado de poder creador, océano agitado por el Espíritu, arcilla amasada y animada
por el Verbo encarnado.
Creyendo obedecer a tu irresistible llamada, los hombres se precipitan con frecuencia por amor hacia ti en el
abismo exterior de los goces egoístas.
Les engaña un reflejo o un eco.
Lo veo ahora.
Para llegar hasta ti, Materia, es necesario que, partiendo de un contacto universal con todo lo que se mueve aquí
abajo, sintamos poco a poco cómo se desvanecen entre nuestras manos las formas particulares de todo lo
que cae a nuestro alcance, hasta que nos encontremos frente a
la única esencia
de todas las consistencias y
de todas las uniones.
Si queremos conservarte, hemos de sublimarte en el dolor después de haberte estrechado voluptuosamente entre
nuestros brazos.
Tú, Materia, reinas en las serenas alturas en las que los santos se imaginan haberte dejado a un lado; carne tan
transparente y tan móvil que ya no te distinguimos de un espíritu.
¡Arrebátanos, oh, Materia, allá arriba, mediante el esfuerzo, la separación y la muerte; arrebátame allí en donde
al fin sea posible abrazar castamente al Universo.
Abajo, en el desierto, que ha vuelto a conocer la calma, alguien lloraba: “¡Padre mío, Padre mío! ¡Un viento
alocado se lo ha llevado!”
Y en el suelo yacía un manto.
Jersey, 8 de agosto 1919 (*)
(*) Fuente:
Himno del Universo
, de Pierre Teilhard de Chardin (Ed. Trotta). También recomendamos la
lectura de las otras obras fundamentales de Teilhard de Chardin:
El Fenómeno humano
,
El medio divino
,
Génesis de un pensamiento o el porvenir del hombre
.
IV – PENSAMIENTOS ESCOGIDOS
Por Fernande Tardivel
IV.1 – PRESENCIA DE DIOS EN EL MUNDO
I
Oremos.
¡OH, CRISTO JESÚS!,
en tu benignidad
y en tu Humanidad sustentas verdaderamente toda la implacable
grandeza del Mundo. Y
en virtud de todo eso, en virtud de esa inefable síntesis, realizada en Ti, de todo lo que
nuestra experiencia y nuestro pensamiento no se hubiesen atrevido jamás a reunir para adorarlo: el Elemento y
la Totalidad , la Unidad y la Multitud, el Espíritu y la Materia. lo Infinito y lo Person al, en v irtud de lo s conto r-
nos indefinibles que esa complejidad confiere a tu Figura y a tu Acción, mi corazón, enamorado de las
realidades cósmicas, se entrega apasionadamente a Ti.
Te amo, Jesús, por la Multitud que se refugia en Ti y a la que se oye bullir, orar, llorar juntamente con todos
los demás seres…, cuando uno se aprieta contra Ti.
Te amo por la trascendente e inexorable fijeza de tus designios, en virtud de la cual tu dulce amistad se
matiza de inflexible determinismo y nos envuelve sin remisión entre los pliegues de su voluntad.
Te amo como la Fuente, el Medio activo y vivificante, el Término y la Solución del Mundo, incluso natural, y
de su Porvenir.
Centro en donde todo se concentra y que se extiende a todas las cosas para atraerlas hacia sí, te amo por las
prolongaciones de tu Cuerpo de tu Alma en toda la Creación, por medio de la Gracia, de la Vida, de la Materia.
Jesús, dulce como un Corazón, ardiente cuino una Fuerza, íntimo como una Vida; Jesús, en quien puedo
fundirme, con quien debo dominar y liberarme, te amo como un Mundo, como el Mundo que me ha seducido, y
eres Tú, ahora me doy cuenta de ello, a quien los hombres, mis hermanos, incluso los que no creen, sienten y
persiguen a través de la magia del gran Cosmos.
Jesús, centro hacia el que todo se mueve, dígnate disponernos, a todos, si es posible, un
lugar
entre las
mónadas elegidas y santas que, desprendidas una a una del caos actual con tu gran solicitud, se suman
lentamente a Ti en la unidad de la Tierra nueva.
II
LAS PRODIGIOSAS DURACIONES
que preceden a la primera Navidad no están vacías de Cristo, sino
penetradas de su influjo poderoso. El bullir de su concepción es el que remueve las masas cósmicas y dirige las
primeras corrientes de la biosfera. La preparación de su alumbramiento es la que acelera los progresos del
instinto y la eclosión del pensamiento sobre la Tierra. No nos escandalicemos tontamente de las esperas
interminables que nos ha impuesto el Mesías. Eran necesarios nada menos que los trabajos tremendos y anóni-
mos del Hombre primitivo, y la larga hermosura egipcia, y la espera inquieta de Israel, y el perfume lentamente
destilado de las místicas orientales, y la sabiduría cien veces refinada de los griegos para que sobre el árbol de
José y de la Humanidad pudiese brotar la Flor. Todas estas preparaciones eran cósmicamente, biológicamente,
necesarias para que Cristo hiciera su entrada en la escena humana.
Y
todo este trabajo estaba maduro para el
despertar activo y creador de su alma en cuanto este alma humana había sido elegida para animar al Universo.
Cuando Cristo apareció entre los brazos de María, acababa de revolucionar el Mundo.
III
SEMEJANTE A UN RÍO que se empobrece gradualmente y luego desaparece en un cenegal, cuando llega a
su origen, el ser se atenúa, luego se desvanece, mientras intentamos dividirlo cada vez más minuciosamente en
el espacio o, lo que es lo mismo, hundirlo cada vez más en el tiempo. La magnitud del río se comprende en su
estuario, no en su hontanar. El secreto del hombre, análogamente, no se halla en los estadios ya superados de su
vida embrionaria (ontogénica o filogénica); está en la naturaleza espiritual del alma. Ahora bien, este alma, toda
síntesis en su actividad, escapa a la Ciencia, que tiene por esencia analizar las cosas en sus elementos y en sus
antecedentes materiales. Sólo pueden descubrirla los sentidos íntimos y la reflexión filosófica.
Se engañan por completo quienes imaginan materializar al Hombre al hallarle raíces cada vez más numerosas
y profundas hundidas en la Tierra. Lejos de suprimir el espíritu, lo mezclan al mundo como un fermento. No
hagamos el juego a estas gentes creyendo, como ellos, que para que un ser venga del cielo es necesario que
ignoremos las condiciones temporales de su origen.
IV
CUANDO TU PRESENCIA,
Señor, me hubo inundado de su luz, quise encontrar en Ella la Realidad tan-
gible por excelencia.
Ahora que ya te poseo, Consistencia suprema, y que me siento llevado por Ti, me doy cuenta de que el fondo
secreto de mis deseos no era abrazar, sino ser poseído.
No ha sido como un rayo ni como una sutil materia, sino como Fuego, como yo te deseo, y como te he
adivinado, en la intuición del primer encuentro. No encontraré reposo, me doy perfecta cuenta de ello, más que
si una influencia activa procedente de Ti cae sobre mí para transformarme…
¡He aquí el Universo ardiente!
Que las profundidades astrales se dilaten, pues, en un receptáculo cada vez más prodigioso de soles reunidos.
Que las radiaciones prolonguen sin término, por ambas partes del espectro, la gama de sus matices y de su
penetración.
Que la vida extraiga a mayor profundidad toda-vía la savia que circula por sus innumerables ramas…
Que nuestra percepción se acreciente sin fin con las potencias secretas que duermen, y con las infinitamente
pequeñas que bullen, y con las inmensidades que se nos escapan porque no vemos más que un punto de ellas.
El místico saca una alegría sin mezcla de todos estos descubrimientos, cada uno de los cuales le sumerge un
poco más en el Océano de Energía. Porque jamás se sentirá lo suficientemente dominado por las Potencias de la
Tierra y de los Aires para verse subyugado por Dios en la medida de sus deseos.
Dios, sólo Dios, en efecto, agita con su Espíritu la masa del Universo en fermentación.
V
UN SONIDO PURÍSIMO
se ha elevado a través del silencio; una franja de color límpido se ha dibujado
sobre el cristal; una luz se ha fijado en el fondo de los ojos que yo amo…
Eran tres cosas pequeñas y breves: un cántico, un rayo, una mirada…
He creído también al principio que penetraban en mí para quedarse y para perderse en mí.
Pero en lugar de eso, han sido ellas las que me han poseído y dominado…
Porque el lamento del aire, el matiz del éter, la expresión del alma no eran tan sostenidas y tan rápidas más
que para introducirse cada vez más profundamente en mi ser, allí donde las facultades del hombre están tan
estrechamente agrupadas que no constituyen más que un punto. Mediante la punta afilada de las tres flechas con
que me ha asaeteado, el Mundo mismo ha hecho irrupción en mí y me ha secuestrado…
Nos imaginamos que por medio de la sensación el Exterior viene humildemente hacia nosotros para
constituirnos y servirnos. Ahora bien, esto no es más que la superficie del misterio del Conocimiento. Cuando el
Mundo se nos manifiesta, es él en realidad el que nos acoge en sí y nos hace fluir hacia Algo de sí mismo, que
está por todas partes en él y que es más perfecto que él.
El hombre, absorbido por las exigencias de la vida práctica, el hombre exclusivamente positivo, rara vez, o
apenas, percibe esta segunda fase de nuestras perfecciones, esa fase en que el Mundo, que ha penetrado, se retira
de nosotros arrebatándonos. Es medianamente sensible a la aureola emotiva, invasora, mediante la cual se nos
descubre, en
todo
contacto, lo único Esencial del Universo.
VI
COMO EL BIÓLOGO
materialista que quiere suprimir el alma al demostrar los mecanismos físico-químicos
de la célula viviente, los zoólogos han creído que inutilizaban a la Causa primera al descubrir un poco mejor la
estructura de su obra. Es hora de dejar un poco de lado un planteamiento del problema tan absurdo. No; el
transformismo científico, estrictamente hablando, no prueba nada en favor o en contra de Dios. No hace sino
recoger el hecho de un encadenamiento en lo real. Nos presenta una anatomía, y en modo alguno una razón
última de la vida. Afirma: “Algo se ha organizado, algo ha crecido.” Pero es incapaz de discernir las condiciones
últimas de este crecimiento. Decidir si el movimiento evolutivo es intelig ente en sí o si exige, por parte de un
motor primero, una creación progresiva y continua, es un problema que atañe a la Metafísica.
El Transformismo, es fuerza repetirlo sin tregua, no impone filosofía alguna. ¿ Quiere esto decir que no
insinúa ninguna por su parte? No, ciertamente. Pero aquí resulta curioso observar que los sistemas de
pensamiento que mejor se acomodan con él son precisamente, acaso, aquellos que se creía eran los más
amenazados. El Cristianismo, por ejemplo, se halla fundado esencialmente sobre la doble creencia de que el
hombre es un objeto especialmente continuado por el poder divino a través de la creación,
y
qu e Cristo es el
término sobrenatural, pero, físicamente, asignado a la consumación de la Humanidad. ¿Puede pedirse una visión
experimental de las cosas más en consonancia con estos dogmas de unidad que aquella en. que descubrimos
seres vivientes no artificialmente yuxtapuestos los unos a los otros para un discutible fin de utilidad o de placer,
sino ligados, a título de condiciones físicas, los unos a los otros en la realidad de un mismo esfuerzo hacia más
ser?…
VII
ALLÍ DONDE LA PRIMERA MIRADA
de nuestros ojos no percibe más que una distribución incoherente
de altitudes, de tierras y de aguas, hemos llegado a unir una red sólida de auténticas relaciones. Hemos animado
la tierra al comunicarle algo de nuestra unidad.
Ahora bien, he aquí que, por un rebrote fecundo, esta vida, que nuestra inteligencia ha infundido a la mayor
masa material que nos haya sido dado tocar, tiende a resurgir en nosotros bajo una forma nueva. Tras haber
dado, en nuestra visión, su “personalidad” a la tierra de piedra y de hierro, sentimos un deseo contagioso de
construir en nosotros mismos, a nuestra vez, con la suma de nuestras almas, un edificio espiritual tan vasto
como el que contemplamos salido del trabajo de las causas geológicas. En torno a la esfera rocosa cuyas
vicisitudes había descrito tan magistralmente Suess—recordado ya al comienzo de estas líneas—, señala que se
extiende una capa auténtica de materia animada, la capa de los vivientes y de los humanos, la biosfera. El gran
valor educativo de la geología es que al descubrirnos una tierra auténticamente
una,
una tierra que no forma sino
un solo cuerpo, puesto que sólo tiene un rostro, nos recuerda las posibilidades de organización cada vez mayores
que hay en la zona de pensamiento que envuelve al mundo. En verdad, no es posible fijar habitualmente la
mirada sobre los grandes horizontes descubiertos por la ciencia sin que un deseo oscuro surja entre los hombres:
el anhelo de ligarse entre sí por una simpatía y un conocimiento mutuo crecientes, hasta que, bajo efectos de
alguna atracción divina, no existan más que un solo corazón y un alma sola sobre la faz de la tierra.
VIII
OBSERVADO DE UNA MANERA CORRECTA,
aunque no fuera más que en un solo punto, un fenómeno
tiene necesariamente, en virtud de la unidad fundamental del Mundo, un valor y unas raíces ubicuistas. ¿Hacia
dónde nos conduce esta regla si la aplicamos al caso del self-conocimiento humano?
“La conciencia no aparece con evidencia total más que en el Hombre—nos sentíamos tentados a exclamar—,
y, por tanto, se trata de un caso aislado, que no interesa a la Ciencia.
“La conciencia aparece con evidencia en el Hombre —debemos afirmar, corrigiéndonos—, y, por tanto,
entrevista en este único relámpago, tiene una extensión cósmica y, como tal, se aureola de prolongaciones
espaciales y temporales indefinidas.”
Esta conclusión resulta grávida en consecuencias. Y, sin embargo, me siento incapaz de ver cómo, en buena
analogía con todo el resto de la Ciencia, podríamos sustraernos a ella.
En el fondo de nosotros mismos, sin discusión posible, se nos presenta, a través de una especie de desgarro,
un interior en el corazón mismo de los seres. Ello es suficiente para que, en uno u otro grado, este “interior” se
nos imponga como existente en todas partes y desde siempre en la Naturaleza. Dado que en un punto
determinado de ella misma la trama del Universo posee una cara interna, resulta indiscutible que es bifaz por
estructura, es decir, en toda región del espacio y del tiempo, de la misma manera que es, por ejemplo, granular:
coextensivo a su Exterior, existe un Interior de las Cosas.
IX
EJERCITÉMONOS
hasta la saciedad sobre esta verdad fundamentalísima hasta que nos sea tan familiar
como la percepción del relieve o la lectura de las palabras. Dios, en lo que tiene de más viviente
y
de más
encarnado, no se halla lejos de nosotros, fuera de la esfera tangible, sino que nos espera a cada instante en la
acción, en la obra del momento. En cierto modo, se halla en la punta de mi pluma, de mi pico, de mi pincel, de
mi aguja, de mi corazón y de mi pensamiento. Llevando hasta su última terminación el rasgo, el golpe, el punto
en que me ocupo, aprehenderé el Fin último a que tiende mi profunda voluntad. Como estas temibles energías
físicas que el Hombre llega a disciplinar hasta lograr que realicen prodigios de delicadeza, el enorme poder del
atractivo divino se aplica a nuestros frágiles deseos, a nuestros microscópicos objetos, sin romper su punta. Es
exultante; por tanto, introduce en nuestra vida espiritual un principio superior de unidad, cuyo efecto específico
es, con arreglo al punto de vista que se adopte, santificar el esfuerzo humano o humanizar la vida cristiana.
X
SÍ, DIOS MÍO
,
lo creo, y lo creo tanto más gustosamente cuanto que en ello no se juega sólo mi tranquilidad,
sino mi realización; eres Tú quien está en el origen del impulso y en el término de esa atracción, a la cual,
durante toda mi vida, no hago en todo caso sino favorecer en su impulso primero y en sus desarrollos. Y eres Tú
también quien vivifica para mí, con tu omnipresencia (mucho mejor que lo hace mi espíritu por la Materia que
anima), las miríadas de influencias de que en todo instante soy objeto. En la Vida que brota en mí, en esta
materia que me sostiene, hallo algo todavía mejor que tus dones: te hallo a Ti mismo; a Ti, que me haces
participar de tu Ser y que me moldeas. En verdad, en la regulación y modulación iniciales de mi fuerza vital, en
el juego favorablemente continuo de las causas segundas, toco en lo más cerca posible las dos fases de tu acción
creadora; me encuentro con tus dos maravillosas manos y las beso: la mano que aprehende tan profundamente
que llega a confundirse en nosotros con las fuentes de la Vida y la mano que abraza tan ampliamente que, a su
menor presión, los resortes todos del Universo se pliegan armoniosamente a un tiempo. Por su misma naturale-
za, estas felices pasividades, que son para mí la voluntad de ser, el gusto por ser esto o aquello y la oportunidad
de realizarme a mi gusto, se hallan cargadas de tu influencia, una influencia que pronto se me aparecerá más
distintamente como la energía organizadora del Cuerpo místico. Para comulgar contigo en estas pasividades,
con una comunión básica fontanal (la Comunión en las fuentes de la Vida), sólo he de reconocerte en ellas y que
permanezcas en ellas más y más.
XI
SÓLO GRADUALMENTE VA ADQUIRIENDO EL MÍSTICO CONCIENCIA de la facultad que ha
recibido para distinguir la franja indefinida y común de las cosas con más intensidad que su núcleo individual y
preciso.
Durante mucho tiempo, creyéndose semejante a los demás hombres, trata de ver como ellos, de hablar su
lenguaje, de sacarle gusto a las alegrías que les satisfacen.
Durante mucho tiempo, con el fin de aquietar la misteriosa necesidad de una plenitud cuyo influjo le asedia,
trata de derivarla hacia algún objeto particularmente estable o precioso, al que, en medio de los goces
accesorios, se aferran la sustancia y la plenitud de su delectación.
Durante mucho tiempo pide a las maravillas del arte la exaltación que da acceso a la zona, su zona propia, de
lo extrapersonal y de lo suprasensible, y trata de hacer palpitar, en el Verbo Desconocido de la Naturaleza, la
Realidad superior que le llama por su nombre…
Feliz quien no haya logrado sofocar su visión… Feliz quien no sienta temor a interrogar apasionadamente
sobre su Dios, y sobre las Musas, y sobre Cibeles…
Pero feliz, sobre todo, quien, superando el diletantismo del arte y el materialismo de las capas inferiores de la
Vida, haya oído que los seres le responden, uno a uno y todos en conjunto: “Lo que tú has visto pasar, como un
Mundo, detrás del cántico, detrás del color, detrás de los ojos, no está aquí o allí: es una Presencia extendida por
todas partes. Presencia vaga todavía para tu vista débil, pero progresiva y profunda, en la que aspiran a fundirse
toda diversidad y toda impureza.
XII
PARA EL HUMANISMO CRISTIANO —fiel en esto a la más segura teología de la Encarnación— no existe
independencia actual ni discordancia, sino subordinación coherente entre la génesis de la Humanidad en el
Mundo y la génesis de Cristo, mediante su Iglesia, en la Humanidad. Inevitablemente, por razón de su
estructura, los dos procesos se hallan ligados entre sí, uno (el segundo) requiere el otro como materia sobre la
cual se posa para reanimarla. Desde este punto de vista se respeta totalmente la concentración progresiva,
experimental, del pensamiento humano en una conciencia cada vez más consciente de sus destinos unitarios.
Pero en lugar del vago hogar de convergencia que requiere como término a esta evolución, aparece y se instala
la realidad personal y definitiva del Verbo encarnado, en quien todo adquiere consistencia.
La Vida para el Hombre. El Hombre para Cristo. Cristo para Dios.
Y para asegurar la continuidad física, en todas sus fases, a este vasto desarrollo extendido a miriadas de
elementos diseminados en la inmensidad de los tiempos, un solo mecanismo: la educación.
Todas las líneas se unen y se completan y se engarzan. Todo constituye una sola cosa.
XIII
ENERGÍA MATERIAL Y ENERGÍA ESPIRITUAL, sin duda alguna, se sostienen y se prolongan una a otra
por medio de algo. En el fondo, de alguna manera, no debe haber actuando en el Mundo más que una Energía
única. Y la primera idea que nos viene a la mente es la de representarnos el “alma” como un foco de
transmutación, hacia el cual, a través de todas las avenidas de la Naturaleza, la fuerza convergería para
interiorizarse y sublimarse en belleza y en verdad.
Ahora bien, esta idea, tan seductora, de una transformación directa de una a otra de las dos Energías, debe
abandonarse ya, apenas entrevista. Y ello porque, tan claramente como su ligazón, se manifiesta su mutua
independencia en cuanto se intenta acoplarlas.
“Para pensar hay que comer”, insisto. Pero, como contrapartida, ¡cuántos pensamientos distintos nacidos del
mismo trozo de pan! Como las letras de un alfabeto, del cual pueden salir tanto la mayor incoherencia como el
más bello poema nunca oído, las mismas calorías parecen tan indiferentes como necesarias a los valores espiri-
tuales que alimentan.
XIV
PERO QUÉ SERÍA DE NUESTROS ESPÍRITUS, DIOS MÍO, si no tuvieran por alimento el pan de los
objetos terrestres, el vino de las bellezas creadas para embriagarlos, el ejercicio de las luchas humanas por
fortificarlos? ¡Qué menguadas energías, qué corazones exangües ofrecerían las criaturas, si llegaran a separarse
prematuramente del seno providencial en que las has situado! Señor, explícanos cómo, sin dejarnos seducir,
podemos mirar a la Esfinge. Sin sutilezas de doctrina humana, sino en el simple gesto concreto de tu inmersión
redentora, déjanos entender el misterio oculto, también aquí, en las entrañas de la muerte. Por la virtud de tu
dolorosa Encarnación, Señor, descúbrete, y enséñanos luego a captar celosamente, a través de Ti, la fuerza
espiritual de la materia.
XV
COMO ESAS MATERIAS TRASLÚCIDAS
que un rayo encerrado en ellas puede iluminar en bloque, para
el místico cristiano el Mundo aparece bañado por una luz interna que intensifica su relieve, su estructura y sus
profundidades. Esta luz no es el matiz superficial que puede captar un goce grosero. Tampoco es el brillo brutal
que destruye los objetos y ciega la mirada. Es el destello fuerte engendrado por la síntesis en Jesús de todos los
elementos del Mundo. Cuanto más acabados sean, con arreglo a su propia naturaleza, los objetos sobre que luce,
más próxima y sensible se hace esta irradiación, y cuanto más sensible se hace tanto más los objetos que baña
resultan claros en sus contornos y lejanos en su fondo.
XVI
AHORA BIEN, POR POCO QUE SE REFLEXIONE
a condición de qué puede emerger en el corazón hu-
mano este nuevo amor universal, tantas veces soñado en vano, pero que esta vez deja las zonas de la utopía pan
afirmarse, al fin, como posible y necesario, se percibe que: para que los hombres, sobre la Tierra, sobre toda la
Tierra, puedan llegar a amarse no basta con que los unos y los otros se reconozcan como siendo elementos de un
mismo
algo;
hace falta que al
“planetizarse”
tengan conciencia de que, sin confundirse, se hacen un mismo
alguien.
Porque (y esto se halla ya en todas las letras del Evangelio) no hay amor total más que de y en lo
personal.
Esto no es sino decir que, en fin de cuentas, la planetización de la Humanidad supone, para realizarse
correctamente, además de la Tierra que se aprieta, además del pensamiento humano que se organiza y se
condensa, todavía un
tercer
factor: me refiero a la ascensión en nuestro horizonte interior de un centro cósmico
psíquico,
de algún polo de conciencia suprema, hacia el que convergen todas las conciencias elementales del
mundo y en el que puedan amarse:
la ascensión de un Dios.
XVII
EN TODO INSTANTE,
por todos los resquicios, hace irrupción en ella la gran Cosa horrible, ésta que nos
esforzamos por olvidar, por no pensar que está siempre ahí, del otro lado del tabique: fuego, peste, tempestad,
terremoto, desencadenamiento de oscuras fuerzas morales, se llevan en un instante, y sin consideraciones, lo que
habíamos construido y ornado penosamente con toda nuestra inteligencia y nuestro corazón.
Dios mío, ya que por mi dignidad humana me está vedado cerrar los ojos sobre esto, como una bestia o como
un niño—para que no sucumba a la tentación de maldecir al Universo y a quien lo hizo—,
haz que lo adore
viéndote escondido en él.
Señor, repíteme la gran palabra liberadora, la palabra que a un mismo tiempo revela y
opera. Señor, “Hoc est Corpus meum”. En verdad, la Cosa enorme y sombría, el fantasma, la tempestad, si
queremos, eres Tú. “Ego sum, nolite timere.” Todo cuanto en nuestras vidas nos espanta, lo que a Ti mismo te
consterné en el Huerto, Señor, en el fondo no son más que Especies o apariencias, materia de un mismo
Sacramento.
Creamos y basta. Creamos con mayor fuerza y más desesperadamente cuanto que la Realidad parece más
amenazadora y más irreductible. Y, entonces, poco a poco, veremos al Horror universal distenderse para
sonreírnos primero y tomarnos en sus brazos más que humanos, luego.
No, no son los rígidos determinismos de la Materia y de los grandes números los que confieren al Universo su
consistencia: son las suaves combinaciones del Espíritu. El azar inmenso y la inmensa ceguera del Mundo sólo
son una ilusión para el que cree. “Fides, substantia rerum.”
XVIII
SEÑOR, TÚ ERES
quien ha penetrado en mi corazón, mediante el aguijón imperceptible de un encanto
sensible, para hacer que fluya su vida hacia Ti. Tú has descendido a mí a favor de una parcela pequeña de las
Cosas, y después, repentinamente, te has desplegado ante mis ojos como la Existencia Universal…
La intuición mística fundamental acaba de lograr el descubrimiento de una Unidad suprarreal, difusa en la
inmensidad del Mundo.
En el medio, a la vez divino y cósmico, en el que al principio no había visto más que una simplificación y
como una espiritualización del Espacio, el Vidente, fiel a su Luz, ve cómo se dibuja progresivamente la Forma y
los atributos de un
Elemento
último en el que cada cosa encuentra su Consistencia definitiva.
Y entonces comienza a medir con mayor exactitud las alegrías y la urgencia de la misteriosa Presencia a la
que se ha abandonado.
XIX
DIOS MÍO, HAZ QUE PARA MÍ
brille tu Rostro en la vida del Otro. Esta luz irresistible de tus ojos,
encendida en el fondo de las cosas, me ha lanzado ya sobre todo trabajo factible, sobre todo dolor a
experimentar. Dame, sobre todo, que pueda descubrirte en lo más íntimo, en lo más perfecto, en lo más
profundo del alma de mis hermanos.
El don que me reclamas para estos hermanos —el único don de que mi corazón es capaz— no es la ternura
colmada de estos afectos privilegiados que dispones en nuestras vidas como el factor creado más recio de
nuestro crecimiento interior, es algo menos dulce, pero tan real y aún más fuerte. Entre los Hombres y yo
quieres que, con ayuda de tu Eucaristía, aparezca la atracción fundamental (ya oscuramente presentida por todo
amor, en cuanto es fuerte) que misteriosamente convierte la miríada de las criaturas razonables en una especie
de mónada única en Ti, Jesucristo.
IV 2 – LA HUMANIDAD EN MARCHA
XX
EL MUNDO SE CONSTRUYE.
He aquí la verdad fundamental que es preciso comprender en primer lugar, y
comprender también que se convierte en una fuerza habitual y como natural de nuestros pensamientos. A
primera vista, corremos el riesgo de que los seres y sus destinos se nos aparezcan como distribuidos al azar, o, al
menos, de una manera arbitraria, sobre la superficie de la Tierra. Por un momento podríamos pensar que cada
uno de nosotros hubiera podido nacer
indiferentemente
más pronto o más tarde, aquí o allí, más felices o menos
afortunados: como si el Universo formase, desde el comienzo hasta el final de su historia, en el Tiempo y en el
Espacio, una especie de vasto jardín en el que las flores son intercambiables a voluntad del jardinero. Esta idea
no parece justa. Cuanto más se reflexiona, sirviéndose de todo lo que nos enseñan, cada una en su línea, la
ciencia, la filosofía y la religión, más se convence uno de que el Mundo debe compararse, no a un haz de
elementos artificialmente yuxtapuestos, sino más bien a algo así como un sistema organizado, animado de un
amplio movimiento de crecimiento que es peculiar suyo. Hay un plan de conjunto que parece estar realizándose
a nuestro alrededor en el curso de los siglos. Hay un plan en marcha en el Universo, un resultado en juego, que
no admite mejor comparación que con una gestación y un alumbramiento: el alumbramiento de la realidad
espiritual formada por las almas y por lo que ellas encierran en sí de materia. La Tierra nueva se concentra, se
desglosa y se purifica laboriosamente a través y a favor de la actividad humana. No, nosotros no somos
comparables a los elementos de un ramillete, sino a las hojas y a las flores de un gran árbol, sobre el que todo
aparece a su tiempo y en su lugar, a la medida
a los postulados del Todo.
y
XXI
EL SUFRIMIENTO HUMANO
la totalidad del sufrimiento diseminado en cada momento sobre la Tierra
,
entera, ¡qué inmenso océano! Pero, ¿de qué está formada esa masa? ¿De negruras, de lagunas, de
desperdicios?…
No, en absoluto, sino, repitámoslo, de
energía
posible. En el sufrimiento se oculta, con una
intensidad extrema, la fuerza ascensional del Mundo. Todo el problema radica en liberarla, infundiéndole la
conciencia de lo que significa y de lo que puede. ¡Ah! Qué salto hacia Dios daría el Mundo si todos los
enfermos a la vez fundiesen sus penas en un deseo común de que el Reino de Dios madurase rápidamente a
través de la conquista y la organización de la Tierra. Si todos los pacientes de la Tierra uniesen sus sufrimientos
para que el dolor del Mundo se convierta en un grande y único acto de conciencia, de sublimación y de unión,
¿no resultaría de ahí una de las formas más elevadas que podría revestir ante nuestros ojos la obra misteriosa de
la Creación?
XXII
para mejor abrazarte, que mi conciencia se haga tan vasta como los cielos, la tierra y los
DESEO, SEÑOR,
pueblos, tan profunda como el pasado, el desierto y el océano, tan sutil como los átomos de la materia y los
pensamientos del corazón humano…
¿No es preciso que yo me adhiera a Ti por medio de toda la extensión del Universo?…
Para que yo no sucumba a la tentación que acecha tras de cada acto de intrepidez, para que no olvide que Tú
eres lo
único
que se debe buscar a través de todo, habrás de enviarme, en los momentos que Tú sabes, la
privación, las decepciones, el dolor. El objeto de mi amor declinará o habré de superarle.
La flor que yo sostenía se ha marchitado en mis manos…
El muro se ha levantado delante de mí, a la vuelta del sendero…
La maleza ha surgido entre los árboles del bosque que yo creía interminable…
Ha llegado la prueba…
… Y yo no he estado definitivamente triste… Al contrario, una alegría insospechada y gloriosa ha hecho
irrupción en mi alma…, porque, en esa quiebra de los soportes inmediatos que yo había dado arriesgadamente a
mi vida, ha experimentado, de una manera única, que no descansaba más que en tu consistencia.
XXIII
EL
en nuestra alma de la Vida
sobrenatural
(fundada sobre la espiritualización
natural
del
DESARROLLO
Mundo por el esfuerzo humano) es, en definitiva,
el terreno en que se ejerce positivamente, y
sin limitaciones
conocidas, la virtud operante de la Fe.
En el Universo, el Espíritu, y en el Espíritu, la región
moral,
son por excelencia el sujeto
actual
del desarrollo
de la Vida. Ahí es, en esa médula plástica de nosotros mismos, donde la gracia divina se suma a los impulsos de
la Tierra, hacia donde hay que conducir vigorosamente el poder de la Fe.
Ahí es, sobre todo, donde la Energía creadora nos espera, seguramente, pronta a transformarnos más allá de
todo lo que el ojo humano ha visto jamás o escuchado su oído. ¿Quién puede adivinar lo que Dios haría de
nosotros si tuviésemos el valor de seguir, fiados en su palabra, hasta el límite de sus consejos y entregamos en
manos de la Providencia?…
¡Por amor a nuestro Creador y al Universo, arrojémonos sin titubeos en la fosa del Mundo por venir!
En resumen, se ve claro que hay tres características en el logro cristiano tal como lo consigue la Fe:

Se produce sin deformar ni romper ningún determinismo en particular, puesto que los acontecimientos no
son desviados (en general) de su curso por la oración, sino integrados en una nueva combinación del conjunto.
No se manifiesta necesariamente en el plano del logro humano natural, sino en el orden de la santificación

sobrenatural.
Tiene a Dios
realmente
por Agente principal, Fuente y Medio de sus desarrollos.

Sin esta triple reserva que la distingue claramente de la Fe natural en su modo de acción, la Fe cristiana se
nos presenta como una “Energía cósmica” extraordinariamente realista y comprensiva.
XXIV
EN EL SENO DE UN UNIVERSO
de estructura convergente, el único modo posible que tiene un elemento
de acercarse a los elementos vecinos es
apretar el cono,
es decir, hacer que se mueva en dirección a la cima la
capa entera del Mundo en que se halla comprometido. En este sistema es imposible amar al prójimo sin
acercarse a Dios, y recíprocamente también, además (esto ya lo sabíamos). Pero es también imposible (esto ya
es más nuevo) amar, sea a Dios, sea al prójimo, sin hacer que progrese en su totalidad física la síntesis terrestre
del Espíritu: puesto que son precisamente los progresos de esta síntesis los que nos permiten acercamos entre
nosotros, al mismo tiempo que nos hacen subir hacia Dios. Porque amamos, para amar más nos vemos
felizmente reducidos a participar, más y mejor que nadie, en todos los esfuerzos, en todas las inquietudes, en
todas las aspiraciones y asimismo en todos los afectos de la Tierra
en la medida en que todas estas cosas
contienen un principio de ascensión y de síntesis.
El d esprendimiento cristiano subsiste totalmente en esta actitud engrandecida. Pero en vez de “dejar atrás”,
arrastra; en vez de cortar, empina: no más ruptura, sino travesía; no más evasión, sino emergencia. La caridad,
sin dejar de ser ella misma, se expande como una fuerza ascensional, como una esencia común, en el corazón de
todas las formas de la actividad humana, cuya diversidad tiende luego a sintetizarse en la rica totalidad de una
operación única. Como Cristo mismo, y a su imagen,
se universaliza, se dinamiza,
y por eso mismo, se
humaniza.
En resumen, para casar con la nueva curvatura adoptada por el Tiempo, el Cristianismo se ve llevado a
descubrir
por debajo de Dios
los valores del Mundo, mientras que el Humanismo se ve llevado a descubrir
por encima del Mundo
el lugar de un Dios.
XXV
LA ALEGRÍA
consiste, sobre todo, en haber encontrado al fin un Objeto universal y sólido al cual referir, y
como incrustar, las felicidades fragmentarias cuya posesión sucesiva y fugaz irrita el corazón sin satisfacerle.
Más que nadie es el místico quien sufre por la
pulverulencia
de los seres. Instintivamente, obstinadamente,
busca lo estable, lo inalterable, lo absoluto…
Por todas partes domina el desmenuzamiento, signo de lo corruptible y de lo precario. Y por todas partes, sin
embargo, el rastro y la nostalgia de un Soporte único y de un Alma absoluta, de una Realidad sintética, que
fuese tan estable
universal como la Materia, tan simple como el Espíritu.
y
Es necesario haber experimentado profundamente la pena de verse sumergido en lo múltiple, que revolotea y
se esfuma entre nuestros dedos. para merecer gustar el entusiasmo que se apodera del alma cuando ve, bajo la
acción de la Presencia universal, que lo Real se ha hecho no sólo transparente, sino
sólido.
Ahora ya el principio
in. corruptible del Cosmos ha sido hallado, se ha derramado por todas partes.
El Mundo está lleno,
y está lleno
de lo Absoluto. ¡Qué liberación!
XXVI
Domine, advesperascit”
“MANE NOBISCUM,
“ .
Asimilar, utilizar, la
sombra
de la edad; debilitamiento, aislamiento, más horizonte por delante…
Encontrar en el Cristo Omega el medio de permanecer
joven
(alegre, entusiasta, emprendedor).
No confundir con la “prudencia” todo lo que no sería más que melancolía, indiferencia, desilusión.
Hacer un sitio, y un sitio
elevante,
al fin que se aproxima, y al declinar (dentro de los límites queridos por
Dios).
Estar pronto” me ha parecido siempre que no significaba otra cosa que esto: “Estar inclinado hacia

adelante”…
Que el Cristo Omega me conserve
joven
(A. M. D. G.)
(juventud succionada en el Cristo Omega: ¡la mejor
1 2
de las “apologéticas”!):
1° Porque la edad, la vejez, proviene de Él;
2° Porque la edad, la vejez, conduce a Él;

Porque la edad, la vejez, no me afectará más que medida por Él.
“Jov en”: optimista, activo, sonriente; clarividente.
Aceptar la muerte tal como me llegue en el Cristo Omega (es decir, evolutivamente)…
Sonrisa (interna y externa) es dulzura frente a lo que llega.
¡Jesús-Omega, haz que yo
te sirva,
que te proclame, que te glorifique, que te testifique hasta el final, durante
todo el tiempo que me quede de vida, y, sobre todo, con mi
fin!…
Te confío, Jesús, desesperadamente mis últimos años activos, mi muerte: que no logren debilitar lo que tanto
he deseado terminar para Ti…
¡Gracia de terminar
bien,
de la manera más eficiente para el prestigio de Cristo Omega!… La gracia de las
gracias.
Existencia dominada por la pasión única de promover la Síntesis Cristo y Universo. Amor, por consiguiente,
a los dos (más especialmente al Cristo-Iglesia, Eje supremo)…
La Comunión por la Muerte (la Muerte-Comunión)…
Lo que llega, finalmente: Lo adorable.
Voy al encuentro de Aquel que viene.
XXVII
A MUCHA GENTE LE PARECE
que la superioridad del espíritu no se salvará si su primera manifestación
no viniera acompañada de alguna interrupción aportada a la marcha ordinaria del Mundo. Justamente porque es
espíritu, debería decirse más bien: su aparición debió tomar la forma de un coronamiento o de una eclosión.
Pero dejemos a un lado toda consideración sistemática. ¿ Es que cada día no se “crea” una masa de almas huma-
nas en el curso de una embriogénesis a lo largo de la cual no hay observación científica posible que sea capaz de
captar la menor ruptura en el encadenamiento de los fenómenos biológicos? Tenemos aquí, a la vista,
cotidianamente, el ejemplo de una creación absolutamente imperceptible, inasible para la pura ciencia. ¿Por qué
levantar tantas dificultades cuando se trata del primer hombre? Evidentemente, no es mucho más difícil re-
presentamos la aparición de la “reflexión” a lo largo de un
phylum
formado por individuos diferentes que a lo
largo de una serie de estados atravesados por el mismo embrión. Pero desde el punto de vista de la acción
creadora, considerada en su relación con los fenómenos, el caso de la ontogénesis es el mismo que el de la
filogénesis. Por qué no admitir, por ejemplo, que la acción absolutamente libre y especial por la que el Creador
ha querido que la Humanidad coronase su obra ha influencia, ha preorganizado tan bien la marcha del Mundo
antes del Hombre, que éste nos aparece ahora (consecuentemente por decisión del Creador) como el fruto
naturalmente esperado por los desarrollos de la vida. “Omnia propter hominem.”
XXVIII
SI EN EL ÁRBOL DE LA VIDA
los Mamíferos constituyen una Rama maestra, la Rama maestra, los
Primates, es decir, los cerebromanuales, son la flecha de esta Rama, y los Antropoides el mismo brote en que
termina esta flecha.
Añadiremos ahora que desde entonces es fácil decidir en qué punto de la Biosfera deben detenerse nuestros
ojos en espera de lo que tiene que llegar. Por todas partes, según sabíamos ya, las líneas filéticas activas, en su
cima, se iban calentando de consciencia. Sin embargo, en una región muy determinada, en el centro de los
Mamíferos, allí en donde se forman los más poderosos cerebros jamás construidos, estas líneas se ponen al rojo.
E incluso en el corazón de esta zona se alumbra ya un punto de incandescencia.
No perdamos de vista ahora esta línea que se empurpura de aurora.
Después de haber ascendido durante millares de años por el horizonte sobre un punto estrictamente
localizado, una llama va a brotar.
¡El Pensamiento está ahí!
XXIX
EL SER REFLEXIVO
en virtud de su repliegue sobre sí mismo, se hace bruscamente susceptible de
,
desarrollarse en una nueva esfera. En realidad, es otro mundo el que nace. Abstracción, lógica, elección e
invenciones razonadas, matemáticas, arte, percepción calculada del espacio y de la duración, ansiedades y
sueños de amor… Todas estas actividades de la vida interior no son más que la efervescencia del centro
nuevamente constituido explotando sobre sí mismo.
Una vez sentado esto, he aquí mi pregunta. Si, como se sigue de lo que precede, es el hecho de hallarse
“reflexionado” lo que hace al ser verdaderamente “inteligente”, ¿podemos dudar seriamente de que la
inteligencia sea el atributo evolutivo del hombre y de sólo él? ¿Y podemos, en consecuencia, dudar en
reconocer, por no sé qué falsa modestia, que su posesión no representa para el Hombre un avance radical sobre
toda la Vida anterior a él? El animal sabe no lo dudamos. Pero ciertamente no sabe que sabe; de otra manera,
hace tiempo que hubiera multiplicado las invenciones y desarrollado un sistema de construcciones internas que
no podrían escapar a nuestra observación. Por consiguiente, un sector de lo Real le está cerrado, un sector dentro
del cual nos movemos nosotros, pero en el cual él no podría entrar. Un foso—o un umbral—infranqueable para
él nos separa. En relación con él, por el hecho de ser reflexivos, no sólo somos diferentes, sino otros. No sólo
simple cambio de grado, sino cambio de naturaleza, resultado de un cambio de estado.
Henos aquí exactamente frente a lo que esperábamos. La Vida (en esta espera se terminaba el capítulo de
Demeter). La Vida, por ser ascensión de consciencia, no podía continuar avanzando indefinidamente en su línea
sin transformarse en profundidad. Ella debía, según decíamos, como toda magnitud creciente en el Mundo,
llegar a ser diferente para continuar siendo ella misma.
XXX
ME RESULTABA DULCE
en
medio del esfuerzo, Dios mío, sentir que al desarrollarme yo mismo au-
mentaba este apresuramiento en que me tienes, y me era dulce, además, bajo el brote interior de la vida o entre
el juego favorable de los acontecimientos, entregarme a tu Providencia. Haz que tras haber descubierto la alegría
de utilizar todo crecimiento para hacerte o dejarte crecer en mí, acceda tranquilo a esta última fase de la comu-
nión, en el curso de la que te poseeré, disminuyéndome en Ti.
Tras haberte percibido como Aquel que es “un más yo mismo”, haz,
llegada mi hora,
que te reconozca bajo
las especies de cada fuerza, extraña o enemiga, que parezca querer destruirme o su-plantarme. Cuando sobre mi
cuerpo (y aún más sobre mi espíritu) empiece a señalarse el desgaste de la edad; cuando caiga sobre mí desde
fuera, o nazca en mí por dentro, el mal que me empequeñece o nos lleva; en el momento doloroso en que me dé
cuenta, repentinamente, de que estoy enfermo y me hago viejo; sobre todo en ese momento en que siento que
escapo de mí mismo y soy pasivo en manos de las grandes fuerzas desconocidas que me han formado, Señor, en
todas estas horas sombrías hazme comprender que eres Tú (y sea mi fe lo bastante grande) el que dolorosamente
separa las fibras de mi ser para penetrar hasta la médula de mi sustancia y llevarme en Ti.
Sí, cuando más se incrusta el mal en cl fondo de mi carne y es incurable, es más a Ti a quien cobijo, como un
principio amante, activo, de depuración y de liberación. Cuanto más se abre ante mí el futuro como una grieta
vertiginosa o un oscuro paso, más confianza puedo tener, si me aventuro sobre tu palabra, de perderme o
abismarme en Ti, de ser, Jesús, asimilado por tu Cuerpo.
Energía de mi Señor, Fuerza irresistible y viviente, puesto que de nosotros dos Tú eres infinitamente el más
fuerte, a Ti compete el don de quemarme en la unión que ha de fundimos juntos. Dame todavía algo más
precioso que la gracia por la que todos los fieles te ruegan. No basta con que muera comulgando. Enséñame a
comulgar muriendo.
XXXI
SOBRE UNA MATERIA CÓSMICA enteramente pasiva
y a fortiori
resistente, no habría podido engarzar-se
ningún mecanismo evolutivo. Entonces, ¿quién no percibe el drama posible de una Humanidad que de pronto
perdiese el gusto de su destino? Este desencanto sería concebible o más bien inevitable si, por efecto de
reflexión creciente, llegáramos a damos cuenta de que en un mundo cerrado herméticamente estamos destinados
a terminar cualquier día por una muerte colectiva total. Bajo el efecto de esta espantosa constatación, ¿no resulta
evidente que, a pesar de las más violentas tracciones de la cadena de enrollamiento planetario, el mecanismo
psíquico de la Evolución se pararía de pronto, distendido, disgregado en su propia sustancia?
Cuanto más se reflexiona sobre esta eventualidad, algunos de cuyos síntomas mórbidos, como el
existencialismo sartriano, prueban que no se trata de un mito, más se piensa que el gran enigma propuesto a
nuestro espíritu por el fenómeno humano no es tanto el saber cómo ha podido encenderse la vida sobre la Tierra
cuanto el comprender cómo podría apagarse sin prolongarse en otra parte. Una vez hecha reflexiva, ya no puede
aceptar, en efecto, el desaparecer sin contradecirse biológicamente a sí misma.
Y, por consiguiente, menos dispuestos nos sentimos a rechazar como no científica la idea de que el punto
crítico de Reflexión planetaria, fruto de la socialización, lejos de ser una simple chispa de la noche, corresponde,
por el contrario, a nuestro paso, por retorno o por desmaterialización, sobre otra cara del Universo: no un fin de
lo Ultrahumano, sino un acceso a algo Transhumano en el corazón mismo de las cosas.
XXXII
PARA QUIEN PERCIBE EL UNIVERSO bajo forma de una subida laboriosa en común hacia la conciencia
suprema, la Vida, lejos de parecer ciega, dura o despreciable, se carga de gravedad, de responsabilidades, de
nuevas ligazones. Como ha escrito no ha mucho con toda justicia Sir Oliver Lodge: “Bien entendida, la doctrina
transformista es una escuela de esperanza”, y añadamos, por nuestra parte: Una escuela de mayor caridad mutua
y mayor esfuerzo.
Tanto, que puede sostenerse, en toda la línea, sin paradoja, la tesis siguiente (la mejor, sin duda, para
tranquilizar y guiar a las mentes frente a la aparición de los puntos de vista transformistas):
El Transformismo no abre necesariamente las vías a una invasión del Espíritu por la Materia; más bien atestigua
en favor de un triunfo esencial del Espíritu. Lo mismo, si no mejor, que el Fijismo, el Evolucionismo es capaz
de conferir al Universo la magnitud, la profundidad, la unidad, que son la atmósfera natural de la Fe cristiana.
Y esta última reflexión nos lleva a concluir con la observación general siguiente:
Finalmente, por mucho que digamos nosotros los cristianos, con respecto al Transformismo, o bien con
respecto a cualquiera de los otros puntos de vista nuevos que atraen al pensar moderno, jamás demos la
impresión de temer nada que pueda renovar y hacer más amplias nuestras ideas sobre el Hombre y sobre el
Universo. El Mundo jamás será lo bastante vasto, ni la Humanidad lo bastante fuerte como para ser digna de
Aquel que los ha creado y se ha encarnado en ellos.
XXXIII
¿LA VIDA ES UN CAMINO O MURO CIEGO? Tal es el problema, apenas formulado hace algunos siglos y
que aflora hoy a los labios de la masa de la Humanidad. La Humanidad, tras una crisis, violenta y corta, en
donde ha adquirido conciencia simultáneamente de sus fuerzas creadoras y de sus facultades críticas, se ha
hecho legítimamente difícil, y no habrá aguijón alguno, tomado de entre los instintos o las necesidades
económicas ciegas, que sirva para nada. Sólo una razón, una razón verdadera y muy importante para amar con
pasión la vida, podrá decidirla a avanzar más. Pero en el plano experimental, ¿dónde podrá hallarse el esbozo (si
no la plenitud) de una justificación de la Vida? Al parecer, en ninguna parte, sino en la consideración del valor
intrínseco del Fenómeno humano. Sígase considerando al hombre como un añadido accidental o como un
juguete en el seno de las cosas, y se le verá arrastrado al disgusto o a la rebelión, que, generalizados, marcarán el
fracaso rotundo de la Vida sobre la Tierra. Reconózcase, en cambio, que en el campo de nuestra experiencia, el
Hombre, porque es el frente que avanza de una parte de las dos ondas más importantes en que se divide lo Real
tangible, tiene entre sus manos la suerte del Universo, y entonces le hacéis dirigir la mirada hacia un sol naciente
inmenso.
El Hombre tiene derecho a inquietarse por sí mismo, mientras se siente perdido, aislado, en la masa de las
cosas. Pero ha de avanzar alegremente hacia adelante tan pronto como descubra su suerte ligada a la propia
suerte de la Naturaleza. Porque poner en duda el valor y las esperanzas del Mundo será no virtud crítica, sino
enfermedad espiritual.
XXXIV
AL PESIMISTA LE ES FÁCIL desdeñar este período extraordinario en civilizaciones que van derrum-
bándose una tras otra. Pero, ¿no resulta mucho más científico reconocer, una vez más, bajo estas sucesivas
oscilaciones, la grande espiral de la Vida elevarse irreversible, por relevos, siguiendo así la línea maestra de la
Evolución? Susa, Memfis, Atenas, pudieron morir. Sin embargo, una consciencia del Universo, siempre en
progresiva organización, pasa de una mano a otra mientras su empuje va creciendo.
Más adelante, al hablar de la planetización progresiva de la Noosfera, voy a dedicarme a restituir los demás
fragmentos de Humanidad, la parte realmente importante y esencial que les correspondió en la constitución de
esta plenitud alcanzada por la Tierra. En el momento presente de nuestra investigación habría que falsear, por
sentimiento, los hechos para no reconocer que, durante los tiempos históricos, el eje principal de la
Antropogénesis ha pasado precisamente por el Occidente. Es en esta zona ardiente de crecimiento y de
refundición universales en donde se ha hallado o, por lo menos, en donde ha debido ser hallado todo cuanto el
Hombre ha hecho en esta época reciente. Y todo ello porque incluso lo que se conocía ya de otros sitios, desde
el antaño remoto, no alcanzó un definitivo valor humano más que al incorporarse al sistema de ideas y de ac-
tividades europeas. No es una simple candidez celebrar como un gran acontecimiento el descubrimiento de
América por Colón.
De hecho, desde hace seis mil años ha germinado alrededor del Mediterráneo una neo-Humanidad, la cual
acaba de absorber en estos mismos momentos los últimos vestigios del mosaico neolítico; es decir, el brote de
otra capa, la más apretada de todas, en la Noosfera.
Y la prueba está en que de una manera inevitable, de un extremo a otro del Mundo, todos los pueblos, para
ser verdaderamente humanos o para llegar a serlo aún más, se han visto conducidos a plantearse las esperanzas y
los problemas de la Tierra moderna en los mismos términos en que el Occidente llegó a formulárselos.
XXXV
RECONOZCAMOSLO, AL CABO, FRANCAMENTE. Además de las reticencias y de las impotencias
frente a los “últimos días de la especie”, lo que más desacredita ante la mirada de los hombres la fe en el
progreso es la desgraciada tendencia que manifiestan todavía sus adeptos a desfigurar en lamentables
milenarismos lo que hay de más noble y de más legítimo en nuestra espera, ahora consciente, de lo
“ultrahumano”. Un período de euforia y de abundancia—una
edad de Oro—,
he aquí lo que para nosotros tiene
reservada la evolución, nos quieren decir. Y ante un ideal tan “burgués”, es justo que nuestro corazón desfa-
llezca.
Frente a este materialismo y a este naturalismo auténticamente “paganos”, se hace urgente recordar, de
nuevo, que si las leyes de la biogénesis suponen e implican, efectivamente, por naturaleza,
un
mejoramiento
económico de las condiciones humanas, no se trata de una cuestión de
bienestar,
sino de una sed de
más-ser,
la
cual puede, por sí sola, por necesidad psicológica, liberar a la Tierra pensante del
taedium vitae.
Y aquí es donde se descubre con plena claridad la importancia de la idea, antes introducida, de que sería en su
punta (o superestructura) de concentración espiritual y no sobre su base (o infraestructura) de arreglo material
sobre la que recaiga, biológicamente, el equilibrio de la Humanidad.
Porque una vez admitida, siguiendo esta línea, la existencia de un
punto crítico de especiación
al término de
las técnicas y de las civilizaciones (con la prioridad mantenida hasta el fin en biogénesis de la tensión sobre el
reposo), se abre al cabo
una salida
en la cima del tiempo no sólo para nuestras esperanzas de evasión, sino para
la espera de alguna revelación.
Precisamente, es lo mejor que podría reducir el conflicto entre luz y tinieblas, entre exaltación y angustia, en
el que nos hallamos sumidos a consecuencia de la renovación en nosotros del sentido de la especie.
XXXVI
REPLIEGA TUS ALAS,
¡oh, alma mía!, que habías abierto, tan grandes, para alcanzar las cumbres terrestres
donde la luz es la más ardiente. Espera a que el Fuego descienda, si es que quiere que tú seas de Él.
Para atraer su Poderío, relaja primero los afectos que te religan todavía a objetos demasiado queridos por
ellos mismos. La verdadera unión que debes perseguir con las criaturas que te atraen no se realiza yendo
derecho a ellas, sino convergiendo con ellas hacia Dios, buscado a su través. No es materializándose en un
contacto carnal, sino espiritualizándose en Dios como las cosas se aproximan y llegan, siguiendo su pendiente
invencible, a no ser más que una, todas conjuntamente. Sé, pues, casta, ¡oh, alma mía!
Y cuando hayas aligerado tu ser, desata, aún más lejos, las fibras de tu sustancia. En el amor exagerado que te
tienes, te asemejas a una molécula cerrada sobre sí misma, que no supiera entrar fácilmente en cualquier
combinación nueva. Dios espera de ti más apertura y más agilidad. Para pasar en Él, necesitas ser más libre y
más vibrante. Renuncia, pues, a tu egoísmo y a tu miedo a sufrir. Ama a los otros como a ti mismo. es decir,
introdúceles en ti a todos, a aquellos incluso que no querrías si fueses pagano. Acepta el dolor. Toma tu cruz,
¡oh, alma mía!…
XXXVII
NOS OLVIDAMOS DE ELLO CONSTANTEMENTE.
Lo sobrenatural es un fermento, un alma, no un
organismo completo. Viene a transformar “la naturaleza”; pero no puede prescindir de la materia que ésta le
ofrece. Silos Hebreos se mantuvieron tres mil años pendientes del Mesías, es porque lo veían nimbado por la
gloria de su pueblo. Si los discípulos de San Pablo vivían perpetuamente anhelantes por el Gran Día, es porque
esperaban del Hijo del Hombre la solución personal y tangible de los problemas y de las injusticias de la vida.
La espera del Cielo no puede existir más que si se encarna. ¿Qué cuerpo podremos darle a nuestra espera de
hoy?
Podremos darle el cuerpo de una inmensa esperanza
totalmente humana.
XXXVIII
TÚ, CUYA AMANTE SABIDURÍA
me forma a partir de todas las fuerzas y de todos los azares de la Tierra,
permíteme que esboce un gesto cuya eficacia plena se me aparezca frente a las fuerzas de disminución y de
muerte; haz que tras haber deseado, crea, crea ardientemente, crea en tu presencia activa sobre todas las cosas.
Gracias a Ti, esta espera y esta fe están ya llenas de virtud operante. Pero cómo podré testimoniarte y
probarme a mí mismo, mediante un esfuerzo exterior, que no soy de los que dicen tan sólo a flor de labios:
“¡Señor, Señor!” Colaboraré en tu acción previsora, y lo haré de modo doble. Primero, responderé a tu
inspiración profunda que me ordena existir, teniendo cuidado de nunca ahogar, ni desviar, ni desperdiciar mi
fuerza de amar y de hacer. Y luego, a tu Providencia envolvente, que me indica en todo instante, por los
acontecimientos del día, el paso siguiente que he de dar, el escalón que he de subir; a esta Providencia me uniré
mediante el cuidado de no perder ocasión alguna de subir hacia el “espíritu”.
XXXIX
hay que temer o rechazar el progreso del mundo? ¿ Por qué multiplicar
¿POR QUÉ, HOMBRES DE POCA FE,
imprudentemente las profecías y las prohibiciones: “No vayáis…, ni intentéis…, todo lo conocido: la Tierra es
vieja y está vacía: ya no se encuentra nada…”?
¡Todo intentarlo por Cristo! ¡Esperarlo todo por Cristo!
¡Nihil intentatum!
He aquí precisamente, por el
contrario, la auténtica actitud del cristiano. Divinizar no es destruir, sino sobrecrear. Jamás sabremos todo lo que
la Encarnación espera todavía de las potencias del Mundo. Nunca esperamos bastante de la creciente unidad
humana.
IV.3 – SENTIDO DEL ESFUERZO HUMANO
XL
LO QUE ME APASIONA
en la vida es el poder colaborar en una obra, en una Realidad más duradera que
yo: dentro de este espíritu y de esta visión trato de perfeccionarme y de dominar un poco mas las cosas. La
muerte que viene a mi encuentro deja intactas estas cosas, estas ideas, estas realidades más sólidas y más
preciosas que yo mismo: por lo demás, la fe en la Providencia me inclina a creer que esta muerte llega a su
debida hora, con su fecundidad misteriosa y particular (no sólo por lo que se refiere al destino eterno del alma,
sino también para los progresos ulteriores de la Tierra). Entonces, ¿por qué temer y atormentarme si lo esencial
de mi vida queda intacto, si el mismo designio se prolonga, sin ruptura ni discontinuidad ruinosa?… Las
realidades de la fe no tienen la misma consistencia sentida que las de la experiencia. Por eso, inevitablemente,
providencialmente, cuando hay que dejar a las unas por las otras, se experimenta un escalofrío y un vértigo. Pero
ese es el momento de hacer que triunfe la adoración y la confianza y de sentir la alegría de formar parte de un
todo mayor que uno mismo.
XLI
PROSEGUIMOS,
en la hu mildad del temor y en la excitación del peligro, la culminación de un elemento que
el Cuerpo místico no puede recibir
más que
de nosotros. Nuestra paz se complementa con la exaltación de crear,
en medio del peligro, una obra eterna que no existirá sin nosotros. Nuestra confianza en Dios se anima y se
fortalece con un rabioso esfuerzo humano por conquistar la Tierra.
XLII
SORPRENDERÍA ENCONTRAR EN UN RAMILLETE
flores imperfectas, “sufrientes”, puesto que los ele-
mentos han sido escogidos uno a uno y conjuntados artificialmente. En un árbol, por el contrario, en un árbol
que tiene que luchar contra los accidentes internos de su desarrollo y con los accidentes externos de las
intemperies, las ramas tronchadas, las hojas laceradas, las flores secas, enfermizas o ajadas, están “en su sitio”:
reflejan las condiciones más o menos difíciles de crecimiento experimentadas por el tronco que las sostiene.
De igual manera, en un universo en que cada criatura constituyese una pequeña totalidad cerrada, querida por
ella misma, y teóricamente transportable a voluntad, difícilmente podríamos justificar, en nuestro espíritu, la
presencia de individuos dolorosamente truncados en sus posibilidades y en sus logros. ¿Por qué esta gratuita
desigualdad y esas gratuitas restricciones?…
Como contrapartida, si realmente el Mundo representa una obra de conquista actualmente en curso; si
realmente, merced a nuestro nacimiento, nos encontramos inmersos en plena batalla, entrevemos que, para
lograr la culminación del esfuerzo universal del que somos a la vez colaboradores y prenda, es inevitable que
exista el dolor. El Mundo, visto experimentalmente, a nuestra escala, es un inmenso tanteo, una inmensa
búsqueda, un inmenso ataque: sus progresos no pueden cuajar sino al precio de muchos fracasos y de muchas
heridas. Los que sufren, sea cualquiera la especie a que pertenecen, son la expresión de esa condición, austera
pero noble… No hacen sino pagar el precio del caminar hacia adelante y del triunfo de todos. Son los caídos en
el campo del honor.
XLIII
¿Es ESTO VERDAD, SEÑOR?…
Divulgando la Ciencia y la Libertad, puedo densificar, tanto en sí misma
como para mí, la atmósfera divina, en la que deseo siempre sumergirme más y más. Adueñándome de la Tierra
es como puedo vincularme a Ti…
Que la Materia, escrutada y manipulada, nos descubra los secretos de su contextura, de sus movimientos y de
su pasado.
Que las Energías, dominadas, se dobleguen ante nosotros y obedezcan a nuestro poderío.
Que los Hombres, una vez hechos más conscientes y más fuertes, se agrupen en organizaciones ricas y
felices, en las que la vida, mejor utilizada, produzca el ciento por uno.
Que el Universo ofrezca a nuestra contemplación los símbolos y las formas de toda Armonía y de toda
Hermosura.
Debo
buscar
y debo
encontrar.
Ahí está inmerso, Señor, el Elemento en que tú quieres habitar aquí abajo.
¡Ahí está implicada tu existencia entre nosotros!
XLIV
VEAMOS, PUES, UN POCO
si no podríamos escapar a la ansiedad que nos produce en este momento el
peligroso poder de pensar, sencillamente pensando mejor. Y para ello empecemos por tomar altura, hasta ver
por encima de los árboles que nos están ocultando el bosque. Es decir, olvidando por un momento el detalle de
las crisis económicas, de las tensiones políticas y de las luchas de clases que nos taponan el horizonte; elevémo-
nos lo bastante para observar en su conjunto, y sin pasión, sobre los últimos cincuenta o sesenta años, la marcha
general de la Hominización.
Situados a esta distancia favorable, ¿ qué vemos
primero?
¿Qué vería,
sobre todo,
si existiese, un observador
llegado de las estrellas?
Sin duda, dos fenómenos principales:
1° El primero es que, a lo largo de medio siglo, la Técnica ha realizado progresos increíbles; no se trata de
una técnica dispersa y local, sino de una auténtica
geotécnica,
que extiende a la totalidad de la Tierra la red
estrechamente interdependiente de sus empresas.
Y el segundo es que, durante ese mismo período, al mismo paso y en la misma escala de cooperación y de
2.0
realización planetarias, la
Ciencia
ha transformado en todos los sentidos (de lo Iii-fimo a lo Inmenso y a lo
Inmensamente Complicado) nuestra visión común del mundo y nuestro común poder de acción.
XLV
¿QUÉ HAY EN EL SUFRIMIENTO
que me vincula tan profundamente a Ti?
¿Por qué he experimentado una alegría más estremecida cuando Tú me has tendido unos lazos que si me
hubieras ofrecido unas alas?
¡Ah! Es que el elemento que más aprecio en tus dones, Señor, es el perfume de tu influjo y la impresión de tu
mano sobre mí. Más que la libertad y la exaltación del éxito, lo que nos embriaga a nosotros los hombres es la
alegría de haber encontrado una Belleza superior que nos domina; es la embriaguez de ser poseídos.
Benditas sean, pues, las decepciones que nos arrebatan la copa de los labios, y las cadenas que nos obligan a
ir hacia donde no quisiéramos ir.
Bendito sea el Tiempo inexorable y su perpetua sujeción, la inexorable esclavización del Tiempo que va
demasiado lentamente e irrita nuestras impaciencias, del Tiempo que camina demasiado de prisa y nos hace
envejecer, del Tiempo que no se detiene y que no vuelve jamás.
Bendita sea, sobre todo, la Muerte y el horror de su recaída en la Energías Cósmicas. Al morir, una potencia
más fuerte que el Universo se
infiltra en nuestros cuerpos para pulverizarlos y des-integrarlos; una atracción
más formidable que cualquier tensión material arrastra nuestras almas, sin resistencia, hacia el Centro que les
conviene. La Muerte nos obliga a no apoyarnos en absoluto sobre nosotros mismos, para entregarnos a las
Potencias del Cielo y de la Tierra. Ahí culmina el escalofrío que produce…, pero también se da en ella, para el
místico, el colmo de su felicidad.
-.
La operación creadora de Dios no nos amasa, en efecto, como una arcilla maleable. Es un fuego que anima a
los que toca, un Espíritu que les vivifica.
Viviendo
es como debemos, en definitiva, entregamos a Ella,
amoldarnos a Ella, identificamos con Ella. El místico experimenta por momentos la imagen obsesionante y
agudizada de esa situación… Si alguien posee ese conocimiento y ama, se apodera de él una fiebre de
dependencia activa y de pureza laboriosa hasta la total fidelidad y la completa utilización de sus fuerzas.
Para que las pulsaciones del Ritmo fundamental tengan en él su perfecta resonancia, el místico se hace dócil a
las menores exigencias del deber humano, a las más discretas insinuaciones de la gracia.
Para captar un poco mejor la Energía creadora, desarrolla incansablemente su pensamiento; dilata su corazón,
intensifica su actividad exterior.
Porque la criatura debe trabajar si quiere ser creada continuamente.
Para que ninguna mancha, en fin, le separe, aunque no sea más que por un átomo de sí mismo, de la limpidez
esencial, depura sin tregua sus afectos, rechazando las más ligeras opacidades en las que titubearía y empañaría
la luz…
XLVI
EN FAVOR DE LA SANTIDAD
Dios no se contenta con emitir, más activa, la influencia creadora, hija de
su Poderío.
Él
mismo desciende a su obra para cimentar la unificación. Él nos lo ha dicho, Él y no Otro. A
medida que las pasiones del alma se concentran sobre Él, las invade, las penetra, las capta en su irresistible
simplicidad. Entre los que se aman con caridad, aparece,
nace,
de alguna manera como un lazo sustancial de su
afecto…
Es Dios en persona quien surge en el corazón del Mundo simplificado. Y la figura orgánica del Universo así
deificado es Jesucristo, quien, por la atracción de su amor y la eficacia de su Eucaristía, recoge en sí poco a poco
todo el poderío de unidad difusa a través de la Creación…
El Cristo me agota por entero con su mirada. Con la misma percepción y la misma presencia, penetra a los
que me rodean y a quienes amo. Gracias a El, pues, tal en un medio divino, me uno a los otros por dentro de
ellos mismos; puedo operar sobre ellos por todas las fuentes de mi vida.
El Cristo nos
religa
y nos
manifiesta
los unos a los otros.
Lo que mi boca no puede hacer que entiendan mi hermano y mi hermana, Él se lo dirá mejor que yo. Lo que
mi corazón les desea, con un ardor inquieto e impotente, El se lo otorgará, si es que es bueno. Lo que los
hombres no escuchan de mi voz demasiado débil, a lo que cierran en sus oídos para no oírlo, se lo confío como
recurso al Cristo que algún día lo repetirá en su corazón. Y si esto es así, puedo morir con mi ideal, ser
amortajado con la visión que quería hacer compartir a los otros. El Cristo recoge, para la vida por venir, las
ambiciones ahogadas, las luces incompletas, los esfuerzos inacabados o malogrados, pero sinceros.
Nunc
dimittis, Domine, servum tuum in pace…
Sucede a veces que el corazón puro, al lado de la felicidad que le pacifica en sus deseos y sus afectos
individuales, discierne en sí
un gozo especial, de origen exterior a él,
que le envuelve de un
inmenso bienestar.
Es el reflujo en su pequeñez personal de la nueva salud que el Cristo, por medio de su Encarnación, ha
infundido a la Humanidad. En Jesús, las almas tienen calor, porque se comunican entre ellas…
Pero para participar en este gozo y en esta visión es preciso que hayan tenido el valor anteriormente
de
romper su pequeña individualidad
y de despersonalizarse de alguna manera a fin de centrarse sobre Jesucristo…
Porque esto es la ley del Cristo, y es formal:
Si quis vult post me venire, abneget semetipsutn. La pureza
está hecha a base de renuncia y mortificación.
Y la
Caridad
todavía más aún…
Una vez que se ha resuelto a practicar generosamente el amor de Dios y del prójimo, el hombre se da cuenta
que no ha hecho todavía nada, corrigiendo su unidad interior por separaciones generosas. Esta unidad, a su vez,
debe, antes de renacer en el Cristo, sufrir un eclipse que parecerá aniquilarla. En efecto, serán salvos quienes.
transportando
audazmente fuera de ellos mismos
el centro de su ser, osen amar a Otro
más que a st,
se
conviertan en este Otro de alguna manera, es decir, atraviesen la muerte para buscar la Vida.
Si quis vult
animam suam salvam facere, pertfet eam.
Al precio de este sacrificio, evidentemente, sabe el creyente que conquista una unidad muy superior a la que
abandona. ¿Pero quién podrá decir la angustia de esta metamorfosis? Entre el momento en que consiente
desanudarse de su unidad inferior y el minuto beatifico en que llega al dintel del ser nuevo, el cristiano
verdadero
se siente flotar sobre el abismo de la disociación y el anquilamiento… La salvación del alma se paga
con el enorme riesgo que se corre y que se acepta. Exige que nos juguemos, sin reservas, la Tierra contra el
Cielo. Quiere que renunciemos a la unidad poseída y palpable de la vida egoísta para arriesgamos sobre Dios.
“Si el grano de trigo no desaparece en la tierra y se pudre en ella, permanece estéril.”
Cuando un hombre, por tanto, tiene penas, está enfermo, muere, ninguno entre nosotros, los que le vemos,
sabría decir con certidumbre si disminuye en su ser o se engrandece. Puesto que,
bajo las mismas apariencias,
los dos Principios extremos atraen, exactamente, a sus fieles
hacia la simplicidad o hacia la Multitud:
Dios y la
nada.
XLVII
EL EGOÍSMO
sea privado o racial, tiene sus razones para exaltarse ante la idea del elemento, elevándose,
,
por su fidelidad misma a la Vida, hasta los extremos de aquello que él mismo considera único e incomunicable
en sí. Así, pues, puede decirse que siente de una manera justa. Su único error, suficiente, sin embargo, para
desviar-le de su camino de un extremo a otro, es el de confundir la individualidad con la personalidad. Cuando
busca separarse lo más posible de los demás, el elemento se individualiza; pero al hacerlo, hace un paso atrás y
consigue arrastrar al Mundo hacia lo más bajo de la pluralidad, en la Materia. En realidad, se disminuye a sí
mismo y se pierde. Con el objeto de ser nosotros mismos de una manera plena, nos es necesario avanzar,
precisamente por una dirección inversa, hacia el sentido de una convergencia con los demás; es decir, con el
Otro. La meta de nosotros mismos, el colmo de nuestra originalidad, no es, pues, nuestra individualidad, es
nuestra persona, y ésta, por la estructura misma evolutiva del Mundo, no podemos hallarla más que por la unión.
No existe espíritu sin síntesis. Siempre, pues, la misma ley de arriba abajo. El verdadero Ego crece en razón
inversa del “Egotismo”. El elemento, a imagen del Omega que le atrae, no puede llegar a ser personal más que
al universalizarse.
Todo esto, sin embargo, con una condición muy evidente y esencial. Del análisis precedente se sigue que las
partículas humanas, para que se personalicen verdaderamente bajo la influencia creadora de la Unión, no deben
reunirse de una manera cualquiera. Dado que se trata, en efecto, de realizar una síntesis de centros, aquellas par-
tículas deben entrar en contacto mutuo de centro a centro y no de otra manera. Entre las diversas formas de
interactividad psíquica que animan la Noosfera, son, pues, las energías de naturaleza “intercéntrica” las que
debemos reconocer, captar y desarrollar antes que otra cualquiera si queremos contribuir de manera eficaz a los
progresos de la Evolución en nosotros mismos.
Y henos aquí, por este mismo hecho, conducidos al problema del Amor.
XLVIII
EL PAN SACRAMENTAL
está hecho de granos prensados y triturados. Su pasta ha sido largamente
amasada. Tus manos, Jesús, lo han roto antes de santificarlo…
¿Quién podrá expresar, Señor, la violencia que sufre el Universo desde el momento en que ha caído bajo tu
dominación?
Cristo es el aguijón que espolea a la criatura por el camino del esfuerzo, del agotamiento, del desarrollo.
Es la espada que separa, sin piedad, a los miembros indignos o podridos.
Es la Vida más fuerte que mata inexorablemente los egoísmos inferiores para acaparar toda su potencia de
amar.
Para que Jesús penetre en nosotros es necesario, alternativamente, el trabajo que dilata y el dolor que mata, la
vida que hace crecer al hombre para que sea santificable y la muerte que le disminuye para que sea santificado…
El Universo cruje; se escinde dolorosamente en el corazón de cada mónada, a medida que nace y crece la
Carne de Cristo. Lo mismo que la creación, a la que rescata y supera, la Encarnación, tan deseada, es una
operación terrible; se realiza por medio de la Sangre.
¡Que la sangre de Jesús (la sangre que se infunde y la sangre que se desparrama, la sangre del esfuerzo y la
sangre de la renuncia…) se mezcle con el dolor del Mundo!
Hic est calix sanguinis mei…
XLIX
EL CORAZÓN PURO
es el que, amando a Dios por encima de todas las cosas, sabe también verle difundido
por todas partes. Bien se eleve por encima de toda criatura, hasta una aprehensión casi directa de la Divinidad,
bien se lance—como es deber de todo hombre—sobre el Mundo que hay que perfeccionar y que conquistar, el
justo no presta atención más que a Dios. Para él,
los objetas han perdido su multiplicidad de superficie.
Dios se
ofrece a un verdadero abrazo en cada uno de ellos, en la medida de sus cualidades y de sus peculiares suertes. El
alma pura, y éste es su privilegio
natural,
se mueve en el seno de una inmensa
y
superior unidad. ¿Quién no ve
que, mediante ese contacto, el alma va a unificarse hasta su propia médula? ¿Y quién no adivina, en con-
secuencia, el auxiliar inapreciable que los progresos de la Vida van a encontrar en el Verbo? Así como el
pecador, que se abandona a sus pasiones, dispersa y disocia su espíritu, el santo, en virtud de un proceso inverso,
se sustrae a la complejidad de los afectos… Por eso mismo, se
inmaterializa.
Todo es Dios para él, Dios es todo
para él, y Jesús es a la vez Dios y todo para él. Sobre un objeto así, que agota en su simplicidad —para los ojos,
para el corazón, para el espíritu—, la Verdad y las Bellezas del Cielo y de la Tierra convergen, coinciden y se
funden las facultades del alma con la llama de un acto único, en el que la percepción se confunde con el amor.
La acción específica de la pureza
(su efecto formal, diría la Escolástica) es, pues,
unificar las potencias inte-
riores del alma
en el acto de una pasión única, extraordinariamente rica e intensa. El alma pura, finalmente, es la
que, superando la múltiple y desorganizante atracción de las cosas, templa su unidad (es decir, madura su
espiritualidad) con los ardores de la simplicidad divina.
Lo que la Pureza opera en el interior del ser individual, la Caridad lo realiza en el seno de la colectividad de
las almas.
Sorprende (cuando se piensa en ello con una mente no embotada por el hábito) el cuidado
extraordinario con que Jesús recomienda a los hombres que se amen los unos a los otros. El amor mutuo es el
mandamiento nuevo del Maestro, el carácter distintivo de sus discípulos, la señal segura de nuestra predestina-
ción, la obra principal de toda existencia humana. Seremos juzgados sobre la Caridad, condenados o justificados
por ella…
L
NOS ATREVEMOS A VANAGLORIARNOS de ser una edad de la Ciencia. Y hasta cierto punto, si sólo
queremos hablar de una aurora en contraste con la noche que la precede, podemos decir que es verdad. Algo
muy enorme nació en el Universo gracias a nuestros descubrimientos y a nuestros métodos de búsqueda. Algo
que, estoy convencido de ello, ya no se detendrá jamás. Pero, si es verdad que exaltamos la Investigación y si
nos aprovechamos de ella, ¡con qué mezquindad de espíritu y de medios y con qué desorden estamos todavía
investigando en la actualidad!
La Ciencia, lo mismo que el Arte, y casi se podría decir como el Pensamiento, nació bajo las apariencias de
algo superfluo, de una fantasía. Exuberancia interna por encima de las necesidades materiales, acuciantes, de la
Vida. Curiosidad de soñadores y de ociosos. Sin embargo, y progresivamente, tanto su importancia como su efi-
ciencia le dieron derecho de ciudadanía. Al vivir en un Mundo, el cual podemos decir con justicia que
revolucionó la Ciencia, hemos aceptado el papel social de esta Ciencia, incluso su culto mismo. A pesar de todo
ello, la dejamos todavía crecer al azar, casi sin ningún cuidado, como si se tratara de una de estas plantas
salvajes cuyos frutos recogen los pueblos primitivos en el bosque.
LI
APOYÁNDONOS EN UNA MEJOR INTELIGENCIA
de lo Colectivo, creo que esta palabra debe ser
comprendida sin ninguna clase de atenuante ni de metáfora. El Universo es necesariamente magnitud ho-
mogénea en su misma naturaleza y en sus dimensiones. Ahora bien: ¿lo seguiría siendo aún si las vueltas de su
espiral perdieran en algo su grado de realidad, de su consistencia, al ascender siempre más alto? Suprafísica, y
no intrafísica: eso, y sólo eso, debe ser, si ha de permanecer coherente con el resto, la Cosa todavía innominada
que debe hacer aparezca en el Mundo la gradual combinación de los individuos, de los pueblos y de las razas.
La Realidad, la Realidad misma, constituida por la reunión viva de las partículas reflexivas, existe y debe ser
considerada como más profunda que el Acto común por el cual la expresamos, más importante que la Potencia
común de acción, de la cual emerge por una especie de autoconocimiento.
Ello equivale a decir (cosa muy verosímil) que la Trama del Universo, al hacerse pensante, no terminó aún su
ciclo evolutivo y que, por consiguiente, estamos avanzando hacia adelante, en la dirección de algún nuevo punto
crítico. La Biosfera, a pesar de sus relaciones orgánicas, cuya existencia se nos ha revelado por todas partes, no
forma aún sino un conjunto de líneas divergentes y libres por sus extremos. Bajo los efectos de la Reflexión y de
los repliegues que ésta comporta, las cadenas se cierran, y la Noosfera tiende a constituirse en un sistema
cerrado, en el cual cada elemento, por sí mismo, ve, desea y sufre las mismas cosas que todos los demás
simultáneamente.
Una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra
cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola
envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio Grano de Pensamiento a escala
sideral. La pluralidad de las reflexiones individuales agrupándose y reforzándose en el acto de una sola reflexión
unánime.
Esta es la figura general bajo la cual, por analogía y por simetría con el Pasado, nos sentimos conducidos de
manera científica para representarnos en el futuro a esta Humanidad, y fuera de la cual no se abre ninguna salida
a las exigencias terrestres de nuestra Acción.
LII
TÚ LO SABES MUY BIEN, DIOS MÍO
que el Mundo no se me presenta ya bajo los rasgos de su mul-
,
tiplicidad.
Cuando lo contemplo, advierto, sobre todo, en él un receptáculo sin límites en donde las dos energías
contrarias de la alegría y del sufrimiento se acumulan en cantidades inmensas, inutilizadas en su mayoría.
Veo que por esta masa inestable y agitada circulas corrientes psíquicas muy potentes, constituid as por almas
que encierran en sí la pasión del Arte y del Eterno Femenino, la pasión de la Ciencia y
del Universo dominado,
la pasión de la autonomía individual y de la Humanidad liberada.
A veces, estas corrientes coinciden en crisis tremendas. Hierven en su esfuerzo por equilibrarse.
¡Cuánta gloria para Ti, Dios mío, y qué afluencia de vida para tu Humanidad, si toda esa potencia espiritual
se armonizase en Ti!
¡Señor, sueño con ver brotar de tantas riquezas, inutilizadas o pervertidas, todo el dinamismo que encierran!
¡Quiero consagrarme a la tarea de colaborar en este trabajo!
En la medida de mis fuerzas,
puesto que soy sacerdote,
de ahora en adelante quiero ser el primero en adquirir
conciencia de lo que el Mundo ama, persigue, sufre; el primero en buscar, en simpatizar, en sufrir; el primero en
abrirme como una flor y en sacrificarme; más intensamente humano y más noblemente terrestre que ningún otro
servidor del Mundo.
Quiero, por una parte, sumergirme en las Cosas, y, sumiéndome en ellas, descubrir, mediante la posesión,
hasta la última partícula lo que en sí encierran de vida eterna, con el fin de que nada se pierda. Y quiero, al
mismo tiempo, mediante la práctica de los consejos, recuperar en la renuncia todo lo que de llama celestial
encierra la triple concupiscencia; santificar, en la castidad, la pobreza, la obediencia, el poder encerrado en el
amor, en el oro y en la independencia.
Aquí está la razón de por qué he revestido mis votos y mi sacerdocio (en ello radica mi fuerza y mi felicidad)
de un espíritu de aceptación y de divinización de las Potencias de la Tierra.
LIII
SEÑOR, HAZ VER A TODOS TUS FIELES
cómo en un
sentido real y pleno “sus obras le siguen” a tu
reino: “Opera sequuntur illos.” Sin esto serán como esos obreros perezosos a quienes no espolea una misión. O
bien, si el instinto humano domina en ellos las vacilaciones o los sofismas dc una religión insuficientemente
patentizada, permanecerán divididos, incómodos en el fondo de sí mismos, y se dirá que los hijos del Cielo no
pueden competir, en el campo humano, con los hijos de la Tierra en cuanto a convicción y, por tanto, a igualdad
de armas.
LIV
EL GRAN TRIUNFO del Creador y del Redentor, en nuestras perspectivas cristianas, es el haberse
transformado en factor esencial de vivificación lo que es en sí una fuerza universal de disminución y de
desaparición. Dios, para penetrar definitivamente en nosotros, debe en cierto modo ahondarnos, vaciamos,
hacerse un lugar. Para asimilamos en él debe manipulamos, refundirnos, romper las moléculas de nuestro ser. La
Muerte es la encargada de practicar hasta el fondo de nosotros mismos la abertura requerida. Nos hará
experimentar la disociación esperada. Nos pondrá en el estado orgánico que se requiere para que penetre en
nosotros el Fuego divino. Y así, su poder nefasto de descomponer y de disolver se hallará puesto al servicio de
la más sublime de las operaciones de la Vida. Lo que era por naturaleza vacío, laguna. retorno a la pluralidad,
puede convertirse, para cada existencia humana, en plenitud y en unidad con Dios.
LV
LA DIVINIZACIÓN DE NUESTRO ESFUERZO
por el valor de la intención que implica infunde un alma
preciosa a todas nuestras acciones; pero no confiere a su cuerpo la esperanza de una resurrección. Ahora bien,
esta esperanza nos es imprescindible para que sea completa nuestra alegría. Ya es mucho poder pensar que si
amamos a Dios habrá algo de nuestra actividad interior, de nuestra
operatio,
que no se perderá. Pero el propio
trabajo de nuestras mentes, de nuestros corazones y de nuestras manos —nuestros resultados, nuestras obras,
nuestra
opus—,
¿no se “eterniza”?, ¿no se salvará en cierto modo?
¡Oh, Señor, si se salvara en virtud de una pretensión que has situado precisamente en el corazón de mi
voluntad!
Quiero, necesito que así sea.
Quiero, porque me gusta irresistiblemente lo que tu permanente concurso me permite llevar a realidad cada
día. Este pensamiento, este perfeccionamiento material, esta armonía, este matiz particular de amor, esta
complejidad exquisita de una sonrisa o de una mirada, todas estas bellezas nuevas que aparecen por primera vez
en mí y en torno a mí sobre el rostro humano de la Tierra las quiero como a hijos, y no puedo pensar que, en su
carne, hayan de morir completamente. Si yo creyera que estas cosas se marchitan para siempre, ¿les habría dado
jamás mi vida? Cuanto más me analizo, más descubro esta verdad psicológica: que ningún hombre levante el
dedo meñique para ninguna obra sin que le mueva la convicción, más o menos oscura, de que está trabajando
infinitesimalmente (al menos, de modo indirecto) para la edificación de algo Definitivo, es decir, Tu misma
obra, Dios mío.
LVI
ES NECESARIO DECIRSE UNA VEZ MÁS: “En verdad, en verdad, sólo los audaces entran en el Reino de
Dios oculto, ya desde ahora, en el corazón del Mundo..
De nada sirve leer sólo con los ojos estas páginas y otras similares escritas hace dos mil años. Quien, sin
poner la mano en el arado, crea haberlas comprendido, es un iluso.
Hay que hacer la prueba.
Ante la incertidumbre práctica del mañana, es preciso haberse abandonado, en un verdadero recinto interior, a
la Providencia (considerada como algo tan real, físicamente, como los objetos de nuestra inquietud); es preciso
haberse obligado a creer,
sin la menor duda,
en medio del sufrimiento por el mal contraído, en medio de los
remordimientos por la falta cometida, en medio de la irritación por la ocasión perdida, que Dios es lo
suficientemente fuerte como para convertir
ese
mal en bien; es preciso, a pesar de ciertas apariencias en contra,
haber obrado,
sin restricciones,
como si la castidad, la humildad, la dulzura fuesen las únicas direcciones por
donde puede progresar nuestro ser; es preciso haberse obligado, en medio de la penumbra de la Muerte, a no
volver la vista hacia el Pasado, sino a buscar, en plena noche, el amor de Dios; es preciso haberse ejercitado
amplia y pacientemente en esa tarea, si se quiere hacerse una idea de la virtud operadora y de la Obra de la Fe.
Al vencedor valiente de la
lucha contra las falsas seguridades, contra las falsas potencias
contra las falsas
y
atracciones del Pasado,
le está reservado poder llegar a esa fuerte y beatificante
experiencia
de que “cuanto más
dejamos de apoyarnos en el Porvenir movible y oscuro, más penetramos en Dios”.
LVII
No ME PIDES NADA FALSO ni irrealizable, sino, sencillamente, por tu Revelación y por tu Gracia, fuerzas
a lo que hay de más humano en nosotros a que tome, al fin, conciencia de sí mismo. La Humanidad dormía—
todavía duerme—amodorrada en los goces mezquinos de sus amores chicos y cerrados. Un inmenso poder
espiritual dormita en el fondo de nuestra multitud, que no aparecerá más que cuando sepamos
forzar las vallas
de nuestros egoísmos y elevarnos mediante una refundición fundamental de nuestras perspectivas hasta la visión
habitual y práctica de las realidades universales.
Jesús, Salvador de la actividad humana, a la que confieres una razón de obrar; Salvador del dolor humano, al
que confieres un valor de vida: sé la salvación de la unidad humana, fuérzanos a que abandonemos nuestras
mezquindades y a que, apoyados en Ti, nos aventuremos por el océano desconocido de la caridad.
IV.4 – EN EL CRISTO TOTAL
LVIII
Y DESDE QUE JESÚS NACIÓ, desde que terminó de crecer, desde que murió,
todo ha seguido moviéndose,
porque Cristo no ha terminado de formarse.
No ha atraído hacia Sí los últimos pliegues de su Vestido de carne
y de amor que constituyen sus fieles.
El Cristo místico no ha alcanzado su pleno crecimiento, ni, por tanto, el
Cristo cósmico.
Uno y otro, al mismo tiempo,
son y están siendo,
y
en la prolongación de este acto de
generación está situado el resorte último de toda actividad creada. Cristo es el Término de la Evolución,
incluso
natural,
de los seres; la Evolución es santa.
LIX
“IN MANUS TUAS
commendo spiritum meum”…
En las manos que han roto y vivificado el pan, que han
bendecido y acariciado a los niños pequeños, que han sido perforadas, en esas manos que son como las nuestras,
de las que nunca se podrá decir qué es lo que van a hacer del objeto que tienen en ellas, si le van a romper o a
acariciar, pero cuyos caprichos, estamos seguros de ello, están llenos de bondad y nunca harán otra cosa que
abrazamos celosamente; en las manos dulces y poderosas que llegan hasta la médula del alma, que forman y que
crean; en esas manos por las que circula un amor tan grande, reconforta abandonar el alma, sobre todo si se
sufre o si se tiene miedo. Y en hacer esto radica una gran felicidad y un gran éxito.
LX
AHORA BIEN, LO QUE TÚ QUIERES, Jesús, es todo mi ser, el fruto con el árbol; el trabajo producido,
además de la potencia cautivada; el
opus
y la
operatio.
Para aplacar tu hambre y tu sed, para alimentar tu cuerpo
hasta su pleno desarrollo, tienes necesidad de encontrar entre nosotros una sustancia que tú puedes consumir.
Ese alimento pronto a transformarse en Ti, ese sustento de tu carne, yo te lo prepararé liberando en mí, y en
todas partes, el
Espíritu.
El Espíritu, mediante el esfuerzo (incluso natural) para saber lo verdadero, para vivir el bien, para crear lo
hermoso…
El Espíritu, mediante la separación de las potencias inferiores y malas…
El Espíritu, mediante la práctica social d e la Caridad, la única que puede reducir a la multitud a un alma
única…
Promover,
por poco que sea, el despertar del
Espíritu en el Mundo,
supone ofrecer al Verbo Encarnado
un
crecimiento de realidad y de consistencia;
es permitir que su influencia sea más densa a nuestro alrededor.
LXI
TÚ, SEÑOR, ME
ESTÁS TRABAJANDO por medio de todo lo que subsiste y resuena en mi, por medio de
lo que me dilata en mi interior, me excita, me atrae o me hiere desde el exterior; Tú modelas y espiritualizas mi
arcilla informe; Tú me cambias en Ti…
Para adueñarte de mi, Dios mío, Tú que estás más lejos que todo y más profundo que todo, Tú te apoderas y
asocias la inmensidad del Mundo y la intimidad de mí mismo.
Siento que abrigo en lo más secreto de mi ser el esfuerzo total del Universo.
Señor, yo no me dejo llevar pasivamente a esas benditas pasividades; pero me ofrezco a ellas y las favorezco
con todo mi poder.
Sé perfectamente que la potencia vivificante de la Hostia tropieza con nuestro libre albedrío. Aunque yo
cierre la puerta de mi corazón y me quede en las tinieblas, no sólo mi alma individual, sino también el Universo
entero, en cuanto este Universo actúa para sostener mi organismo y despertar mi conocimiento, en cuanto,
también, yo reactúe sobre él para aprovechar sus sensaciones, sus ideas, la moralidad de sus actos, la moralidad
de su vida. Aunque por el contrario,
quiera:
inmediatamente lo Divino inunda el Universo, a través de mi
intención más pura, en la medida en que el Universo está centrado sobre mí. Por cuanto yo me he convertido,
gracias a mi consentimiento, en parcela viviente del Cuerpo de Cristo, todo cuanto influye en mí sirve,
finalmente, para desarrollar a Cristo. Cristo me invade a mí y a
mi
Cosmos.
¡Oh, Señor!, así lo deseo.
¡Que mi aceptación sea cada vez más completa, más amplia, más intensa!
¡Que mi ser se presente cada vez más abierto, más transparente a tu influencia!
Y que de esa manera sienta tu acción cada vez más cercana, tu presencia cada vez más densa. por todas partes
a mi alrededor.
Fiat, fiat.
LXII
VISTO COMO UNA MIRADA al mismo tiempo evolucionista y espiritualista, no sólo en el Mundo se carga,
como hemos dicho, de una personalidad formidable, sino que se ilumina desde los estudios más humildes de la
creencia en Dios con un atractivo irresistible. En efecto, no es sólo un pequeño número de criaturas privilegiadas
las que se revelan entonces como susceptibles de satisfacer en cada hombre su necesidad esencial de com-
plemento y de amor. Al amparo, y como reflejo de todas estas criaturas, es la totalidad de los seres
comprometidos al mismo tiempo que Él en la obra unificadora del Cosmos. Cada elemento no puede hallar,
finalmente, su beatitud más que en su unión con el conjunto y con el Centro trascendente requerido para mover
el conjunto. Por consiguiente, si no puede, psicológicamente, rodear a cada ser del efecto distinto y pleno que
caracteriza a los amores humanos, al menos para todo cuanto existe puede alimentar esta pasión general
(confusa, pero cierta), que le hará querer al propio ser en cada objeto, sobre y allende toda cualidad experimental
el Ser, es decir, esta porción indefinible y elegida en cada cosa que poco a poco se convierte en la carne bajo la
influencia de Dios.
Semejante amor no es comparable exactamente a ninguno de los lazos que tienen un nombre en las relaciones
sociales corrientes. Su “objeto material”, como dirían los escolásticos, es de tal manera inmenso y su “objeto
formal” es de tal manera profundo, que sólo es traducible en los términos complejos de bodas y adoración. En
este amor tiende a borrarse toda distinción entre egoísmo y desinterés. Cada cual se ama y se continúa en la
consumación de todos los demás, y el menor gesto de posesión se prolonga en esfuerzo por alcanzar, en el más
lejano futuro, lo que será lo mismo en todos.
LXIII
PERO YA DESDE AHORA sabemos lo bastante (¡y esto es ya mucho!) que este tanteo sólo tendrá
resultados positivos a condición de que el trabajo entero venga realizado bajo el signo de la unidad. Así lo
quiere la naturaleza misma del proceso biológico en curso. Fuera de esta atmósfera de unión entrevista y
deseada, las exigencias más legítimas no pueden llegar sino a catástrofes—desgraciadamente, lo estamos
comprobando en estos instantes—. Inversamente, en esta atmósfera, si se creara, casi toda solución parece ser
tan buena como todas las demás, cualquier esfuerzo tendría éxito, al menos inicialmente. El problema de las
razas, seguido a partir de sus raíces más biológicas, en cuanto a su aparición, su despertar, su futuro, nos lleva de
este modo a reconocer que el solo clima en que el hombre puede seguir creciendo es el de la entrega y la
renuncia en un sentimiento de fraternidad. En verdad, a la velocidad en que su conciencia y sus ambiciones
crecen, el mundo explotará si no aprende a amar. El porvenir de la tierra pensante se halla ligado orgánicamente
al trueque de las fuerzas de odio en fuerzas de caridad.
LXIV
COMO TODAS LAS APARIENCIAS del Mundo inferior siguen siendo las mismas (los determinismos ma-
teriales, las vicisitudes del azar, la ley del trabajo, la agitación de los hombres, el paso de la muerte…), quien
ose
creer penetra en una esfera de lo creado en que las Cosas, aun conservando su contextura habitual, parecen
hechas de otra Sustancia. Todo sigue invariable en los fenómenos, y todo se hace, sin embargo, luminoso, ani-
mado, amante…
Mediante la operación de la Fe, es Cristo quien aparece, naciente, sin violentar nada, en el corazón del
Mundo.
LXV
A MEDIDA QUE VAN PASANDO LOS AÑOS, Señor, más creo reconocer que, en mí y en mi alrededor, la
grande y secreta preocupación del Hombre moderno radica mucho más en disputarse la posesión del Mundo que
en encontrar el medio de evadirse de él. ¡La angustia de encontrarse cerrado en la Ampolla cósmica, no tanto
espacial como ontológicamente! ¡La búsqueda ansiosa de una salida, o, más exactamente, de un foco, a la
Evolución! He aquí el castigo que pesa oscuramente sobre el alma tanto de los Cristianos como de los Gentiles
en el mundo de hoy, en pago de una Reflexión planetaria que va creciendo.
Por delante y por encima de sí, la Humanidad,, emergida a la conciencia del movimiento que la arrastra, tiene
cada vez mayor necesidad de un Sentido y de una Solución, a las que, al fin, le sea posible entregarse
plenamente.
Pues bien, ese Dios, no sólo del viejo Cosmos, sino de la nueva Cosmogénesis (en la medida misma en que el
efecto de un trabajo místico dos voces milenario consiste en hacer que aparezca en Ti, tras el Niño de Belén y el
Crucificado, el Principio motor y el Núcleo colector del Mundo mismo), ese Dios tan esperado por nuestra ge-
neración, ¿no eres precisamente Tú quien le representa y quien nos lo trae, Jesús?
LXVI
ABANDONEMOS LA SUPERFICIE. Y sin dejar el Mundo, hundámonos en Dios. Allí, y desde allí, en El y
por El todo lo tendremos y mandaremos en todo. De todas las flores y las luces que hayamos de abandonar para
ser fieles a la vida, allí un día hallaremos su esencia y su fulgor. Los seres que desesperamos poder alcanzar y,
aún más, influenciar, allí están reunidos por el vértice más vulnerable, el más receptivo, el más enriquecedor de
su sustancia. En este lugar se recoge el menor de nuestros deseos y de nuestros esfuerzos, y se conserva, y se
puede hacer vibrar instantáneamente a todas las médulas del Universo.
Establezcámonos en el Medio Divino. Nos encontraremos en lo más Intimo de las almas y en lo más
consistente de la Materia. Descubriremos, con la confluencia de todas las bellezas, el punto ultravivo, el punto
ultrasensible, el punto ultra-activo del Universo. Y, al mismo tiempo, sentiremos que se ordena, sin esfuerzo, en
el fondo de nosotros mismos, la
plenitud
de nuestras fuerzas de acción y de adoración.
Porque no lo es todo el hecho de que en este lugar privilegiado se agrupen y armonicen todos los resortes
exteriores del mundo. Por una maravilla complementaria, el Hombre que se entrega al Medio Divino se siente
por él orientado y dilatado en sus fuerzas interiores con una seguridad que le hace evitar, como si fuera un
juego, los escollos demasiado abundantes en donde tantas veces han tropezado los intentos místicos.
LXVII
DE NUEVO, SEÑOR, ¿cuál es la más preciosa de estas dos beatitudes: que todas las cosas sean para mí un
contacto contigo o que seas tan “universal” que pueda sentirte y aprehenderte en toda criatura?
A veces, imaginamos que resultas, Señor, más atractivo a los ojos si se exaltan de un modo casi exclusivo los
encantos, las bondades de tu figura humana de antaño. En verdad, Señor, si tan sólo quisiera amar a un hombre,
¿no me volvería, acaso, hacia esos que me has dado en la seducción de su florecer actual? Madre, hermanos,
amigos, hermanas, ¿no los tenemos irresistiblemente amables en tomo a nosotros? ¿ Por qué ir a solicitar-los en
la Judea de hace dos mil años?… No; por lo que clamo, como todos los demás seres, con el grito de toda mi
vida, y aun con toda mi pasión terrena, es por algo muy distinto a un semejante a quien amar: es por un Dios a
quien adorar.
LXVIII
JESÚS, DUEÑO tremendamente bello y celoso, cerrando los ojos sobre lo que mi debilidad humana todavía
no puede comprender ni, por tanto, soportar, es decir, la realidad de los condenados, quiero hacer que pase a mi
visión habitual y práctica del Mundo la gravedad siempre amenazadora de la condenación, no para temeros,
Jesús, sino para ser más apasionadamente vuestro.
Yo os he gritado ahora mismo: no seáis para mí, Jesús, tan sólo un hermano, ¡sed también un Dios! Ahora,
revestido de la potencia formidable de selección que os sitúa en la cima del Mundo como principio de atracción
universal y de universal repulsión, me aparecéis, en verdad, como la Fuerza inmensa y viviente que buscaba por
todas partes para poder adorarla: los fuegos del infierno y los fuegos del cielo no son dos fuerzas diferentes, sino
manifestaciones contrarias de una misma energía.
Que no me alcancen las llamas del infierno, Señor, ni tampoco alcancen a los que yo quiero…, que no
alcancen a nadie, Dios mío (¡ya sé que me perdonaréis esta plegaria insensata!). Mas que, para cada uno de
nosotros, sus sombríos reflejos vengan a sumarse con todos los abismos que descubren a la ardiente plenitud del
Medio Divino.
LXIX
JERUSALÉN, ALZA LA CABEZA. Contempla la inmensa muchedumbre de los que construyen y de los que
buscan. En los laboratorios, en los desiertos, en las fábricas, en el enorme foso social, ¿no ves a todos estos
hombres que padecen? ¡Pues bien, todo cuanto por ellos fermenta —arte, ciencia, pensamiento— todo es para ti!
Abre ya los brazos, abre el corazón y recibe, como a tu Señor, Jesús, la marea, la inundación de la savia humana.
Recibe esta savia, porque, sin su bautismo, te agostarías sin deseos, como una flor sin agua, y sálvala. porque sin
tu sol se dispersaría locamente en ramas estériles.
¿Dónde están, pues, ahora la tentación excesiva del Mundo, la seducción de un Mundo demasiado hermoso?
Ya no existen.
Bien puede la Tierra asirme ya con sus brazos gigantes. Puede hincharme con su vida o volverme a coger en
su polvo. Puede ante mis ojos ornarse de todos sus encantos, de todos sus horrores, de todos sus misterios.
Puede embriagarme por su perfume de tangibilidad y de unidad. Puede hacerme arrodillar en la espera de lo que
madura en su seno.
Ya no me perturban los encantos de la Tierra desde que, para mí, se ha hecho
allende ella misma
Cuerpo de
Aquel que es y de Aquel que viene.
LXX
CUANDO SE LEE EL EVANGELIO sin una idea preconcebida, se advierte, sin lugar a dudas, que Jesús
vino a traer verdades nuevas sobre nuestro Destino, no sólo una vida nueva, superior a aquella de que nosotros
tenemos conciencia, sino también y realmente un poder físico nuevo para poder actuar sobre nuestro Mundo
temporal.
Por no comprender la naturaleza exacta de ese poder nuevamente concedido a nuestra confianza en Dios, por
indecisión ante lo que nos parece inverosímil o por temor de caer en el iluminismo, muchos cristianos
desestiman este aspecto terrestre de las promesas del Maestro, o, por lo menos, no se abandonan a él con la
plenitud de osadía que el Maestro no se ha cansado nunca de pedimos si nos detuviéramos a escucharle.
Sin embargo, no convendría que nuestra timidez o nuestra modestia nos convirtiesen en unos malos operarios.
Si realmente podemos influir con nuestra Fe en Jesús en el desarrollo del Mundo, somos imperdonables si
dejamos dormir en nosotros ese poder.
LXXI
“INCAPAZ DE MEZCLARSE y de confundirse en nada con el ser participado que sostiene, anima y religa,
Dios se halla en el nacimiento, en el crecimiento, al término de todas las cosas (…)”
“El único asunto del mundo es la incorporación física de los fieles a Cristo, que es de Dios. Ahora bien, esta
obra capital se prosigue con el
rigor y la armonía de una evolución natural.”
“En el origen de sus desarrollos, era necesario una operación de orden trascendente que injertara, siguiendo
unas condiciones misteriosas, pero físicamente reguladas, la Persona de un Dios en el Cosmos humano (…).”
“Et Verbum caro factum est.” Fue la Encarnación. De este primer y fundamental contacto de Dios con nuestra
raza, en virtud incluso de la penetración de lo divino en nuestra naturaleza, ha nacido una vida nueva,
engrandecimiento inesperado y prolongación “obedencial” de nuestras capacidades naturales: la Gracia. Ahora
bien, la gracia es la savia única que sube a las ramas a partir del mismo tronco, la Sangre que corre por las venas
bajo la impulsión de un mismo Corazón, el influjo nervioso que atraviesa los miembros con anuencia de una
misma Cabeza, y la Cabeza radiante, y el Corazón fuerte, y la Rama fecunda, inevitablemente es Cristo (…).”
“La Encamación es una renovación, una restauración de todas las Fuerzas y las Potencias del Universo; Cristo
es el instrumento, el Centro, el Fin de toda la Creación animada y material; por El todo está creado, santificado,
vivificado.” He aquí la enseñanza constante y
corriente
de San Juan y de San Pablo (el más “cósmico” de los
escritores sagrados), enseñanza que ha pasado a las frases más solemnes de la Liturgia…, pero que repetimos y
que repetirán hasta el fin de las generaciones, sin poder dominar ni mensurar su significado profundo y
misterioso, porque se halla ligado a la comprensión del Universo.
LXXII
SÓLO EL AMOR, por la sencilla razón de ser el único que debe tomar y reunir a todos los seres por el fondo
de sí mismos, es capaz—y este es un hecho de la cotidiana experiencia—de dar plenitud a los seres, como tales,
al unirlos. Y, en efecto, ¿en qué momento llegan a adquirir dos amantes la más completa posesión de sí mismos,
sino aquel en que se proclaman perdidos el uno en el otro? Y, en verdad, este gesto mágico, este gesto,
considerado como contradictorio, de “personalizar” totalizando, ¿no lo realiza el amor en cada momento y a
nuestro alrededor, en la pareja y en el equipo? Y lo que ahora realiza de una manera tan cotidiana a una escala
reducida, ¿por qué no podrá repetirlo un día a la de las dimensiones de la Tierra misma?
La Humanidad, el Espíritu de la Tierra, la Síntesis de los individuos y de los pueblos, la paradójica
Conciliación del Elemento y el Todo, de la Unidad y de la Multitud: para que todas estas cosas, consideradas
utópicas y, no obstante, biológicamente tan necesarias, lleguen a adquirir cuerpo en este Mundo, ¿no sería
suficiente que imagináramos que nuestro poder de amar se desarrolla hasta abrazar a la totalidad de los hombres
y de la Tierra?
LXXIII
Tú ERES,
JESÚS, el resumen y la cima de toda perfección humana y cósmica. No hay una brizna de
hermosura, ni un encanto de bondad, ni un elemento de fuerza que no encuentre en Ti su expresión más pura y
su coronación… Cuando te poseo, tengo realmente concentrado en un solo objeto la suma ideal de todo lo que el
Universo puede dar y deja entrever. El sabor único de tu Ser admirable ha extraído y sintetizado tan bien los
gustos más exquisitos que la Tierra contiene y sugiere, que ahora podemos, siguiendo tus deseos, encontrarlos
uno tras otro, indefinidamente, en Ti, ¡oh, Pan que encierras toda delectación!
Plenitud Tú mismo del ser creado
(plenitudo entis creati);
eres también, Jesús, la plenitud de mi ser personal
(plenitudo entis mei)
y la de todos los seres vivientes que aceptan tu dominación. En ti, y sólo en Ti, como en un
abismo sin límites, pueden lanzarse y sosegarse nuestras potencias, dar su plena medida, sin tropezar con
ninguna limitación; sumergirse en el amor y en el abandono, con la certidumbre de no encontrar en tus
profundidades el escollo de ningún defecto, el fondo de ninguna pequeñez, la corriente de ninguna perversión.
Por Ti, y sólo por Ti, Objeto total y apropiado de nuestros afectos, Energía creadora que sondeas el secreto de
nuestros corazones y el misterio de nuestros acrecentamientos, es despertada, sensibilizada, ensanchada nuestra
alma hasta el limite extremo de sus latencias.
Gracias a tu influencia, y sólo a tu influencia, la envoltura de aislamiento orgánico y dc egoísmo voluntario
qué separa las mónadas se funde y estalla, y la muchedumbre de las almas se precipita hacia la unión necesaria a
la madurez del Mundo.
De esa forma, al sumarse una tercera plenitud a las dos primeras, Tú eres, Jesús, en un sentido completamente
verdadero, el conjunto de todos los seres, que se cobijan y se encuentran de nuevo, unidos ya para siempre, en
las redes místicas de tu organismo
(plenitudo entium).
En tu seno, Dios mío, mejor que en ningún otro recinto,
poseo yo a todos cuantos amo, iluminados por tu bondad e iluminándote a Ti a su vez con unos rayos <tan
activos sobre nuestros corazones) que han recibido de Ti y que te devuelven. Esa multitud descorazonadora de
los seres sobre los que yo querría actuar para ilustrarles y conducirles, está ahí, agrupada en Ti, Señor. Por
mediación de Ti yo puedo llegar hasta la intimidad de cada ser—y trasladar a él lo que deseo.—, si yo sé
pedírtelo y si Tú lo permites.
LXXIV
EL PRINCIPIO DE UNIDAD que salva a la Creación culpable en vías de convertirse en polvo es Cristo.
Mediante la fuerza de su atractivo, mediante la luz de su moral, mediante el fundamento de su mismo ser, Jesús
viene a restablecer, en el seno del Mundo, la armonía de los esfuerzos y la convergencia de los seres. Leamos
con osadía el Evangelio, y encontraremos que ninguna idea traduce mejor para nuestras mentes la
función
redentora del Verbo
que la de unificación de toda carne en un mismo Espíritu…
Jesús… ha revestido su Persona con los encantos más palpables y más íntimos de la individualidad humana.
Ha adornado esa humanidad con los esplendores más fascinantes y más dominadores del Universo. Y se ha
situado entre nosotros como la síntesis inesperada de toda perfección, de tal forma que todos deben
forzosamente verle y sentir su Presencia para odiarle o para amarle…
LXXV
DIOS MÍO, CUANDO me acerque al altar para comulgar, haz que discierna desde ahora las infinitas
perspectivas ocultas bajo la pequeñez y la proximidad de la Hostia, en donde te disimulas. Ya me he
acostumbrado a reconocer bajo la inercia de este pedazo de pan una potencia devoradora que, siguiendo la
expresión de tus grandes Doctores, me asimila, lejos de dejarse asimilar por mí. Ayúdame a superar el resto de
falsa ilusión que tendería a hacerme creer que tu contacto es circunscrito y momentáneo.
Empiezo a comprenderlo: bajo las especies sacramentales, primeramente a través de los “accidentes” de la
Materia, pero también, de rechazo, en favor del Universo entero, me tocas, Señor, en la medida en que este
Universo refluye e influye sobre mí bajo tu influencia primera. En un sentido verdadero, los brazos y el Corazón
que me abres son nada menos que todas las fuerzas del Mundo juntas, las cuales, penetradas hasta el fondo de
ellas mismas por tu voluntad, tus gustos, tu temperamento, se repliegan sobre mi ser para formarlo, alimentarlo,
arrastrarlo hasta los ardores centrales de tu Fuego. En la Hostia, Jesús, lo que me ofreces es
mi propia vida.
LXXVI
NO. NO DEBEMOS VACILAR nosotros, los discípulos de Cristo, en captar esta fuerza que nos necesita y
que nos es necesaria. Por el contrario, si no queremos que se pierda y mustiamos nosotros mismos, debemos
participar de las aspiraciones, de esa esencia auténticamente religiosa, que hacen sentir a los hombres de hoy tan
fuertemente la inmensidad del Mundo, la magnitud del espíritu, el valor sagrado de toda nueva verdad. Bajo esta
directriz, nuestra generación cristiana sabrá de nuevo esperar.
A través de estas líneas nos hemos ido familiarizando poco a poco con estos puntos de vista: el progreso del
Universo, y especialmente del Universo humano, no está en competencia con Dios, ni es tampoco el desperdicio
vano de las energías que le debemos. Cuanto mayor sea el Hombre, cuanto más unida se halle la Humanidad,
consciente y dueña de su fuerza, la Creación será tanto más bella, la adoración más perfecta, y para las
extensiones místicas Cristo hallará mejor Cuerpo digno de Resurrección. En el Mundo no puede haber dos
cimas, como en un círculo no caben dos centros. El Astro que el Mundo espera, sin saber todavía pronunciar su
nombre, sin apreciar exactamente su auténtica trascendencia, sin poder siquiera distinguir los más espirituales,
los más divinos de sus rayos, es por fuerza el mismo Cristo que esperamos nosotros. Para desear la Parusía basta
con que dejemos que lata en nosotros, Cristianizándolo, el propio Corazón de la Tierra.
LXXVII
CON LA MUERTE no penetramos en la gran corriente de las cosas, según la beatitud panteísta, pero, sin
embargo, somos recobrados, invadidos, dominados por la potencia divina encerrada en las fuerzas de
desorganización íntima—presente, sobre todo, en la aspiración irresistible que conducirá a nuestra alma
separada por el camino ulterior de su destino—tan necesariamente como el sol hace subir el vapor que se
desprende al agua iluminada por él. La muerte nos entrega totalmente a Dios, nos traspasa a Él. En correspon-
dencia, hemos de entregarnos a ella con un gran amor y abandono, ya que no nos queda otra cosa que hacer,
cuando se presenta, que dejarnos dominar y conducir enteramente por Dios.
LXXVIII
SEÑOR, ya que nunca he dejado de buscarte y de colocarte en el corazón de la Materia universal con todo mi
instinto y en todas las circunstancias de mi vida, tendré la satisfacción de cerrar mis ojos en el deslumbramiento
de una Transparencia universal y de un Abrazo universal…
Como si el haber acercado y puesto en contacto los dos polos: tangible e intangible, externo e interno, del
Mundo que nos soporta lo hubiese inflamado todo, lo hubiese desencadenado todo…
Jesús, has penetrado en mi alma de niño bajo la forma de un “Pequeñín” entre los brazos de su Madre,
conforme a la gran Ley de Nacimiento. Y he aquí que, reproduciendo y ampliando en mí el círculo de tu
crecimiento a través de la Iglesia; he aquí que tu humanidad palestiniana se ha ido extendiendo poco a poco por
todas partes, como
un
arco iris innumerable en el que tu Presencia, sin destruir nada, penetraba,
superanimándola, cualquier otra presencia a mi alrededor…
¡Y todo eso porque, en un Universo que se me descubría en estado de convergencia, Tú has ocupado, por
derecho de Resurrección, el punto clave del Centro total en el que todo se concentra!
LXXIX
¡SON INNUMERABLES, Dios Mío, los matices de tu llamada! ¡Y las vocaciones esencialmente diversas!
Cada una de las regiones, de las naciones, de las categorías sociales tiene sus Apóstoles.
Yo quisiera ser, Señor, con mi modesta aportación, el apóstol, y (si así puedo decirlo) el evangelista
de tu
Cristo en el Universo…
Me has concedido, Dios mío, el don de sentir, bajo esa incoherencia aparente, la unidad viva y profunda que
tu Gracia ha desparramado misericordiosamente sobre nuestra desesperante pluralidad

Universalidad de tu Atracción divina y valor intrínseco de tu operar humano, ardo en deseos, Dios mío, de
propagar esa doble revelación que Tú me haces y de realizarla…
Si me juzgas digno, Señor, descubriré a quienes la vida resulta banal y carente de interés los horizontes
ilimitados del esfuerzo humilde e ignorado que puede, si la intención es pura, añadir a la proyección del Verbo
encarnado un elemento nuevo, elemento sentido por Cristo y asociado a su inmortalidad.
Me has descubierto la vocación esencial del Mundo a terminarse, por medio de una parte elegida de todo su
ser, en la plenitud de tu Verbo encarnado.
Para adueñarte de mí, Dios mío, Tú, que estás más lejos que todo y eres más profundo que todo, te apoderas y
combinas la inmensidad del Mundo y la intimidad de mí mismo.
Comprendo que toda perfección, incluso natural, es la base necesaria del organismo místico y definitivo que
Tú edificas por medio de todas las cosas. Tú, Señor, no destruyes los seres a quienes adoptas, sino que los
transformas, conservando todo lo que siglos enteros de creación han elaborado de bueno en ellos.
El Mundo entero está concentrado y pendiente de la espera de la unión divina. Y, sin embargo, el Mundo
choca contra una barrera infranqueable. Nada llega hasta Cristo si El no lo toma y lo pone en Sí.
Todas las mónadas inmortales convergen hacia Cristo.
No hay ni un átomo, por insignificante y vicioso que sea, que no deba cooperar, al menos mediante su repulsa
o su reflejo, al perfeccionamiento de Jesucristo.
Sólo el pecado queda excluido del Pleroma. Pero, puesto que el condenado no es reducido a la nada, ¿quién
podrá decir el misterioso complemento que procura al Cuerpo de Cristo el inmortal desecho?…
A fuerza de disminuir
Christo Jesu,
quienes se mortifican, sufren, envejecen con paciencia, franquean el
in
límite crítico en que la muerte se transforma en vida. A fuerza de olvidarse, vuelven a encontrarse, para no
perderse ya más…
El Universo adquiere la forma de Jesús; pero, ¡oh, misterio, Quien se descubre es Jesús crucificado!
Cristo se ama como una Persona, y se impone como un Mundo.
LXXX
CUANDO ME FUE DADO VER
hacia dónde tendía el deslumbrador reguero de las hermosuras individuales
y de las armonías parciales, descubrí que todo eso volvía a centrarse en un solo Punto, en una Persona, ¡la
tuya…, Jesús!… Toda Presencia me hace sentir que Tú estás cerca de mí; todo contacto es el de tu mano; toda
necesidad me transmite una pulsación de tu Voluntad…
Tú, Señor, por quien brilla siempre en mi el Espíritu, para que no sucumba a la tentación que acecha en cada
osadía, para que no olvide que
sólo Tú
debes ser buscado a través de todo, Tú me enviarás, en los momentos que
Tú sabes, la privación, las decepciones, el dolor…
Más que una simple unión, es una
transformación
lo que quiere operarse, en el curso de la cual todo lo que la
actividad humana puede hacer es disponerse y aceptar humildemente…
Tal vez, al ver al místico inmóvil, crucificado u orante, más de uno pensará que su actividad está adormecida
o que ha abandonado la Tierra… Es un
error. No hay nada en el mundo que viva y actúe con más intensidad que
la Pureza y la Oración, suspendidas como una luz impasible entre el Universo y Dios. La onda creadora se
despliega, cargada de virtud natural y de gracia, a través de su serena transparencia. ¿Qué otra cosa es la Virgen
María?
LXXXI
EL AMOR CRISTIANO, LA CARIDAD CRISTIANA…
Sé muy bien, por experiencia, que esta expresión despierta, la mayoría de las veces, cuando se la pronuncia
delante de no cristianos, una amable o maligna incredulidad. “Amar a Dios y al Mundo —oímos objetar— ¿no
es un acto psicológicamente absurdo? ¿Cómo amar, en efecto, lo Intangible y lo Universal? Y, además, en la
medida en que, más o menos metafóricamente, puede considerarse posible un amor de todo y del Todo, ¿este
gesto interior no es familiar a los Bhaktas hindúes, a los Babaístas persas y a muchos otros también, lejos de ser
específicamente cristiano?…”
Y, sin embargo, ¿no están ahí, al alcance de nuestra vista, los hechos para probar materialmente —
brutalmente casi— lo contrario?
Por una parte, dígase lo que se diga, es perfectamente posible un amor (un
verdadero
amor) de Dios. Porque
si no lo fuese, se vaciarían de la noche a la mañana todos los monasterios y todas las iglesias de la Tierra, y el
Cristianismo, a pesar de su marco de ritos, de preceptos y de jerarquía, quedaría reducido a cero
inevitablemente.
Y este amor, por otra parte, posee ciertamente algo más fuerte en el Cristianismo que en cualquier otra parte.
Porque, de lo contrario, a pesar de todas las virtudes y de todos los atractivos de la dulzura evangélica, hace ya
mucho tiempo que la doctrina de las Bienaventuranzas y de la Cruz habría cedido su puesto a cualquier otro
Credo (y más especialmente a cualquier otro humanismo o terrenismo) más conquistador.
Cualesquiera que sean los méritos de las demás religiones y cualquiera que sea la explicación que se dé, es
en el
innegable que el más abrasador hogar colectivo de amor jamás conocido en el Mundo arde
hic et
nunc
corazón de la Iglesia de Dios.
REFERENCIAS DE LOS PENSAMIENTOS
PRESENCIA DE DIOS EN EL MUNDO
I:
La Vie cosmique,
23 de marzo de 1916 (inédito). —II:
Mon Univers,
25 de marzo de 1924 (inédito). —III:
La Aparición
del Hombre. —IV: Le Milieu Mystique,
1917 (inédito). —V:
Le Milieu Mys tique,
1917 (inédito). —VI:
La Visión del Pa-
sado. —VII:
La Visión del Pasado. —VIII: El Fenómeno Hu
mano. —IX:
El Medio Divino. —X: El Medio Divino. —XI: Le
Milieu Mystique,
1917 (inédito). —XII:
El Porvenir del Hombre. —XIII: El Fenómeno Humano. —XIV: El Medio Divino. —
XV: El Medio Divino. —XVI: El Porvenir del Hombre. —XVII: El Medio
Divino. —XVIII:
Le Milieu Mvstique,
1917
(inédito). —XIX:
El Medio Divino.
LA HUMANIDAD EN MARCHA
XX: “La Signification et la Valeur constructrices de la Souffrance”,
L’Union Catholique des Malades,
1933. —XXI: “La
Signification et la Valeur constructrices de la Souffrance”,
L’Union Catholique des Malades,
1933. —XXII:
Le Milieu
Mystique,
1917 (inédito). —XXIII:
La Foi qui Opere,
1918 (inédito). —XXIV:
El Porvenir del Hombre. —XXV: Le Milieu
Mystique,
1917 (inédito).—XXVI:
Notes de retraites,
1944-1955 (inédito). —XXVII:
La Visión del Pasado. —
XXVIII:
El Fenómeno Humano. —XXIX: El Fenómeno Humano. —XXX: El Medio Divino
. —XXXI:
El Porvenir del
Hombre. —XXXII: La Visión del Pasado
. —XXXIII:
La Visión del Pasado. —XXXIV: El Fenómeno Humano. —
XXXV:
El
Porvenir del Hombre. —XXXVI: Le Milieu Mystique,
1917 (inédito). —XXXVII:
El Medio Divino. —
XXXVIII:
El Medio
Divino. —XXXIX: El Medio Divino.
SENTIDO DEL ESFUERZO HUMANO
XL: Carta a M. T.-C., del 13 de noviembre de 1916. —XLI:
Le Pretre,
1918 (inédito). —XLII: “La Signification et la
Valeur constructrices de la Souffrance”,
L’Union Cathotique des Malades,
1933. —XLIII:
Le Milieu Mystique,
1917
(inédito). —XLIV:
La Aparición del Hombre.

XLV: Le Milieu Mystique,
1917 (inédito). —XLVI:
La Lutte contre la
Multitude,
1917 (inédito). —XLVII:
El Fenómeno Humano.
— XLVIII:
Le Prétre,
1918 (inédito). —XLIX:
La Lutte contre
la Multitude,
1917 (inédito). —L:
El Fenómeno Humano. —
LI:
El Fenómeno Humano…
—L11
: Le Prétre,
1918 (inédito).
—LIII:
El Medio Divino. —
LIV:
El Medio Divino.
—LV:
El Medio Divino.
—LVI:
La Foi qui Opere,
1918 (inédito). —
LVII:
El Medio Divino.
EN EL CRISTO TOTAL
LVIII:
La Vie Cosmique,
24 de marzo de 1916 (inédito). —LIX: Carta a M. T.-C., 23 de noviembre dc 1916 (inédito). —LX:
Le Prétre,
1918 (inédito). —LXI:
Le Prétre,
1918 (inédito). —LXII:
La Visión del Pasado
. —LXIII:
La Visión del Pasado.
—LXIV:
La Foi qui Opére,
1918 (inédito). —LXV:
Le Coeur de la Matiere,
1950 (inédito). —LXVI:
El Medio Divino.

LXVII:
El Medio Divino
. —LXVIII:
El Medio Divino
. —LXIX:
El Medio Divino.
—LXX:
La Foi qui Opére,
1918
(inédito). —LXXI:
La Vie Cosmique,
24 de marzo de 1916, y
El Porvenir del Hombre.
—LXXII:
El Fenómeno Humano.

LXXIII:
Le Prétre,
1918 (inédjto). —LXXIV:
La Lutte contre la Multitude,
1917 (inédito). —LXXV:
El Medio Divino.

LXXVI:
El Medio Divino
. —LXXVII: Carta a M. T.-C., 13 de noviembre de 1916. —LXXVIII:
Le Coeur de la Matiere,
1950 (inédito). —LXXIX:
Le Prétre.
1918 (inédito):
passim. —
LXXX:
Le Milieu Mystique,
1917 (inédito):
passim

LXXXI:
Le Christique,
1955 (inédito).
NOTAS
El Padre Teilhard de Chardlin no pudo escribir
La Misa sobre el Mundo
en la Semana Santa de 1923, como relataron unos
amigos de Pekín, ya que no llegó a los Ordos hasta agosto del mismo año. Tuvo que haber una confusión entre dos fechas de
la gloria de Cristo. En varias ocasiones, el Padre ha expresado su atracción espiritual por la fiesta de la Transfiguración. (N.
de los Editores.)
Tal como advierte la
Introducción,
el autor no confunde la Transustanciación propiamente dicha con la presencia
universal del Verbo. Como puntualiza en
Le Prétre:
“La Transustanciación se aureola de una divinización real, si bien
atenuada, de todo el Universo.” Mediante el elemento cósmico en que, por la Encarnación, El se ha introducido y en el que
reside eucarísticamente, “el Verbo actúa para subyugar y asimilar todo lo demás”. (N. de los E.)
El P. Teilhard escribe unas veces “Historias” y otras “Cuentos”, a la manera de Benson. R. H. BENSON, autor inglés,
había publicado un cuento místico que había Impresionado al padre. Cf.
El Medio divino,
3.’ edición española, p. 143. (N. de
los E.)
¡En estos cuentos, demasiado íntimos, el autor ha experimentado la necesidad de permanecer oculto; pero “el Amigo” es,
evidentemente, él mismo. (Nota del Editor francés.)
“Panteísmo” muy real (en el sentido etimológico de la palabra
,
es decir, según la expresión de san Pablo:
Dios todo en
todos,
pero panteísmo absolutamente legítimo, puesto que si, en fin de cuentas, los cristianos no constituyen efectivamente
más que “uno con Dios”, este estado se obtiene no por identificación (Dios convirtiéndose en todo), sino por acción
diferenciante y comunicante del amor (Dios todo
en todos),
lo que es esencialmente ortodoxo. (Nota posterior del Autor.)
En una Creación de forma evolutiva ha sido precisa la Materia para que haya podido aparecer el espíritu sobre la tierra—
”Materia, matriz del espíritu”, precisará el P. Teilhard de Chardin.—,
Matriz
que es, pues, soporte y no principio. (N. de los
E.)
Que nadie se lleve a engaño! Quien, no de una manera marginal, sino como consumación de la mística tradicional,
había podido entablar, sin imprudencia, ese tremendo combate contra la Materia, se había preparado a él mediante la ascesis
más rigurosa: ascesis de una infancia y de una juventud indefectiblemente fieles al ideal cristiano; ascesis, más adelante, de
una correspondencia atenta y constante a las exigencias de una vocación que debía arrastrarle, sin tregua, por las vías as-
cendentes de la perfección, hasta esa soledad de la cual escribía: “.. sería desde entonces un extranjero hablaría en adelante,
sin poderlo evitar, una lengua incomprensible, él sobre quien el Señor había decidido hacerle tomar el camino del Fuego.]’
“Me parece puedo considerar—escribe el padre—como origen de esa inundación y de ese envolvimiento la importancia
creciente que rápidamente fue adquiriendo en ¡ni vida espiritual por el sentido de la Voluntad de Dios,”
<Le Coeur de la
Matiére.
Inédito.)
Ha sido necesario este largo
y
heroico caminar a través de la Noche mística, acompañado de un desarrollo excepcional de
la Fe, de la Esperanza ~ dc la Caridad teologales, para que la Materia haya resultado “diáfana” a la mirada del P. Teilhard y
le haya revelado, en sí, con la santificación última dimanante de la Encarnación y de la Eucaristía, la presencia irradiante de
Cristo.
Para comprender exactamente
El Himno a la
Materia hay que situarlo, pues, al final de las vías purificativas, frente a la
cumbre desde donde irradia la Jerusalén Celestial.
De ahí se sigue que el cristiano todavía no experimentado cometería un error peligroso si creyera poder seguir al P.
Teilhard sin adentrarse previamente, lo mismo que él, por los caminos de la ascesis tradicional. (Nota de los E.)
Prólogo de Teilhard a su obra "El Fenómeno Humano"
Estas páginas representan un esfuerzo para
ver
, y
hacer ver
en qué se convierte el hombre y qué exige
el Hombre, si se le sitúa, completamente y hasta el límite, en el marco de las apariencias. ¿Por qué
intentar ver? ¿Y por qué dirigir especialmente nuestra mirada hacia el objeto humano?
Ver
. Podría decirse que toda la Vida está aquí – si no finalmente, al menos esencialmente-. Ser más es
unirse más: tales serán el resumen e incluso la conclusión de esta obra. Pero, así lo constataremos aún,
la unidad no crece más que sostenida por un acrecentamiento de conciencia, es decir, de visión. He aquí
por qué, sin duda, la Historia del mundo viviente se reduce a la elaboración de ojos cada vez más
perfectos en el seno de un Cosmos en el que es posible ir descirniendo cada vez más. La perfección de
un animal, la supremacía del ser pensante, ¿No se miden según la penetración y el poder sintético de su
mirada? Intentar ver más y mejor no es una fantasía, una curiosidad, un lujo. Ver o perecer.
Tal es la situación, impuesta por el don misterioso de la existencia, a todo lo que es elemento del
Universo. Y tal es, por consiguiente, en un grado superior, la condición humana.
Pero, si es verdaderamente tan vital y beatificante conocer, ¿Por qué aún otra vez dirigir con preferencia
nuestra atención hacia el hombre? ¿No resulta el hombre suficientemente descrito -y aburrido-? ¿No es,
acaso, justamente uno de los atractivos de la ciencia el de apartar y hacer descansar nuestros ojos
sobre un objeto que al fin no seamos nosotros mismos?
Con un doble título, que le hace dos veces centro del Mundo, el hombre se impone a nuestro esfuerzo
por ver, como la clave del Universo.
Subjetivamente, en primer lugar, somos inevitablemente
centro de perspectiva
con relación a nosotros
mismos.Habrá sido una ingenuidad, probablemente necesaria, de la ciencia naciente, imaginarse que
podía observar los fenómenos en sí, tal y como se desarrollaban aparte de nosotros. Instintivamente,
físicos y naturalistas han operado, desde luego, como si su mirada se hundiese en un mundo que su
conciencia podía penetrar sin sufrirlo ni modificarlo. Ahora empiezan a darse cuenta de que sus
observaciones más objetivas están completamente impregnadas de convenciones elegidas en el origen,
y también de formas o hábitos de pensamiento desarrollados durante el despliegue histórico de la
investigación. Una vez llegados al fin de su análisis, no saben ya si la estructura que están alcanzando
es la esencia de la materia que estudian o el reflejo de su propio pensamiento. Y simultáneamente se
dan cuenta de que, por un choque de retroceso de sus descubrimientos, se encuentran ellos mismos
comprometidos, cuerpo y alma, en la red de relacoines que creían lanzar desde fuera sobre las cosas:
cogidos en sus propias redes. Metamorfismo y endomorfismo, diría un geólogo. Objeto y sujeto se
emparejan y se transforman mutuamente en el acto del conocimiento. De grado o por fuerza, desde
entonces, el hombre se encuentra y se mira a sí mismo en todo lo que ve.
He aquí, desde luego, una servidumbre, pero que compensa inmediatamente una cierta y única
grandeza.
Es simplemente trivial e incluso penoso, para un observador, transportar consigo, vaya donde vaya, el
centro del paisaje que atraviesa. Pero, ¿Qué le ocurre a uno que se pasea si el azar de su camino le lleva
a un punto naturalmente ventajoso (crucer de rutas o valles), a partir del cual no solamente la mirada,
sinó las mismas cosas irradian? Entonces, al encontrarse coincidente el punto de vista subjetivo, con una
distribución objetiva de las cosas, se establece la percepción en su plenitud. El paisaje se descifra e
ilumina. Uno ve.
Tal parece ser, desde luego, el privilegio del conocimiento humano.
No es necesario ser un hombre para percibir objetos y fuerzas "circundándonos" a nuestro alrededor.
Todos los animales están aquí lo mismo que nosotros. Pero es peculiar al hombre ocupar una posición
tal en la naturaleza a la que esta convergencia de líneas no sea solamente visual, sino estructural. Las
páginas que siguen no harán más que verificar y analizar este fenómeno. En virtud de la cualidad y de
las propiedades biológicas del pensamiento, nos encontramos situados en un punto singular, en un
nudo, que rige la fracción entera del Cosmos, actualmente abierto a nuestra experiencia. Centro de
perspectiva, el hombre es al mismo tiempo centro de construción del universo. Por ventaja, tanto como
por necesidad, a él es al que finalmente hay que volver a referir toda ciencia. Si, verdaderamente, ver
es ser más, miremos al hombre y viviremos más.
por esto acomodemos correctamente nuestros ojos.
Desde que existe, el hombre está ofrecido como espectáculo a sí mismo. De hecho, desde hace decenas
de siglos no se mira más que a sí mismo. Y, sin embargo, apenas si empieza ahora a tomar un punto de
vista científico de su significación en la física del mundo. No nos asombremos de esta lentitud en el
despertar. Nada es tan difícil de percibir con frecuencia como lo que debería “saltarnos a los ojos”. ¿No
le hace falta una educación al niño para separar las imágenes que se asientan en su retina acabada de
abrir? Al hombre, para descubrir al hombre hasta el fin, le eran necesarios toda una serie de sentidos
cuya adquisición gradual, como tendremos que decir, cubre y escande la historia misma de las luchas
del espíritu.
Sentido de la inmensidad espacial, en lo grande y lo pequeño, desarticulando y esparciendo, dentro de
una esfera de radio indeterminado, los círculos de objetos que se estrujan a nuestro alrededor.
Sentido de la profundidad, rechazando trabajosamente, a lo largo de series ilimitadas, en distancias
temporales desmesuradas, acontecimientos que una especie de gravedad tiende continuamente a
reducir para nosotros a una delgada hoja de pasado.
Sentido del número, descubriendo y apreciando sin titubear la multitud enloquecedora de elementos
materiales o vivientes comprometidos en la mínima transformación del universo.
Sentido de la proporción, realizando en la medida de lo posible la diferencia de escala física que separa,
en las dimensiones y los ritmos, al átomo de la nebulosa, lo ínfimo de lo inmenso.
Sentido de la cualidad, o de la novedad, consiguiendo, sin romper la unidad física del mundo, distinguir
en la naturaleza niveles absolutos de perfección y crecimiento.
Sentido del movimiento, capaz de percibir los desarrollos irresistibles ocultos en las lentitudes más
grandes -la extrema agitación disimulada bajo un velo de reposo-; lo completamente nuevo
deslizándose en el corazón mismo de la repetición monótoma de las mismas cosas.
Sentido de lo orgánico, por último, descubriendo las conexiones físicas y la unidad estructural bajo la
yuxtaposición superficial de las sucesiones y las colectividades.
A falta de estas cualidades en nuestra mirada, el hombre seguirá siendo para nosotros, hágase lo que se
haga para hacernos ver, lo que es todavía para tantas inteligencias: objeto errático en un mundo
inconexo. Que se desvanezca, por el contrario, de nuestra óptica la triple ilusión de la pequeñez, de lo
plural y de la inmovilidad, y el hombre adquirirá sin esfuerzo el puesto central que anunciábamos:
cumbre momentánea de una antropogénesis que corona una cosmogénesis.
Teilhard de Chardin,
"El fenómeno humano"
Revista de Occidente, Madrid, 1958 ( p. 11-14)

ardin
Himno del Universo
INDICE
I – LA MISA SOBRE EL MUNDO
La ofrenda
El fuego por encima del mundo
El fuego en el mundo
Comunión
Oración
II – LA POTENCIA MATERIAL DE LA MATERIA
III – CRISTO EN LA MATERIA
(Tres historias a la manera de Benson)
El Cuadro
El Ostensorio
La Custodia
IV – LA POTENCIA ESPIRITUAL DE LA MATERIA
Presencia de Dios en el mundo
La Humanidad en marcha
Sentido del esfuerzo humano
En el Cristo total
I – LA MISA SOBRE EL MUNDO
LA OFRENDA
Ya que, una vez más, Señor, ahora ya no en los bosques del Aisne, sino en las estepas de Asia, no tengo ni
pan, ni vino, ni altar, me elevaré por encima de los símbolos hasta la pura majestad de lo Real, y te ofreceré, yo,
que soy tu sacerdote, sobre el altar de la Tierra entera, el trabajo y el dolor del Mundo.
El sol acaba de iluminar, allá lejos, la franja extrema del horizonte. Una vez más, la superficie viviente de la
Tierra se despierta, se estremece y vuelve a iniciar su tremenda labor bajo la capa móvil de sus fuegos. Yo
colocaré sobre mi patena, oh, Dios mío, la inesperada cosecha de este nuevo esfuerzo. Derramaré en mi cáliz la
savia de todos los frutos que serán molidos hoy.
Mi cáliz y mi patena son las profundidades de un alma ampliamente abierta a todas las fuerzas que, en un
instante, van a elevarse desde todos los puntos del Globo y a converger hacia el Espíritu. ¡Qué vengan, pues, a
mí el recuerdo y la mística presencia de aquellos a quienes la luz despierta para un nuevo día!
Señor, voy viendo y los voy amando, uno a uno, a aquellos a quienes tú me has dado como sostén y como
encanto naturales de mi existencia. También uno a uno voy contando los miembros de esa otra tan querida
familia que han ido juntando poco a poco en torno a mí, a partir de los elementos más dispares, las afinidades
del corazón, de la investigación científica y del pensamiento. Más confusamente, pero a todos sin excepción,
evoco a aquellos cuya multitud anónima constituye la masa innumerable de los vivientes; a aquellos que me
rodean y me soportan sin que yo los conozca; a los que viven y los que se van; a aquellos, sobre todo, que, en la
verdad o a través del error, en su despacho, en su laboratorio o en su fábrica creen en el progreso de las Cosas y
persiguen apasionadamente hoy en día la luz.
Quiero que en este momento mi ser resuene acorde con el profundo murmullo de esa multitud agitada,
confusa o diferenciada, cuya inmensidad nos sobrecoge; de ese Océano humano cuyas lentas y monótonas
oscilaciones introducen la turbación en los corazones más creyentes. Todo lo que va a aumentar en el Mundo, en
el transcurso de este día, todo lo que va a disminuir—todo lo que va a morir, también—, he aquí, Señor, lo que
trato de concentrar en mí para ofrecértelo; he aquí la materia de mi sacrificio, el único sacrificio que a Ti te
gusta.
Antiguamente se depositaban en tu templo las primicias de las cosechas y la flor de los rebaños. La ofrenda
que realmente estás esperando, aquella de que tienes misteriosamente necesidad todos los días para saciar tu
hambre, para calmar tu sed, es nada menos que el acrecentamiento del Mundo arrastrado por el universal
devenir.
Recibe, Señor, esta Hostia total que la Creación. atraída por tus gracias, te presenta en esta nueva aurora. Sé
perfectamente que este pan, nuestro esfuerzo, no es en sí mismo más que una desagregación inmensa. Este vino,
nuestro dolor, no es todavía, ¡ay!, más que un brebaje disolvente. Mas Tú has puesto en el fondo de esta masa
informe —estoy seguro de ello, porque lo siento—un irresistible y santificante deseo que nos hace gritar a
todos, desde el impío hasta el fiel: «Señor, ¡haz de nosotros un solo individuo!

Porque a falta del celo espiritual
de la sublime pureza de tus Santos, Tú me has dado, Dios mío, una
y
simpatía irresistible por todo lo que se mueve en la materia oscura—porque, irresistiblemente, reconozco en mí
más que a un hijo del Cielo a un hijo de la Tierra—, subiré esta mañana, con mi pensamiento, a los lugares altos,
cargado con las esperanzas y las miserias de mi madre, y allí—fuerte, con un sacerdocio que sólo Tú has podido
darme, estoy seguro—invocaré al Fuego sobre todo lo que, en la Carne humana, está pronto para nacer o para
perecer bajo el sol caliente.
EL FUEGO POR ENCIMA DEL MUNDO
Estamos dominados por la tenaz ilusión de que el Fuego, ese principio del ser, surge de las profundidades de
la Tierra, y que su llama se enciende progresivamente a lo largo de la brillante estela de la Vida. Me has
concedido la gracia, Señor, de comprender que esta visión era falsa y que, para poder llegar hasta ti, tendría que
destru irla. Al principio existía la po tencia in telectual, amante y activa. Al principio existía el Verbo soberana-
mente capaz de someter y elaborar toda la Materia que pudiera nacer. Al principio no existían el frío y las
tinieblas; existía el Fuego. Esta es la Verdad.
Así, pues, lejos de que de nuestra noche brote gradualmente la luz, es la luz preexistente la que, con paciencia
e infaliblemente, elimina nuestras sombras. Nosotros, criaturas, somos por nosotros mismos la Sombra y el
Vacío. Tú eres, Dios mío, el fondo mismo y la estabilidad del Medio eterno, sin duración ni espacio, en el que,
gradualmente, emerge y se perfecciona nuestro Universo, perdiendo los límites que hacen nos parezca tan
grande. Todo es ser, no hay más que ser por todas partes, fuera de la fragmentación de las criaturas y de la
oposición de sus átomos.
Espíritu abrasador, Fuego fundamental y personal, Término real de una unión mil veces más hermosa y más
deseable que la fusión destructiva imaginada por no importa qué panteísmo, digna-te, una vez más, descender,
para infundirle un alma, sobre la débil película de materia nueva de la que va a envolverse el Mundo hoy.
Lo sé perfectamente. Ninguno de nosotros podría dictar, ni siquiera anticipar, el menor de tus gestos. Tuyas
son todas las iniciativas, comenzando por la de mi oración.
Verbo resplandeciente, Potencia ardiente, Tú que amasas lo Múltiple para infundirle tu vida, abate sobre
nosotros, te lo ruego, tus manos poderosas, tus manos previsoras, tus manos omnipresentes, esas manos que no
tocan ni aquí ni allí (como haría una mano humana), sino que, mezcladas a la profundidad y a la universalidad
presente y pasada de las Cosas, actúan sobre nosotros simultáneamente a través de todo lo que hay de más basto
y de más interior en nosotros y en torno a nosotros.
Prepara con esas manos invencibles, mediante una adaptación suprema, para la gran obra que proyectas, el
esfuerzo terrestre cuya totalidad te presento en este momento concentrada en mi corazón. Reestructura este
esfuerzo, rectifícale, refúndele hasta en sus orígenes, tú que sabes por qué es imposible que la criatura nazca de
otra forma que no sea sostenida sobre el tallo de una interminable evolución.
Y ahora pronuncia, utilizando mi boca, la doble y eficaz palabra sin la cual todo se bambolea, todo queda al
descubierto en nuestra sabiduría y en nuestra experiencia; con la cual todo se concentra y todo se consolida
indefinidamente en nuestras especulaciones y nuestra práctica del Universo. Repite sobre toda vida que va a
germinar, a crecer, a florecer y a madurar en este día: «Este es mi cuerpo.” Y sobre toda muerte que se apresta a
roer, a ajar, a cortar, ordena (¡misterio de fe por excelencia!): “Esta es
sangre”
mi
2
EL FUEGO EN EL MUNDO
Está hecho.
El Fuego ha penetrado una vez más la Tierra.
No ha caldo ruidosamente sobre las cimas, como el rayo en su estallido. ¿El Dueño fuerza las puertas para
entrar en su casa?
La llama lo ha iluminado todo sin sacudidas, sin trueno, desde dentro. Desde el corazón del más pequeño de
los átomos hasta la energía de las leyes más universales ha invadido individualmente y en su conjunto, con
naturalidad, a cada uno de los elementos, a cada uno de los resortes, a cada una de las conexiones de nuestro
Cosmos, de tal forma que podría creerse que el Cosmos se ha inflamado espontáneamente.
En la nueva Humanidad que se está engendrando hoy, el Verbo ha prolongado el acto sin fin de su
nacimiento, y en virtud de su inmersión en el seno del Mundo, las grandes aguas de la Materia se han cambiado
la vida sin un estremecimiento. Nada se ha estremecido, en apariencia en esta inefable transformación. Y, sin
embargo, al contacto de la Palabra sustancial, el Universo, inmensa Hostia, se ha convertido, misteriosa y
realmente, en Carne. Desde ahora, toda la materia se ha encarnado, Dios mío, en tu Encarnación.
Hace ya mucho tiempo que nuestros pensamientos y nuestras experiencias humanas habían reconocido las
extrañas propiedades que hacen al Universo tan semejante a una Carne…
Lo mismo que la Carne, nos atrae por el encanto
que flota en el misterio de sus pliegues y la profundidad de
sus ojos.
Lo mismo que la Carne, se descompone y se nos escurre tras los esfuerzos de nuestros análisis, de nuestros
fracasos y de su propia duración.
Lo mismo que la Carne, no se comprime realmente más que en el esfuerzo sin fin para alcanzarle siempre
más allá de lo que se nos concede.
Todos nosotros, Señor, advertimos esa mezcla turbadora de proximidad y de distancia cuando nace. Y no
hay, en la herencia de dolor y de esperanza que se transmiten las edades, no hay nostalgia más desolada que la
que hace llorar al hombre de irritación y de deseo en el seno de la Presencia que flota, impalpable y anónima, en
todas las cosas, a su alrededor: «Si forte attrectent eum.”
Ahora, Señor, por medio de la Consagración del Mundo, el resplandor y el perfume que flota en el Universo
adquieren para mí cuerpo y rostro en Ti. Eso que entreveía mi pensamiento indeciso, eso que reclamaba mi
corazón en aras de un deseo inverosímil, me lo das Tú magníficamente: que las criaturas sean no sólo de tal
modo solidarias entre sí que ninguna pueda existir sin todas las demás para rodearla, sino que estén de tal forma
suspendidas en un mismo centro real que una verdadera Vida, sufrida en común, les proporcione, en definitiva,
su consistencia y su unión.
¡Haz, Dios mío, que estalle, forzada por la audacia de tu Revelación, la timidez de un pensamiento pueril que
no tiene arrestos para concebir nada más vasto ni más vivo en el mundo que la miserable perfección de nuestro
organismo humano! En el camino hacia una comprensión más atrevida del Universo, los hijos del siglo superan
todos los días a los maestros de Israel. Tú, Señor Jesús, «en quien todas las cosas encuentran su subsistencia”,
revélate al fin a quienes te aman como el Alma superior y el Foco físico de la Creación. Nos va en ello la vida;
¿no lo ves Tú así? Si yo no pudiera creer que tu Presencia real anima, templa, enardece la más insignificante de
las energías que me penetran o me rozan ligeramente, ¿no resultaría que, transido hasta la medula de mi ser, me
moriría de frío?
¡Gracias, Dios mío, por haber dirigido mi mirada de mil maneras hasta hacerla descubrir la inmensa sencillez
de las Cosas! Poco a poco, en virtud del desarrollo irresistible de las aspiraciones que Tú has depositado en mí
cuando era un niño, bajo la influencia de amigos excepcionales que se han cruzado en momentos determinados
en mi camino para ilustrar y fortificar mi espíritu con el despertar de iniciaciones terribles y dulces cuyos
círculos Tú me has hecho franquear sucesivamente, he llegado a no poder ya ver nada ni respirar fuera del
Medio en el que todo no es más que Uno.
En este momento en que tu Vida acaba de pasar, con un aumento de fortaleza, al Sacramento del Mundo,
gustaré, con una conciencia acrecentada, la fuerte y tranquila embriaguez de una visión cuya coherencia y
armonías no logro agotar.
Lo que yo experimento, frente y dentro del Mundo asimilado por tu Carne, convertido en tu Carne, Dios mío,
no es ni la absorción del monista ávido de fundirse en la unidad de las cosas, ni la emoción del pagano
prosternado a los pies de una divinidad tangible, ni el abandono pasivo del quietismo que se mueve a merced de
las energías místicas.
Aprovechando algo de la fuerza de estas diversas corrientes, sin lanzarme contra ningún escollo, la actitud en
que me sitúa tu Presencia universal es una admirable síntesis en que se mezclan, corrigiéndose, tres de las más
formidables pasiones que puedan jamás soplar sobre un corazón humano.
Lo mismo que el monista, me sumerjo en el Universo total; mas la Unidad que me recibe es tan perfecta que
sé encontrar en ella, perdiéndome, el perfeccionamiento último de mi individualidad.
Lo mismo que el pagano, yo adoro a un Dios palpable. Llego incluso a tocar a ese Dios en toda la superficie y
la profundidad del Mundo de la Materia en que me encuentro cogido. Mas para asirlo como yo quisiera (para
seguir sencillamente tocándole) necesito ir más lejos, a través y más allá de toda limitación, sin poder jamás
descansar en nada, empujado en cada momento por las criaturas y superándolas en todo momento, en un
continuo acoger y en continuo desprendimiento.
Lo mismo que el quietista, me dejo mecer deliciosamente por la divina Fantasía. Mas, al mismo tiempo, sé
que la Voluntad divina no me será revelada en cada momento más que dentro de los límites de mi esfuerzo. No
palparé a Dios en la Materia, como Jacob, más que cuando haya sido vencido por él.
Así, por habérseme aparecido el Objeto definitivo, total, en el que se ha insertado mi naturaleza, las potencias
de mi ser comienzan a vibrar espontáneamente al unísono con una Nota Única, increíblemente rica, en la que yo
distingo, asociadas sin esfuerzo, las más opuestas tendencias: la exaltación de obrar y la alegría de padecer; la
voluptuosidad de poseer y la fiebre de superar; el orgullo de crecer y la felicidad de desaparecer en alguien
mayor que uno mismo.
Enriquecido con la savia del Mundo, subo hacia el Espíritu que me sonríe más allá de toda conquista,
envuelto en el esplendor concreto del Universo. Y no sabría decir, perdido en el misterio de la Carne divina,
cuál es la más radiante de estas dos beatitudes: haber encontrado al Verbo para dominar la Materia o poseer la
Materia para llegar hasta la luz de Dios y experimentar sus efectos.
Haz, Señor, que tu descenso bajo las Especies universales no sea para mí estimado y acariciado sólo como el
fruto de una especulación filosófica, sino que se convierta verdaderamente en una Presencia real. En potencia y
de hecho, lo queramos o no, Tú te has encarnado en el Mundo y vivimos pendientes de ti. Mas de hecho es
necesario (¡y cuánto!) que estés igualmente próximo a todos nosotros. Situados, todos juntos, en el seno de un
mismo Mundo, formamos, sin embargo, cada uno de nosotros nuestro pequeño Universo, en el que la
Encarnación se opera independientemente, con una intensidad y unos matices incomunicables. Y he aquí por
qué en nuestra oración en el altar pedimos que la consagración se haga
para nosotros:
«Ut nobis Corpus et
Si creo firmemente que todo en torno a mí es el Cuerpo y la Sangre del Verbo
entonces para mí
Sanguis fiat…

~,
(y en cierto sentido para mí sólo) se produce la maravillosa «Diafanía” que hace transparezca objetivamente en
la profundidad de todo hecho y de todo elemento el calor luminoso dc una misma Vida. Si, por desgracia, mi fe
se debilita, inmediatamente la luz se apaga, todo se hace oscuro, todo se descompone.
Señor, en este día que está comenzando acabas de descender. ¡Ay! ¡Qué infinita diversidad en los grados de
tu Presencia a través de los acontecimientos que se preparan y que todos nosotros experimentaremos! Tú puedes
estar un poco, mucho, cada vez más, o no estar en absoluto en las mismas circunstancias que están a punto de
en— volverme a mí y de envolver a mis hermanos.
Para que ningún veneno me dañe hoy, para que ninguna muerte me mate, para que ningún vino me
embriague, para que te descubra y te sienta en toda criatura, ¡haz, Señor, que crea!
COMUNIÓN
Si el Fuego ha descendido hasta el corazón del Mundo ha sido, en última instancia, para arrebatarme y para
absorberme. Desde ese momento no basta con que le contemple e intensifique continuamente su ardor en torno a
mí mediante una fe sostenida. Es necesario que, tras haber cooperado con todas mis fuerzas a la Consagración
que le hace brotar, yo consienta, al fin, en la Comunión, que le proporcionará, en mi persona, el alimento que, en
fin de cuentas, ha venido a buscar.
Me prosterno, Dios mío, ante tu Presencia en el Universo, que se ha hecho ardiente, y en los rasgos de todo lo
que encuentre, y de todo lo que me suceda, y de todo lo que realice en el día de hoy, te deseo y te espero.
Es algo terrible haber nacido, es decir, encontrarse irrevocablemente arrastrado, sin haberlo querido, por un
torrente de energía formidable que parece querer destruir todo lo que lleva consigo.
Quiero, Dios mío, que en virtud de un trastrueque de fuerzas que sólo Tú puedes efectuar el sobresalto que se
adueña de mí ante las alteraciones sin número que están realizando la renovación de mi ser se cambie en una
alegría desbordante por yerme transformado en Ti.
Comenzaré por alargar mi mano sin titubeos hacia el pan abrasador que Tú me presentas. En ese pan, en el
que Tú has encerrado el germen de todo desarrollo, reconozco el principio y el secreto del porvenir que me
reservas. Aceptarlo significa entregarme, lo sé perfectamente, a las potencias que me arrancarán dolorosamente
a mí mismo para lanzarme hacia el peligro, el trabajo, la continua renovación de las ideas, al desprendimiento
austero en los afectos. Comerlo significa adquirir, respecto a lo que está totalmente por encima de todo, un gusto
y una afinidad que en adelante me harán imposibles las alegrías que daban calor a mi vida. Señor Jesús, acepto
ser poseído por Ti, y conducido por la indefinible potencia de tu Cuerpo, al que me sentirá ligado, hacia las
soledades a las que yo solo jamás me hubiera atrevido a acercarme. Como cualquier otro Hombre, me gustará
levantar aquí abajo mi tienda sobre una montaña elegida. Como todos mis hermanos, tengo también miedo del
porvenir, demasiado misterioso y demasiado nuevo, hacia el que me empuja la duración. Después me pregunto,
¡Ojalá esta Comunión del pan con Cristo revestido con las
tan ansioso como ellos, hacia dónde va la vida.
– –
potencias que dilatan el Mundo me libere de mi timidez y de mi negligencia! Me arrojo, oh, Dios mío, fiado en
tu palabra, en el torbellino de las luchas y de las energías entre las que se desarrollará mi poder de percibir y de
experimentar tu Santa Presencia. A aquel que ame apasionadamente a Jesús oculto en las fuerzas que hacen
crecer la Tierra, la Tierra, maternalmente, la Tierra le tomará en sus brazos gigantes y ella le hará contemplar el
rostro de Dios.
Si tu reino, Dios mío, fuese de este Mundo, me bastaría para poseerte confiarme a las potencias que nos
hacen sufrir y morir engrandeciéndonos palpablemente a nosotros o a aquello que nos es más querido que
nosotros mismos. Mas como el Término hacia el que se mueve la Tierra está del otro lado no sólo de cada cosa
individual sino del conjunto de todas las cosas, como la labor del Mundo consiste no en engendrar en sí mismo
una Realidad suprema, sino en consumarse por unión en un Ser preexistente, resulta que para llegar hasta el
centro resplandeciente del Universo no le basta al Hombre vivir cada vez más para sí
tampoco en convertir su
ni
vida en una causa terrestre, por muy grande que sea. El Mundo no puede llegar hasta ti, Señor, en último
término, más que en virtud de una especie de inversión, de vuelta atrás, de excentración, en donde queda oculto
durante algún tiempo no sólo el éxito de los individuos, sino la apariencia misma de todo logro humano. Para
que mi alma quede decididamente incorporada a la tuya es preciso que muera en mí no sólo la mónada, sino
también el Mundo, es decir, que pase por la fase desgarradora de una disminución que no podrá ser compensada
por ninguna cosa tangible. He ahí por qué, tras haber recogido en él la amargura de todas las separaciones, de
todas las limitaciones, de todos ¡os fracasos estériles, me tiendes tu cáliz. “Bebed todos de él”.
Cómo iba yo a rechazar este cáliz, Señor, ahora que con el pan que me has hecho gustar se ha inoculado en la
medula de mi ser la inextinguible pasión de unirme a Ti, más allá de la vida, a través de la muerte. La
Consagración del Mundo hubiera quedado sin terminar, desde luego, si no hubieses animado con predilección,
en favor de quienes iban a creer, las fuerzas que matan después de las fuerzas que vivifican. Mi comunión ahora
sería incompleta (no sería cristiana, sencillamente) si, juntamente con los aumentos que me trae este nuevo día,
no recibiese, en mi nombre y en nombre del Mundo, como la más directa participación contigo, el trabajo,
oculto o manifiesto, de debilitamiento, de vejez y de muerte que mina continuamente el Universo para su sal-
vación o su condenación. Me abandono irremisiblemente, oh, Dios mío, a las formidables acciones de
disolución mediante las cuales tu Divina Presencia sustituirá hoy, así quiero creerlo ciegamente, mi
insignificante personalidad. A quien haya amado apasionadamente a Jesús oculto en las fuerzas que hacen
madurar la Tierra, la Tierra le estrechará, cuando muera, entre sus brazos gigantes y se despertará con ella en el
seno de Dios.
ORACIÓN
Y ahora, Jesús, que te has convertido verdadera y físicamente, oculto tras las potencias del Mundo, en todo
para mí, en todo a mi alrededor, en todo en mí, aunaré en una misma aspiración la embriaguez de lo que poseo y
la sed de lo que me falta y repetiré con tu servidor las palabras inflamadas en las que se reconocerá cada vez con
más exactitud, estoy firmemente persuadido de ello, el Cristianismo de mañana:
«Señor, introdúceme en lo más profundo de las entrañas de tu Corazón. Y una vez que ya me tengas ahí,
abrásame, purifícame, inflámame, sublímame hasta la más completa satisfacción de tus gustos, hasta la más
completa aniquilación de mí mismo.’
«Tu autem, Domine mi, include me in imis visceribus Cordis tui. Atque ibi me detine, excoque, expurga,
accende, ignifac, sublima, ad purissimum Cordis tui gustum atque placitum, ad puram annihilationem meam.

«Señor.” ¡Sí, al fin he encontrado a alguien a quien pueda dar este nombre, de todo corazón, en virtud del
doble misterio de la Consagración y de la Comunión universales! Mientras no he sabido o no me he atrevido a
ver en ti, Jesús, más que al hombre de hace dos mil años, al Moralista sublime, al Amigo, al Hermano, mi amor
ha permanecido tímido y reprimido. Amigos, hermanos, sabios, ¿es que no los tenemos a nuestros alrededor
muy grandes, muy exquisitos, más cercanos? Y, además, ¿puede el Hombre entregarse plenamente a una
naturaleza únicamente humana? Desde siempre, el Mundo, por encima de todo Elemento del Mundo, se había
apoderado de mi corazón, y jamás me hubiera doblegado sinceramente ante nadie. Por eso, durante mucho
tiempo, a pesar de creer, he andado errante sin saber lo que amaba. Pero ahora que, merced a la manifestación
de los poderes suprahumanos que te ha conferido la Resurrección, transpareces para mí, Señor, a través de todas
las potencias de la Tierra, ahora te reconozco como mi Soberano y me entrego deliciosamente a Ti.
¡Extrañas actividades de tu Espíritu, Dios mío! Cuando hace dos siglos comenzó a dejarse sentir en tu Iglesia
la atracción precisa de tu Corazón, pudo parecer que lo que seducía las almas era el descubrir en Ti un elemento
más determinado, más circunscrito que tu misma Humanidad. Mas he aquí que ahora, ¡por un cambio súbito!,
resulta evidente que, mediante la «revelación” de tu Corazón, has querido, Jesús, proporcionar a nuestro amor el
medio de sustraerse a lo que había de excesivamente limitado en la imagen que nos sabíamos formado de ti. En
el centro de tu pecho no descubro más que un horno, y cuanto más contemplo este foco ardiente más me parece
que los contornos de tu Corazón se funden en su totalidad, que se van agrandando, más allá de toda medida,
hasta el extremo de que ya no distingo en Ti otros rasgos más que la figura de un Mundo inflamado.
Cristo glorioso; Influencia secretamente difundida en el seno de la Materia y Centro deslumbrador en el que
se centran las innumerables fibras de lo Múltiple; Potencia implacable como el Mundo y cálida como la Vida;
Tú, cuya frente es de nieve, cuyos ojos son de fuego, cuyos pies son más centelleantes que el oro en fusión; Tú,
cuyas manos aprisionan las estrellas; Tú que eres el primero y el último, el viv o, el muerto y el resucitado; Tú
que concentras en tu unidad exuberante todos los encantos, todos los gustos, todas las fuerzas, todos los estados;
a Ti era a quien llamaba mi ser con un ansia tan amplia como el Universo: ¡Tú eres realmente mi Señor y mi
Dios!
“Escóndeme en Ti, Señor.” ¡Ah! Creo (y lo creo hasta el punto de que esta fe se ha convertido en uno de los
sostenes de mi vida íntima) que las tinieblas completamente exteriores a Ti serían la pura nada. Nada puede
subsistir fuera de tu Carne, Jesús, hasta el punto de que incluso aquellos que se encuentran rechazados por tu
amor se benefician todavía, para su desgracia, del apoyo de tu presencia. ¡Todos nosotros nos encontramos
irremediablemente en Ti, Medio universal de consistencia y de vida! Pero precisamente porque no somos algo
completamente terminado que pueda ser concebido indiferentemente como cercano o alejado de Ti;
precisamente porque en nosotros el sujeto de la unión crece con la unión misma que nos entrega
progresivamente a Ti; en nombre de lo que hay de más esencial en mi ser, Señor, escucha el deseo de eso que
me atrevo a llamar
mi
alma, aun cuando cada día me doy más cuenta de que es mayor que yo, y para apagar mi
sed de existir, a través de las zonas sucesivas de tu Subsistencia profunda, empújame hacia los pliegues más
íntimos del Centro de tu Corazón!
Cuanto más profundo se te encuentra, Señor, más universal aparece tu influencia. A este respecto podré
apreciar, en cada momento, cuánto me he introducido en Ti. Cuando, y mientras todas las cosas conserven en
torno a ml su sabor y sus contornos, las vea, sin embargo, difundidas, por un alma secreta, en un Elemento
único, infinitamente cercano e infinitamente alejado; cuando, aprisionado en la intimidad celosa de un santuario
divino, me veo, sin embargo, errando libremente a través del cielo de todas las criaturas, entonces sabré que me
acerco al lugar central hacia el que converge el corazón del Mundo en la irradiación descendente del Corazón de
Dios.
En este punto de incendio universal actúa sobre mí, Señor, con el fuego concentrado de todas las acciones
interiores y exteriores que, experimentadas menos cerca de Ti, serían neutras, equivocas u hostiles; pero que,
animadas por una Energía «quae possit sibi omnia subjicere”, se convierten, en las profundidades físicas de tu
Corazón, en los ángeles de tu victoriosa operación. Por una combinación maravillosa, juntamente con tu
atractivo, del encanto de las criaturas y de su insuficiencia, de su dulzura y de su maldad, de su debilidad
decepcionante y de su formidable potencia, exalta gradualmente y hastía mi corazón:
enséñale la verdadera pureza, esa pureza que no es una separación debilitante de las cosas, sino un impulso a
través de todas las bellezas; descúbrele la verdadera caridad, esa caridad que no es el miedo estéril a obrar el
mal, sino la voluntad enérgica de forzar todas las puertas de la vida; dale, finalmente, dale sobre todo, mediante
una visión cada vez mayor de tu omnipresencia, la bienaventurada pasión por descubrir, de hacer y de padecer
cada vez un poco más al Mundo, con el fin de penetrar cada vez más en Ti.
Toda mi alegría y mis éxitos, toda mi razón de ser y mi gusto por la vida, Dios mío, penden de esa visión
fundamental de tu conjunción con el Universo. ¡Que otros anuncien, conforme a su función más elevada, los
esplendores de tu puro Espíritu! Para mí, dominado por una vocación anclada en las últimas fibras de mi
naturaleza, no quiero ni puedo decir otra cosa que las innumerables prolongaciones de tu Ser encarnado a través
de la Materia; ¡nunca sabría predicar más que el Misterio de tu Carne, oh, Alma que transparece en todo lo que
nos rodea!
En tu Cuerpo, con todo lo que comprende, es decir, en el Mundo, convertido, por tu poder y por mi fe, en el
crisol magnífico y vivo en el que todo desaparece para renacer, por todos los recursos que ha hecho surgir en mí
tu atracción creadora, por mi excesivamente limitada ciencia, por mis vinculaciones religiosas, por mi sacerdo-
cio y (lo que para mí tiene más importancia) por el fondo de mi convicción humana, me entrego para vivir y
para morir en tu servicio, Jesús.
Ordos,
1923.
II – CRISTO EN LA MATERIA
Tres historias a la manera de Benson
Mi amigo [el mismo Teilhard] ha muerto, aquel que bebía en toda vida como en una
fuente santa. Su
corazón le abrasaba por dentro. Su cuerpo ha desaparecido en la Tierra, delante de Verdún. Ahora puedo repetir
algunas de sus palabras, aquellas palabras con que una tarde me iniciaba en la visión intensa que iluminaba y
pacificaba su vida.
“¿Quieres saber, me decía, cómo el Universo potente y múltiple ha adquirido para mí la figura de Cristo? Esto
sucede poco a poco, y es difícil analizar con palabras intuiciones tan renovadoras como éstas. Eso no obstante,
puedo contarte algunas de las experiencias que allá arriba han introducido la luz en mi alma, como si se
levantara, por etapas, un telón…”
EL CUADRO
“…En aquel momento, comenzó, tenía mi pensamiento comprometido en un problema medio filosófico,
medio estético. Suponiendo, pensaba yo, que Cristo se dignase aparecer aquí, delante de mí, corporalmente,
¿cuál sería su aspecto? ¿Cuál sería su compostura? ¿Cuál sería, sobre todo, su manera de introducirse
sensiblemente en la Materia, su manera de situarse entre los objetos de alrededor?… Y había algo que me entris-
tecía y me disgustaba, confusamente, frente a la idea de que el cuerpo de Cristo pudiese yuxtaponerse, en el
conjunto del Mundo, a la multitud de los cuerpos inferiores, sin que éstos experimentasen y reconociesen, a
través de alguna alteración perceptible, la Intensidad que les rodeaba.
Sin embargo, mis ojos se habían detenido maquinalmente en un cuadro que representaba a Cristo, con su
corazón ofrecido a los hombres. Este cuadro estaba colgado delante de mí en los muros de la iglesia donde habla
entrado para orar. Y, siguiendo el curso de mi pensamiento, no comprendía cómo podía ser posible a un artista
representar la Humanidad Santa de Jesús, sin atribuirle esa fijeza demasiado precisa de su Cuerpo que parecía
aislarse de todos los demás hombres, sin darle esa expresión demasiado individual de su figura, de esa figura
que, suponiendo que fuese bella, lo era de una manera particular. con exclusión de todas las demás hermosuras…
Así, pues, estaba haciéndome todas estas preguntas curiosas y mirando al cuadro cuando comenzó la visión.
(En realidad, de verdad, no podría precisar cuAndo comenzó; porque ya habla alcanzado cierta intensidad
cuando advertí su existencia…)
Lo que sí es cierto es que, dejando mi mirada vagar por los contornos de la imagen, me di cuenta de repente
de
que se mezclaban.
Se mezclaban, pero de una manera especial, difícil de explicar. Cuando trataba de ver el
trazado de la Persona de Cristo, se me aparecía claramente delimitado. Y después, en cuanto cedía el esfuerzo
visual, toda
zona de Cristo, los pliegues de sus vestidos, la irradiación de su cabellera, la flor de su carne, pasaban, por así
decirlo (aun cuando sin desvanecerse), a todo el resto…
Hubiérase dicho que la superficie de separación entre Cristo y el Mundo ambiente se convertía en una capa
vibrante en la que se confundían todos los limites.
Me parece que la transformación debió afectar primero un punto, en el borde del retrato, y que, desde allí,
prosiguió hasta llegar a todo el contorno. Al menos en este orden fui dándome cuenta. Por lo demás, a partir de
este momento, la metamorfosis se extendió rápidamente
alcanzó a todas las cosas.
y
Primero me di cuenta de que la atmósfera vibrante que aureolaba a Cristo no estaba confinada a una pequeña
zona en torno a él, sino que irradiaba hasta el infinito.
De cuando en cuando surgían algo así como regueros de fosforescencia, causadores de un flujo continuo que
alcanzaba hasta las esferas extremas de la Materia, dibujando una especie de plexus sanguíneo o una red
nerviosa que corría a través de toda Vida.
¡El Universo entero vibraba!,
y, sin embargo, cuando intentaba mirar los objetos uno a uno, los encontraba
cada vez claramente dibujados en su individualidad preservada.
Todo este movimiento parecía emanar de Cristo, de su Corazón sobre todo. Mientras trataba de remontar a la
fuente del efluvio y de percibir su ritmo, fue cuando, al volver a fijar mi atención en el retrato, vi cómo la visión
llegaba rápidamente a su paroxismo.
Ahora me doy cuenta de que he olvidado hablarte de los vestidos de Cristo. Eran luminosos, tal como
leemos en el relato de la Transfiguración. Pero lo que más llamó mi atención fue advertir que no estaban tejidos
artificialmente, a menos que la mano de los ángeles no sea la de la Naturaleza. La trama no estaba compuesta de
fibras burdamente hiladas… Pero la materia, una flor de la materia, se había trenzado espontáneamente a sí
misma hasta lo más intimo de su sustancia, como un lino maravilloso. Y yo creía ir viendo cómo se movían
indefinidamente combinadas en un dibujo natural que les afectaba hasta el fondo de sí mismas.
Pero ya comprenderás que no dediqué a este vestido, maravillosamente tejido con la cooperación continuada
de todas las energías y de todo el orden de la materia, más que una mirada distraída. Lo que atraía y cautivaba
toda mi atención era el Rostro transfigurado del Maestro.
Tú has visto muchas veces, durante la noche, cómo las estrellas cambian de color: unas veces son perlas de
sangre y otras, violáceas chispas de terciopelo. Has visto también cómo corren los colores en una ampolla
transparente…
Así, en una indescriptible floración, brillaban sobre la inmutable fisonomía de Jesús las luces de todas
nuestras hermosuras. No sabría decir si esto sucedía de acuerdo con mis deseos o según la voluntad de Aquel
que regulaba y conocía mis deseos. Lo que sí es cierto es que estos innumerables matices de majestad, de
suavidad, de atractivo irresistible, se sucedían, se transformaban, se fundían unos en otros, de acuerdo con una
armonía que me saciaba plenamente…
Y siempre flotaba tras esta superficie móvil, sustentándola y concentrándola también en una unidad superior,
la incomunicable hermosura de Cristo… Más que percibirla, adivinaba esa Hermosura, porque cada vez que
trataba de perforar la capa de las hermosuras inferiores que me la ocultaban, surgían otras hermosuras
particulares y fragmentarias, que me ocultaban
la Verdadera,
al mismo tiempo que hacían que la presintiera y la
deseara.
Todo el rostro irradiaba, en conformidad con esta ley. Pero el centro de la irradiación y de la floración estaba
oculto en los ojos del retrato transfigurado…
Por la profundidad suntuosa de estos ojos cruzaba, en entonaciones de iris, el reflejo (a menos que no fuese la
forma creadora, la Idea) de todo lo que produce encanto, de todo lo que vive… Y la simplicidad luminosa de su
fuego se resolvía, ante mi esfuerzo por dominarla, en una inexhaustible complejidad, en la que estaban con-
centradas todas las miradas en las que se haya fogueado y mirado jamás un corazón humano. Estos ojos, por
ejemplo, tan dulces y tiernos en un principio, hasta el punto que creía ver ante mí a mi madre, se hacían, un
instante después, apasionados y subyugantes como los de una mujer; tan imperiosamente puros, al mismo
tiempo. que, bajo su dominio, el sentimiento hubiese sido físicamente incapaz de extraviarse. Y después, en un
segundo tiempo, les inundaba una grande y viril majestad, análoga a la que se lee en los ojos de un hombre muy
animoso, muy refinado o muy fuerte, incomparablemente, por otro lado, más altiva y más deliciosamente
experimentada.
Este centelleo de hermosuras era tan total, tan envolvente, tan rápido también, que mi ser, afectado y
penetrado en todas sus potencias a la vez, vibraba hasta su misma médula, en una nota de dilatación y de
felicidad rigurosamente única.
Mas he aquí que mientras que yo sumergía mí mirada en la niña de los ojos de Cristo, convertidos en un
abismo de vida fascinante y abrasada, desde el fondo de esos mismos ojos vi subir como una nube que
difuminaba y anegaba la variedad que acabo de describiros. Una expresión extraordinaria e intensa se iba
extendiendo poco a poco sobre los distintos matices de la mirada divina, primero impregnándolos y después
absorbiéndolos…
Y yo me quedaba confundido.
Porque
yo no podía descifrar
esa expresión final que lo había dominado todo y lo había resumido todo. ¡Me
era imposible decir si era la expresión de una indecible agonía o de un exceso de alegría triunfante! Lo único
que sé, desde entonces, es que me parece haberla entrevisto de nuevo en la mirada de un soldado moribundo.
Instantáneamente, mis ojos se velaron de lágrimas. Mas cuando pude volver a mirar de nuevo, el cuadro de
Cristo, en la iglesia, había recobrado sus contornos demasiado precisos y sus rasgos concretos.”
EL OSTENSORIO
Cuando terminó su relato, mi amigo se quedó durante algún tiempo silencioso y pensativo, las manos juntas
sobre sus rodillas cruzadas, en una actitud que le era familiar. Caía la noche. Pulsé un botón y surgió la luz en la
lámpara, muy hermosa, que iluminaba mi despacho. El pie y la pantalla de esta lámpara estaban hechos de un
cristal diáfano, de color metálico, y las bombillas estaban tan ingeniosamente dispuestas, que toda la mesa de
cristal y los motivos que la decoraban se encontraban interiormente iluminados.
Mi amigo se estremeció. Y observé que su mirada permanecía fija en la lámpara, como si quisiera sorprender
en ella sus recuerdos, mientras reanudaba la serie de sus confidencias de la forma siguiente:
“Otra vez—era también en una iglesia—acababa de arrodillarme delante del Santísimo Sacramento, expuesto
en el altar, en un ostensorio, cuando experimenté una impresión muy curiosa.
Sin duda alguna habéis observado, ¿no es así?, la ilusión óptica que aparentemente hace dilatarse y
agrandarse una mancha clara sobre un fondo oscuro. Mirando a la hostia, cuya forma blanca destacaba, a pesar
de estar el altar iluminado, sobre la oscuridad del coro, experimenté algo semejante (al menos, para comenzar,
porque después, ya lo veréis, el fenómeno adquirió una amplitud de la que no puede darnos idea ninguna
analogía física…).
Al clavar la mirada en la hostia tuve la impresión de que su superficie iba extendiéndose, como una mancha
de aceite, pero mucho más rápida y más luminosamente, por supuesto. Al principio creía ser yo el único en
advertir este cambio, y me parecía que el progreso se realizaba sin despertar ningún deseo y sin encontrar
ningún obstáculo.
Pero poco a poco, a medida que la esfera blanca se agrandaba en el espacio hasta estar ya cerca de mí,
escuché un murmullo, un zumbido imprecisable, como cuando la subida de la marea extiende su lámina de plata
por el mundo de las algas, que se dilata y se estremece ante su cercanía, o como crepita el brezo cuando el fuego
se extiende por el páramo…
Así, en medio de un gran suspiro, que hacía pensar en un despertar y en una queja, el flujo de blancura me
rodeaba, me superaba, inundaba todas las cosas. Y todas las cosas, anegadas en él, conservaban su propia figura,
su movimiento autónomo: porque la blancura no borraba los rasgos de nada, no alteraba ninguna naturaleza,
sino que penetraba los objetos hasta lo más Intimo, más profundo incluso que su vida. Era como si una claridad
lechosa iluminase el Universo por dentro. Todo parecía formado de una misma especie de carne translúcida.
…Escucha: en el mismo momento en que has encendido la lámpara y que su materia oscura se ha hecho
clara y fluorescente, he pensado en el Mundo tal como se me ofreció entonces. Y ha sido también esta
asociación de imágenes la que me ha inspirado la idea de decirte lo que te estoy contando.
En virtud de la expansión misteriosa de la hostia,
el Mundo se ha hecho, pues, incandescente; semejante, en
su totalidad, a una sola gran Hostia. Y se diría que bajo la influencia de la luz interior que le penetraba, sus
fibras se tensaron hasta romperse, pues sus energías estaban en una tensión extrema. Y ya creía yo que el
Cosmos había conseguido su plenitud en medio de este despliegue de sus actividades, cuando advertí que se
estaba desarrollando en él una labor mucho más fundamental.
De cuando en cuando se formaban en la superficie interior de los seres unas gotas centelleantes de metal puro
y caían en el horno de la luz profunda en el que se perdían, y, al mismo tiempo, se volatilizaba un poco de
escoria. En el terreno del amor se estaba realizando una transformación, dilatando, purificando, captando toda la
potencia de amar contenida en el Universo.
Yo podía darme cuenta de ello tanto más que su virtud operaba en mí tanto como en el resto:
¡su luz blanca
era activa!
No se había insinuado, a través de la Materia, hasta la intimidad de los corazones; no los había
dilatado hasta romperlos más que para reabsorber en sí la sustancia de sus afectos y de sus pasiones. Y ahora
que había mordido en ellos, atraía irresistiblemente hacia su centro las capas del corazón cargadas de la más
pura miel de todos los amores.
Efectivamente, después de haberlo vivificado todo, de haberlo depurado todo, la Hostia inmensa, ahora,
se
contraía lentamente,
y los tesoros que encerraba en sí se agolpaban deliciosamente en su viva luz.
Cuando desciende el oleaje, o decae la llama, señalan el área invadida momentáneamente por el mar o el
incendio puntos brillantes y manchas de fuego. A medida igualmente que la Hostia se replegaba sobre sí misma,
como una flor cierra su cáliz, algunos elementos refractarios del Universo permanecían detrás de ella en las
tinieblas exteriores. Habla algo que las iluminaba aún: pero era un alma de luz pervertida, corrosiva y venenosa.
Estos elementos rebeldes ardían como antorchas o brillaban como brasas.
Oí entonces que se cantaba el “Ave Verum”.
…La Hostia blanca estaba encerrada en el ostensorio de oro. En torno a ella se consumían unas velas
horadando la oscuridad, y las lámparas del santuario despedían, aquí y allí, su destello de púrpura.”
LA CUSTODIA
Mientras hablaba mi amigo, mi corazón estaba ardiendo todo él y mi mente se abría a una visión superior de
las cosas. Confusamente distinguía que la multitud de las evoluciones que nos parecen dividir el mundo es, en el
fondo, el cumplimiento de un gran misterio; y ese fulgor entrevisto hacía que se estremeciesen, no sé por qué,
las profundidades de mi alma. Pero, demasiado habituado a separar los planos y las categorías, me perdía en el
espectáculo, todavía nuevo para mi espíritu novicio, de un Cosmos en que lo Divino, el Espíritu y la Materia
mezclaban tan íntimamente sus dimensiones.
Viendo que esperaba ansiosamente, mi amigo continuó:
“… La última historia que quiero referirte es la de una experiencia por la que he pasado recientemente. Esta
vez, y lo vas a ver, no se trata ya, propiamente hablando, de una visión, sino de una impresión más general por
la que todo mi ser se encontró, y sigue encontrándose, afectado.
He aquí.
En aquella época, mi regimiento se encontraba en primera línea en la explanada de Avocourt. Todavía no
había terminado el período de los ataques alemanes contra Verdún y la lucha continuaba siendo dura por este
sector del Meuse. Por eso, como lo suelen hacer muchos sacerdotes en los días de batalla, llevaba conmigo las
Sagradas Especies en una pequeña custodia en forma de reloj.
Una mañana en que la calma era casi completa en las trincheras, me retiraba a mi refugio; y allí, en una
especie de meditación, mi pensamiento se concentró con toda naturalidad sobre el tesoro que llevaba separado
de mi pecho apenas por una finísima cajita de plata sobredorada. Ya anteriormente me había regocijado y
alimentado con esta divina Presencia.
Esta vez se posesioné de mí un sentimiento nuevo, el cual dominó muy pronto toda otra preocupación de
recogimiento y de adoración. Experimenté repentinamente cuánto hay de extraordinario y de engañoso en
tener
tan cerca de sí
la Riqueza del Mundo y la Fuente de Vida,
sin poder poseerlas
interiormente,
sin llegar a
penetrarlas
ni a asimilarlas. ¿Cómo podía ser que Cristo estuviese a la vez tan cerca de mi corazón y tan
distante? ¿Tan unido a mi cuerpo y tan distante de mi alma?
Tenía la impresión de que una inaccesible e infranqueable barrera me separaba de Aquel a quien, sin
embargo, no podía tocar más, puesto que le estrechaba entre mis manos… Me irritaba el tener a mi Felicidad en
una copa sellada. Me veía a mí mismo como una abeja que zumba en torno a un vaso lleno de néctar, pero
cuidadosamente cerrado. Y apretaba nerviosamente la custodia contra mí, como si este esfuerzo instintivo
pudiese hacer pasar a Cristo un poco más a mí.
Finalmente, no pudiendo resistir más, y siendo ya la hora en que, durante el descanso, solía celebrar, abrí la
Custodia y me comulgué a mí mismo.
Mas he aquí que, en lo más profundo de mí, el pan que acababa de consumir, aun cuando se había convertido
en carne de mi carne,
seguía aún fuera de mí…
Entonces llamé en mi ayuda todo mi poder de recogimiento. Concentré sobre la divina partícula el silencio y
el amor crecientes de mis facultades. Me hice humilde sin límites, dócil, dúctil como un niño, para no contrariar
en nada los menores deseos del Huésped celestial y hacer imposible diferenciarme de Él, de tal forma que no
constituyera más que una sola cosa, mediante la obediencia, con los miembros dominados por su alma.
Purificaré sin descanso mi corazón, con el fin de hacer mi interior más transparente sin cesar a la Luz que
albergaba en mi.
¡Vanos y dichosos esfuerzos!
La Hostia estaba siempre por delante de mí, más lejos en la concentración y la eclosión de los deseos, más
lejos en la permeabilidad del ser a las divinas influencias, más lejos en la limpidez de los afectos… Mediante el
repliegue y la continua depuración de mi ser, yo avanzaba indefinidamente, continuamente en Ella, lo mismo
que una piedra que cae en el abismo, sin llegar nunca a tocar el fondo. Por delgada que fuese la Hostia, yo me
perdía en Ella, sin lograr asirla ni coincidir con Ella.
¡Su centro huía, atrayéndome!
En vista de que no podía agotar la profundidad de la Hostia, aspiraba al menos a estrecharla en toda su
superficie. ¿No estaba muy unida y muy pequeña? Trataba, pues, de coincidir con Ella por fuera, de
identificarme con Ella en todo su contorno…
Allí me esperaba un nuevo infinito, el cual frustró mi esperanza.
Cuando intenté envolver a la Santa Partícula en mi amor, tan celosamente que me adhería a Ella sin perder el
calibre de un átomo de su precioso contacto, me sucedió, en efecto, que se diferenció y se complicó
indefinidamente por efecto de mi esfuerzo. A medida que yo creía haberla aferrado, me daba cuenta de que lo
que yo asía no era Ella, sino alguna de las mil criaturas en cuyo seno se halla cogida nuestra vida: un
sufrimiento, una alegría, un trabajo, un hermano necesitado de amor o de consuelo…
Así, pues,
la Hostia se sustraía
en su superficie en
el fondo de mi corazón, mediante una maravillosa
sustitución, y me dejaba enfrentado a todo el Universo, reconstituido a base de Ella misma, surgido de sus
Apariencias…
Silencio la impresión de entusiasmo que me causó esta revelación del Universo situado entre Cristo y yo
como una magnífica presa.
Para volver a la impresión especial de “exterioridad” que había esbozado la visión, te diré únicamente que
entonces comprendí qué invisible barrera se extendía entre la Custodia y yo. Me encontraba separado de la
Hostia que yo tenía entre mis dedos
por todo el espesor y la superficie de los años
que me quedan por vivir y
por divinizar.”
Al llegar aquí, mi amigo dudó un instante. Después prosiguió:
“No sé por qué. Tengo la impresión desde hace algún tiempo, cuando sostengo una Hostia, que ya no existe
entre Ella y yo más que una película apenas formada…”
“Yo habla tenido siempre —prosiguió-— un alma naturalmente ‘panteísta’. Experimentaba sus invencibles
aspiraciones nativas; pero sin atreverme a utilizarlas libremente, porque no sabía cómo conciliarlas con mi fe. A
partir de estas experiencias diversas (y otras más) puedo decir que he encontrado, para mi existencia, un interés
inagotable y una paz inalterable.
Vivo en el seno de un Elemento único, Centro y Detalle de todo, Amor personal y Potencia cósmica.
Para llegar hasta él y fundirme en él tengo al Universo entero delante de mí, con sus nobles luchas, con sus
apasionantes búsquedas, con sus mi-riadas de almas que perfeccionar y curar. Puedo y debo arrojarme hasta
perder el aliento en pleno quehacer humano. Cuanto más participe en ese quehacer, más pesaré en toda la
superficie de lo Real y más también llegaré hasta Cristo y me estrechará contra Él.
Dios, el Ser eterno en Sí, está en todas partes, podría decirse, en formación
para nosotros.
Y Dios es también el Corazón de todo. Tanto, que la vasta decoración del Universo puede apagarse, o
desecarse, o incluso ser arrebatada por la muerte sin que disminuya mi alegría. Disipado el polvo que se
animaba de un halo de energía y de gloria, la Realidad sustancial, en la que está contenida y poseída
incorruptiblemente toda perfección, permanecería intacta. Los destellos se replegarían hacia su Fuente, y allí los
tendría yo aún abrazados todos ellos.
He aquí por qué la Guerra misma no me desconcierta. Dentro de unos días seremos lanzados a la reconquista
de Douaumontgesto, grandioso y casi fantástico, que señalará y simbolizará un avance definitivo del Mundo
hacia la Liberación de las almas. Te lo digo yo. Quiero participar en este negocio religiosamente, con toda mi
alma, empujado por un único y gran impulso, en el que me siento incapaz de distinguir dónde termina la pasión
humana y dónde comienza la adoración.
Y si no he de volver, quisiera que mi cuerpo quedase amasado en la arcilla de los fuertes, como un cemento
vivo arrojado por Dios entre las piedras de la Ciudad Nueva.”
Así me habló, en un atardecer de octubre, mi amigo muy amado, aquel cuya alma comunicaba
instintivamente con la Vida única de las cosas y cuyo cuerpo descansa ahora, tal como deseaba, en algún lugar
en los alrededores de Thiaumont,
en tierra salvaje.
Escrito antes de la operación de Douaumont (Nant-le-Grand, 14 de octubre de 1916).
III – LA POTENCIA ESPIRITUAL DE LA MATERIA
Y cuando avanzaban juntos, he aquí que un carro
y unos caballos de fuego les separaron;
y,
arrebatado por un torbellino,
se encontró repentinamente
Elías
transportado a los cielos.
LIBRO DE LOS REYES.
El Hombre, seguido de su compañero, caminaba por el desierto cuando la Cosa se echó encima de él.
Desde lejos se le había aparecido, muy pequeña, deslizándose sobre la arena, no mayor que la palma de un
niño, una sombra amarilla y huidiza, semejante al vuelo indeciso de las codornices, al amanecer sobre el mar
azul, o a una nube de mosquitos danzando al atardecer en el sol, a un torbellino de polvo cabalgando al
mediodía sobre la llanura.
La Cosa no parecía preocuparse de los dos viajeros. Vagabundeaba caprichosamente en la soledad. Pero
repentinamente, regularizando su carrera, se vino derecho a ellos, como una flecha.
Y entonces el Hombre vio que el pequeño vapor amarillo no era más que el centro de una Realidad
infinitamente mayor que avanzaba incircunscrita, sin formas y sin límites. Hasta donde alcanzaba su vista, la
Cosa se desarrollaba con una rapidez prodigiosa a medida que se iba acercando, invadiendo todo el espacio.
Mientras sus pies rozaban la hierba espinosa del torrente, su frente subía el cielo como una bruma dorada, tras la
cual se teñía de tintes rojos el sol. Y en torno, el éter, cobrando vida, vibraba palpablemente bajo la sustancia
burda de las rocas y de las plantas, lo mismo que tiembla en verano el paisaje tras un sol abrasador.
Lo que venía era
el corazón
moviente de una inmensa sutilidad.
El Hombre cayó, con la faz pegada a la tierra, puso las manos sobre su rostro y esperó.
En torno a él se hizo un gran silencio.
Y después, bruscamente, un soplo ardiente rozó su frente, forzó la barrera de sus pupilas cerradas y penetró
hasta su alma.
El Hombre tuvo la impresión de que dejaba de ser únicamente él mismo. Una irresistible embriaguez se
apoderó de él como si toda la savia de toda su vida, afluyendo de golpe a su corazón excesivamente reducido,
recrease enérgicamente las fibras debilitadas de su ser.
Y al mismo tiempo le oprimió la angustia de un peligro sobrehumano —el sentimiento confuso de que la
Fuerza que había caído sobre él era ambigua e imprecisa—, esencia combinada de todo el Mal con todo el Bien.
El huracán se había introducido en él.
Y he aquí que, en el fondo del ser que ella había invadido, la Tempestad de vida, infinitamente dulce y brutal,
murmuraba en el único punto secreto del alma que no había sacudido enteramente:
“Me has llamado; heme aquí. Arrojado por el Espíritu fuera de los caminos seguidos por la caravana humana,
has tenido el valor de la soledad virgen. Cansado de las abstracciones, de las atenuaciones, del verbalismo de la
vida social, has querido medirte con la Realidad entera y salvaje.
Tenías necesidad de mí para crecer, y yo te esperaba para que me santificases.
Desde siempre me deseabas sin saberlo, y yo te atraía.
Ahora estoy sobre ti para la vida o para la muerte. Ya te es imposible volver atrás; volver a las satisfacciones
comunes y a la adoración tranquila. Quien me ha visto una vez no puede olvidarme: se condena conmigo o me
salva consigo.
¿Vienes?”
“Oh, divino y potente, ¿cuál es tu nombre? Habla.”
“Soy el fuego que quema y el agua que derriba; el amor que inicia y la verdad que pasa. Todo lo que se
impone y lo que renueva, todo lo que desencadena y todo lo que une: Fuerza, Experiencia, Progreso. Yo soy la
Materia.
Porque, en mi violencia, me sucede que mato a mis amantes, porque quien me toca no Sabe nunca qué
potencia va a desencadenar, los sabios me temen y me maldicen. Me desprecian con palabras como a una
mendiga, a una bruja o a una prostituta. Pero sus palabras están en contradicción con la vida, y los fariseos que
me condenan languidecen en el espíritu en que se confinan. Mueren de inanición, y sus discípulos les aban-
donan, porque yo soy la esencia de todo lo que se toca, y porque los hombres no pueden pasarse sin mí.
Tú, que has comprendido que el Mundo —el Mundo amado de Dios— tiene un alma que rescatar, más
todavía que los individuos, abre ampliamente tu ser a mi inspiración; recibe el Espíritu de la Tierra que hay que
salvar.
La Palabra suprema del enigma, la palabra deslumbradora inscrita sobre mi frente y que en adelante te
abrasará los ojos, aunque los cierres, helas aquí:
“No hay nada que sea precioso, sino lo que eres tú en los
demás y los demás en ti”.
Arriba todo no es más que una sola cosa. ¡Arriba todo no es más que una sola cosa!”
Vamos, ¿no sientes mi soplo que te desarraiga y te arrebata?… Arriba, Hombre de Dios, y date prisa. De
acuerdo con la forma en que uno se entrega, el torbellino arrastra hasta las profundidades sombrías o eleva hasta
el azul de los cielos. Tu salvación y la mía dependen de este primer instante.”
“Oh, Materia, ya lo ves, mi corazón tiembla. Puesto que eres tú, di, ¿qué quieres que haga?”
“¡Arma tu brazo, Israel, y lucha denodadamente contra mí!”
El Soplo, insinuándose como un filtro, se había hecho provocador y hostil.
En sus pliegues albergaba un acre sabor de batalla…
Olor a fiera de los bosques, febril atmósfera de las ciudades, siniestro y embriagador perfume que
sube de los
pueblos en guerra.
Todo esto giraba en sus capas, humareda concentrada en los cuatro ángulos de la tierra.
El Hombre, todavía postrado, tuvo un sobresalto, como si hubiese sentido un espolonazo. De un salto, se
levantó, enfrentándose a la tempestad.
Toda el alma de su raza acababa de estremecerse, oscuro recuerdo del primer despertar entre las bestias más
fuertes y mejor armadas, eco doloroso de los grandes esfuerzos por cultivar el trigo y apoderarse del fuego,
miedo y rencor frente a la Fuerza malhechora, ansiedad de saber
de poseer…
y
De repente, en la dulzura del primer contacto, hubiese deseado instintivamente perderse en el cálido aliento
que le envolvía.
He aquí que la onda de beatitud casi disolvente se habla cambiado en áspera voluntad de más ser.
El Hombre había olfateado al enemigo y a la presa hereditaria.
Aseguró sus pies en el suelo y comenzó a luchar.
Primero luchó para no ser dominado, y después luchó por la alegría de luchar, para experimentar que era
fuerte. Y cuanto más luchaba más experimentaba que un aumento de fuerza surgía de él para equilibrar la
tempestad, y de ésta, en correspondencia, emanaba un efluvio nuevo que pasaba, abrasador, a sus venas.
Lo mismo que el mar, algunas noches, se ilumina
en tomo al nadador, y destella tanto más cuanto con más
vigor lo bracean los miembros robustos, de ese mismo modo la potencia oscura que combatía al hombre se
irradiaba con mil fuegos en torno a su esfuerzo.
En virtud de un mutuo despertar de sus potencias opuestas, él exaltaba su fuerza para dominarla, y ella
revelaba sus tesoros para entregárselos.
“Empápate de la Materia, Hijo de la Tierra, báñate en sus capas ardientes, porque ella es la fuente y la
juventud de tu vida.
¡Ah! ¡Tú creías poder prescindir de ella porque se ha encendido en ti el pensamiento! Esperabas estar tanto
más próximo al Espíritu cuanto más cuidadosamente rechazases lo que se palpa; más divino si vivieses en la
idea pura; más evangélico, al menos, si huyeses de los cuerpos.
¡Pues bien! ¡Te has visto morir de hambre! Necesitas aceite para tus miembros, sangre para tus venas, agua
para tu alma, de lo Real para tu inteligencia; todo eso lo necesitas en virtud de la misma ley de tu naturaleza, ¿lo
comprendes bien?…
Nunca, nunca, podrás decir a la Materia, si quieres vivir y crecer: “Ya te he visto lo suficiente, he penetrado
todos tus misterios, he extraído de ti con qué alimentar siempre mi pensamiento.. Escucha: cuando, a la manera
del Sabio de los Sabios, lleves en tu memoria la imagen de todo lo que puebla la Tierra o flota sobre las aguas,
esa Ciencia será como nada para tu alma, porque todo Conocimiento abstracto se refiere al ser marchito; porque
no basta saber para comprender el Mundo: hay que ver, tocar, vivir en la presencia, beber la cálida existencia en
el seno mismo de la Realidad.
No digas nunca, como hacen algunos: ‘¡La Materia está gastada, la Materia está muerta!’
Hasta el último
instante de los Siglos, la Materia será joven y exuberante, resplandeciente y nueva para quien quiera.
No repitas tampoco: ‘¡La Materia está condenada, la Materia está muerta!’. Vino alguien que dijo: «Beberéis
veneno y no os causará daño.” Y también: «La vida saldrá de la muerte”, y, finalmente, pronunciando la palabra
definitiva de mi liberación: «Este es mi Cuerpo.”
No, la pureza no consiste en la separación, sino en una penetración más profunda del Universo. Consiste en el
amor de la única Esencia, incircunscrita, que penetra y actúa en todas las cosas por dentro, más allá de la zona
mortal en que se agitan las personas y los números.
Radica en un casto contacto con aquel que es «el mismo en
todos”.
¡Qué hermoso es el Espíritu cuando se eleva adornado con las riquezas de la Tierra!
¡Báñate en la Materia, hijo del Hombre! ¡Sumérgete en ella, allí donde es más impetuosa y más profunda!
¡Lucha en su corriente y bebe sus olas! ¡Ella es quien ha mecido en otro tiempo tu inconsciencia; ella te llevará
hasta Dios!”
En medio del huracán, el Hombre volvió la cabeza por ver si encontraba a su compañero.
Y en ese momento se dio cuenta de que detrás de él, en virtud de una extraña metamorfosis, la Tierra huía y
se agrandaba.
La Tierra huía, porque aquí, precisamente por encima de él, los insignificantes detalles del suelo se
empequeñecían y se esfumaban; ahora bien, eso no obstante, se agrandaba, por allá a lo lejos, el círculo del
horizonte ascendía, ascendía continuamente…
El Hombre se vio en el centro de una copa inmensa, cuyos bordes se cerraban en torno a él.
Entonces la fiebre da la lucha sustituyó en su corazón a una irresistible pasión de
sufrir,
y descubrió, en un
destello, siempre presente en torno a él,
al Único Necesario.
Comprendió, para siempre, que el Hombre, lo mismo que el átomo, no tiene valor más que en la parte de sí
mismo que pasa al Universo.
Vive, con una evidencia absoluta, la vacía fragilidad de las más hermosas teorías comparadas con la plenitud
definitiva del menor
fiat,
tomado en su realidad concreta y total.
Contempló, con una claridad despiadada, la despreciable pretensión de los Humanos por arreglar el Mundo,
por imponerle sus
dogmas, sus medidas y sus convenciones.
Saboreó, hasta la náusea, la banalidad de sus goces y de sus penas, el mezquino egoísmo de sus
preocupaciones, la insipidez de sus pasiones, la disminución de su poder de sentir.
Tuvo compasión de quienes se azaran ante un siglo, o que no saben amar nada fuera de su país.
Tantas cosas que le habían turbado o rebelado en
otras ocasiones, los discursos y los juicios de los doctores,
sus afirmaciones y sus prohibiciones prohibir al Universo que se mueva…
Todo eso le pareció ridículo, inexistente, comparado con la Realidad majestuosa, desbordante de Energía
que se revelaba ante él, universal en su presencia, inmutable en su verdad, implacable en su desarrollo,
inalterable en su serenidad, maternal y segura en su protección.
Había, pues, encontrado, ¡al fin!,
un punto de apoyo
y un recurso
fuera
de la sociedad!
Un pesado manto cayó de sus hombros y resbaló por detrás de él: el peso de lo que hay de falso, de estrecho,
de tiránico, de
artificial,
de
humano
en la Humanidad.
Una oleada de triunfo liberó su alma.
Y sintió que ya nada en el Mundo podría apartar su corazón de la Realidad superior que se le presentaba,
nada; ni los Hombres, en lo que tienen de intrusivo y de individual (porque les despreciaba así), ni el Cielo y la
Tierra, en su altura, su anchura, su profundidad, su potencia (ya que precisamente a ellas se entregaba para
siempre).
Acababa de operarse en él una profunda renovación. de tal forma que ya no le era posible, ahora, ser Hombre
más
que en otro plano.
Si ahora volviese a
bajar
a la Tierra común —aunque fuese cerca del compañero fiel que ha quedado
prosternado, allá abajo, sobre la arena desierta—, sería ya
un extranjero.
Sí, tenía conciencia de ello: incluso para sus hermanos en Dios, mejores que él, hablaría inevitablemente una
lengua incomprensible; él, a quien el Señor había decidido a emprender el camino del Fuego. Incluso para
aquellos a quienes más amaba, su afecto sería una carga, porque le verían buscando inevitablemente
algo detrás
de ellos.
Desde el momento en que la Materia, despojándose de su velo de agitación y de multitud, le descubrió su
gloriosa unidad, entre los demás y él existía ya un caos. Desde el momento en que había para siempre desligado
su corazón de todo lo que es local,
individual,
fragmentario, sólo ella, en su totalidad, sería en adelante su padre,
su madre, su familia, su raza, su única y ardiente pasión.
Y nadie en el mundo podría nada contra él.
Apartando resueltamente los ojos de lo que huía, se abandonó, con una fe desbordante, al soplo que
arrebataba el Universo.
Ahora bien, he aquí que en el seno del torbellino una luz creciente que tenía la dulzura y la movilidad de una
mirada… Se difundía un calor que no era ya la dura irradiación de un hogar, sino la rica emanación de una
carne… La inmensidad ciega y salvaje se hacia expresiva, personal. Sus capas amorfas se plegaban siguiendo los
rasgos de un rostro inefable.
Por todas partes se dibujaba un Ser, seductor como un alma, palpable como un cuerpo, vasto como el cielo,
un Ser entremezclado con las cosas aun cuando distinto de ellas, superior a la sustancia de las cosas, con la que
estaba revestido, y,
sin embargo, adoptando una figura en ellas…
El Oriente nacía en el corazón del Mundo.
Dios irradiaba en la cúspide de la Materia, cuyas oleadas le traían el Espíritu.
El Hombre cayó de rodillas en el carro de fuego que le arrebataba.
Y dijo esto:
HIMNO A LA MATERIA
Bendita seas tú, áspera Materia, gleba estéril, dura roca, tú que no cedes más que a la violencia y nos obligas a
trabajar si queremos comer.
Bendita seas, peligrosa Materia, mar violenta, indomable pasión, tú que nos devoras si no te encadenamos.
Bendita seas, poderosa Materia, evolución irresistible, realidad siempre naciente, tú que haces estallar en cada
momento nuestros esquemas y nos obligas a buscar cada vez más lejos la verdad.
Bendita seas, universal Materia, duración sin límites, éter sin orillas, triple abismo de las estrellas, de los átomos
y de las generaciones, tú que desbordas y disuelves nuestras estrechas medidas y nos revelas las
dimensiones de Dios.
Bendita seas, Materia mortal, tú que, disociándote un día en nosotros, nos introducirás, por fuerza, en el corazón
mismo de lo que es.
Sin ti, Materia, sin tus ataques, sin tus arranques, viviríamos inertes, estancados, pueriles, ignorantes de nosotros
mismo y de Dios. Tú que castigas y que curas, tú que resistes y que cedes, tú que trastruecas y que
construyes, tú que encadenas y que liberas, savia de nuestras almas, mano de Dios, carne de Cristo,
Materia, yo te bendigo.
Yo te bendigo, Materia, y te saludo, no como te describen, reducida o desfigurada, los pontífices de la ciencia y
los predicadores de la virtud, un amasijo, dicen de fuerzas brutales o de bajos apetitos, sino como te me
apareces hoy,
en tu totalidad y tu verdad.
Te saludo, inagotable capacidad de ser y de transformación en donde germina y crece la sustancia elegida.
Te saludo, potencia universal de acercamiento y de unión mediante la cual se entrelaza la muchedumbre de las
mónadas y en la que todas convergen en el camino del Espíritu.
Te saludo, fuente armoniosa de las almas, cristal límpido de donde ha surgido la nueva Jerusalén.
Te saludo, medio divino, cargado de poder creador, océano agitado por el Espíritu, arcilla amasada y animada
por el Verbo encarnado.
Creyendo obedecer a tu irresistible llamada, los hombres se precipitan con frecuencia por amor hacia ti en el
abismo exterior de los goces egoístas.
Les engaña un reflejo o un eco.
Lo veo ahora.
Para llegar hasta ti, Materia, es necesario que, partiendo de un contacto universal con todo lo que se mueve aquí
abajo, sintamos poco a poco cómo se desvanecen entre nuestras manos las formas particulares de todo lo
que cae a nuestro alcance, hasta que nos encontremos frente a
la única esencia
de todas las consistencias y
de todas las uniones.
Si queremos conservarte, hemos de sublimarte en el dolor después de haberte estrechado voluptuosamente entre
nuestros brazos.
Tú, Materia, reinas en las serenas alturas en las que los santos se imaginan haberte dejado a un lado; carne tan
transparente y tan móvil que ya no te distinguimos de un espíritu.
¡Arrebátanos, oh, Materia, allá arriba, mediante el esfuerzo, la separación y la muerte; arrebátame allí en donde
al fin sea posible abrazar castamente al Universo.
Abajo, en el desierto, que ha vuelto a conocer la calma, alguien lloraba: “¡Padre mío, Padre mío! ¡Un viento
alocado se lo ha llevado!”
Y en el suelo yacía un manto.
Jersey, 8 de agosto 1919 (*)
(*) Fuente:
Himno del Universo
, de Pierre Teilhard de Chardin (Ed. Trotta). También recomendamos la
lectura de las otras obras fundamentales de Teilhard de Chardin:
El Fenómeno humano
,
El medio divino
,
Génesis de un pensamiento o el porvenir del hombre
.
IV – PENSAMIENTOS ESCOGIDOS
Por Fernande Tardivel
IV.1 – PRESENCIA DE DIOS EN EL MUNDO
I
Oremos.
¡OH, CRISTO JESÚS!,
en tu benignidad
y en tu Humanidad sustentas verdaderamente toda la implacable
grandeza del Mundo. Y
en virtud de todo eso, en virtud de esa inefable síntesis, realizada en Ti, de todo lo que
nuestra experiencia y nuestro pensamiento no se hubiesen atrevido jamás a reunir para adorarlo: el Elemento y
la Totalidad , la Unidad y la Multitud, el Espíritu y la Materia. lo Infinito y lo Person al, en v irtud de lo s conto r-
nos indefinibles que esa complejidad confiere a tu Figura y a tu Acción, mi corazón, enamorado de las
realidades cósmicas, se entrega apasionadamente a Ti.
Te amo, Jesús, por la Multitud que se refugia en Ti y a la que se oye bullir, orar, llorar juntamente con todos
los demás seres…, cuando uno se aprieta contra Ti.
Te amo por la trascendente e inexorable fijeza de tus designios, en virtud de la cual tu dulce amistad se
matiza de inflexible determinismo y nos envuelve sin remisión entre los pliegues de su voluntad.
Te amo como la Fuente, el Medio activo y vivificante, el Término y la Solución del Mundo, incluso natural, y
de su Porvenir.
Centro en donde todo se concentra y que se extiende a todas las cosas para atraerlas hacia sí, te amo por las
prolongaciones de tu Cuerpo de tu Alma en toda la Creación, por medio de la Gracia, de la Vida, de la Materia.
Jesús, dulce como un Corazón, ardiente cuino una Fuerza, íntimo como una Vida; Jesús, en quien puedo
fundirme, con quien debo dominar y liberarme, te amo como un Mundo, como el Mundo que me ha seducido, y
eres Tú, ahora me doy cuenta de ello, a quien los hombres, mis hermanos, incluso los que no creen, sienten y
persiguen a través de la magia del gran Cosmos.
Jesús, centro hacia el que todo se mueve, dígnate disponernos, a todos, si es posible, un
lugar
entre las
mónadas elegidas y santas que, desprendidas una a una del caos actual con tu gran solicitud, se suman
lentamente a Ti en la unidad de la Tierra nueva.
II
LAS PRODIGIOSAS DURACIONES
que preceden a la primera Navidad no están vacías de Cristo, sino
penetradas de su influjo poderoso. El bullir de su concepción es el que remueve las masas cósmicas y dirige las
primeras corrientes de la biosfera. La preparación de su alumbramiento es la que acelera los progresos del
instinto y la eclosión del pensamiento sobre la Tierra. No nos escandalicemos tontamente de las esperas
interminables que nos ha impuesto el Mesías. Eran necesarios nada menos que los trabajos tremendos y anóni-
mos del Hombre primitivo, y la larga hermosura egipcia, y la espera inquieta de Israel, y el perfume lentamente
destilado de las místicas orientales, y la sabiduría cien veces refinada de los griegos para que sobre el árbol de
José y de la Humanidad pudiese brotar la Flor. Todas estas preparaciones eran cósmicamente, biológicamente,
necesarias para que Cristo hiciera su entrada en la escena humana.
Y
todo este trabajo estaba maduro para el
despertar activo y creador de su alma en cuanto este alma humana había sido elegida para animar al Universo.
Cuando Cristo apareció entre los brazos de María, acababa de revolucionar el Mundo.
III
SEMEJANTE A UN RÍO que se empobrece gradualmente y luego desaparece en un cenegal, cuando llega a
su origen, el ser se atenúa, luego se desvanece, mientras intentamos dividirlo cada vez más minuciosamente en
el espacio o, lo que es lo mismo, hundirlo cada vez más en el tiempo. La magnitud del río se comprende en su
estuario, no en su hontanar. El secreto del hombre, análogamente, no se halla en los estadios ya superados de su
vida embrionaria (ontogénica o filogénica); está en la naturaleza espiritual del alma. Ahora bien, este alma, toda
síntesis en su actividad, escapa a la Ciencia, que tiene por esencia analizar las cosas en sus elementos y en sus
antecedentes materiales. Sólo pueden descubrirla los sentidos íntimos y la reflexión filosófica.
Se engañan por completo quienes imaginan materializar al Hombre al hallarle raíces cada vez más numerosas
y profundas hundidas en la Tierra. Lejos de suprimir el espíritu, lo mezclan al mundo como un fermento. No
hagamos el juego a estas gentes creyendo, como ellos, que para que un ser venga del cielo es necesario que
ignoremos las condiciones temporales de su origen.
IV
CUANDO TU PRESENCIA,
Señor, me hubo inundado de su luz, quise encontrar en Ella la Realidad tan-
gible por excelencia.
Ahora que ya te poseo, Consistencia suprema, y que me siento llevado por Ti, me doy cuenta de que el fondo
secreto de mis deseos no era abrazar, sino ser poseído.
No ha sido como un rayo ni como una sutil materia, sino como Fuego, como yo te deseo, y como te he
adivinado, en la intuición del primer encuentro. No encontraré reposo, me doy perfecta cuenta de ello, más que
si una influencia activa procedente de Ti cae sobre mí para transformarme…
¡He aquí el Universo ardiente!
Que las profundidades astrales se dilaten, pues, en un receptáculo cada vez más prodigioso de soles reunidos.
Que las radiaciones prolonguen sin término, por ambas partes del espectro, la gama de sus matices y de su
penetración.
Que la vida extraiga a mayor profundidad toda-vía la savia que circula por sus innumerables ramas…
Que nuestra percepción se acreciente sin fin con las potencias secretas que duermen, y con las infinitamente
pequeñas que bullen, y con las inmensidades que se nos escapan porque no vemos más que un punto de ellas.
El místico saca una alegría sin mezcla de todos estos descubrimientos, cada uno de los cuales le sumerge un
poco más en el Océano de Energía. Porque jamás se sentirá lo suficientemente dominado por las Potencias de la
Tierra y de los Aires para verse subyugado por Dios en la medida de sus deseos.
Dios, sólo Dios, en efecto, agita con su Espíritu la masa del Universo en fermentación.
V
UN SONIDO PURÍSIMO
se ha elevado a través del silencio; una franja de color límpido se ha dibujado
sobre el cristal; una luz se ha fijado en el fondo de los ojos que yo amo…
Eran tres cosas pequeñas y breves: un cántico, un rayo, una mirada…
He creído también al principio que penetraban en mí para quedarse y para perderse en mí.
Pero en lugar de eso, han sido ellas las que me han poseído y dominado…
Porque el lamento del aire, el matiz del éter, la expresión del alma no eran tan sostenidas y tan rápidas más
que para introducirse cada vez más profundamente en mi ser, allí donde las facultades del hombre están tan
estrechamente agrupadas que no constituyen más que un punto. Mediante la punta afilada de las tres flechas con
que me ha asaeteado, el Mundo mismo ha hecho irrupción en mí y me ha secuestrado…
Nos imaginamos que por medio de la sensación el Exterior viene humildemente hacia nosotros para
constituirnos y servirnos. Ahora bien, esto no es más que la superficie del misterio del Conocimiento. Cuando el
Mundo se nos manifiesta, es él en realidad el que nos acoge en sí y nos hace fluir hacia Algo de sí mismo, que
está por todas partes en él y que es más perfecto que él.
El hombre, absorbido por las exigencias de la vida práctica, el hombre exclusivamente positivo, rara vez, o
apenas, percibe esta segunda fase de nuestras perfecciones, esa fase en que el Mundo, que ha penetrado, se retira
de nosotros arrebatándonos. Es medianamente sensible a la aureola emotiva, invasora, mediante la cual se nos
descubre, en
todo
contacto, lo único Esencial del Universo.
VI
COMO EL BIÓLOGO
materialista que quiere suprimir el alma al demostrar los mecanismos físico-químicos
de la célula viviente, los zoólogos han creído que inutilizaban a la Causa primera al descubrir un poco mejor la
estructura de su obra. Es hora de dejar un poco de lado un planteamiento del problema tan absurdo. No; el
transformismo científico, estrictamente hablando, no prueba nada en favor o en contra de Dios. No hace sino
recoger el hecho de un encadenamiento en lo real. Nos presenta una anatomía, y en modo alguno una razón
última de la vida. Afirma: “Algo se ha organizado, algo ha crecido.” Pero es incapaz de discernir las condiciones
últimas de este crecimiento. Decidir si el movimiento evolutivo es intelig ente en sí o si exige, por parte de un
motor primero, una creación progresiva y continua, es un problema que atañe a la Metafísica.
El Transformismo, es fuerza repetirlo sin tregua, no impone filosofía alguna. ¿ Quiere esto decir que no
insinúa ninguna por su parte? No, ciertamente. Pero aquí resulta curioso observar que los sistemas de
pensamiento que mejor se acomodan con él son precisamente, acaso, aquellos que se creía eran los más
amenazados. El Cristianismo, por ejemplo, se halla fundado esencialmente sobre la doble creencia de que el
hombre es un objeto especialmente continuado por el poder divino a través de la creación,
y
qu e Cristo es el
término sobrenatural, pero, físicamente, asignado a la consumación de la Humanidad. ¿Puede pedirse una visión
experimental de las cosas más en consonancia con estos dogmas de unidad que aquella en. que descubrimos
seres vivientes no artificialmente yuxtapuestos los unos a los otros para un discutible fin de utilidad o de placer,
sino ligados, a título de condiciones físicas, los unos a los otros en la realidad de un mismo esfuerzo hacia más
ser?…
VII
ALLÍ DONDE LA PRIMERA MIRADA
de nuestros ojos no percibe más que una distribución incoherente
de altitudes, de tierras y de aguas, hemos llegado a unir una red sólida de auténticas relaciones. Hemos animado
la tierra al comunicarle algo de nuestra unidad.
Ahora bien, he aquí que, por un rebrote fecundo, esta vida, que nuestra inteligencia ha infundido a la mayor
masa material que nos haya sido dado tocar, tiende a resurgir en nosotros bajo una forma nueva. Tras haber
dado, en nuestra visión, su “personalidad” a la tierra de piedra y de hierro, sentimos un deseo contagioso de
construir en nosotros mismos, a nuestra vez, con la suma de nuestras almas, un edificio espiritual tan vasto
como el que contemplamos salido del trabajo de las causas geológicas. En torno a la esfera rocosa cuyas
vicisitudes había descrito tan magistralmente Suess—recordado ya al comienzo de estas líneas—, señala que se
extiende una capa auténtica de materia animada, la capa de los vivientes y de los humanos, la biosfera. El gran
valor educativo de la geología es que al descubrirnos una tierra auténticamente
una,
una tierra que no forma sino
un solo cuerpo, puesto que sólo tiene un rostro, nos recuerda las posibilidades de organización cada vez mayores
que hay en la zona de pensamiento que envuelve al mundo. En verdad, no es posible fijar habitualmente la
mirada sobre los grandes horizontes descubiertos por la ciencia sin que un deseo oscuro surja entre los hombres:
el anhelo de ligarse entre sí por una simpatía y un conocimiento mutuo crecientes, hasta que, bajo efectos de
alguna atracción divina, no existan más que un solo corazón y un alma sola sobre la faz de la tierra.
VIII
OBSERVADO DE UNA MANERA CORRECTA,
aunque no fuera más que en un solo punto, un fenómeno
tiene necesariamente, en virtud de la unidad fundamental del Mundo, un valor y unas raíces ubicuistas. ¿Hacia
dónde nos conduce esta regla si la aplicamos al caso del self-conocimiento humano?
"La conciencia no aparece con evidencia total más que en el Hombre—nos sentíamos tentados a exclamar—,
y, por tanto, se trata de un caso aislado, que no interesa a la Ciencia.
"La conciencia aparece con evidencia en el Hombre —debemos afirmar, corrigiéndonos—, y, por tanto,
entrevista en este único relámpago, tiene una extensión cósmica y, como tal, se aureola de prolongaciones
espaciales y temporales indefinidas.”
Esta conclusión resulta grávida en consecuencias. Y, sin embargo, me siento incapaz de ver cómo, en buena
analogía con todo el resto de la Ciencia, podríamos sustraernos a ella.
En el fondo de nosotros mismos, sin discusión posible, se nos presenta, a través de una especie de desgarro,
un interior en el corazón mismo de los seres. Ello es suficiente para que, en uno u otro grado, este “interior" se
nos imponga como existente en todas partes y desde siempre en la Naturaleza. Dado que en un punto
determinado de ella misma la trama del Universo posee una cara interna, resulta indiscutible que es bifaz por
estructura, es decir, en toda región del espacio y del tiempo, de la misma manera que es, por ejemplo, granular:
coextensivo a su Exterior, existe un Interior de las Cosas.
IX
EJERCITÉMONOS
hasta la saciedad sobre esta verdad fundamentalísima hasta que nos sea tan familiar
como la percepción del relieve o la lectura de las palabras. Dios, en lo que tiene de más viviente
y
de más
encarnado, no se halla lejos de nosotros, fuera de la esfera tangible, sino que nos espera a cada instante en la
acción, en la obra del momento. En cierto modo, se halla en la punta de mi pluma, de mi pico, de mi pincel, de
mi aguja, de mi corazón y de mi pensamiento. Llevando hasta su última terminación el rasgo, el golpe, el punto
en que me ocupo, aprehenderé el Fin último a que tiende mi profunda voluntad. Como estas temibles energías
físicas que el Hombre llega a disciplinar hasta lograr que realicen prodigios de delicadeza, el enorme poder del
atractivo divino se aplica a nuestros frágiles deseos, a nuestros microscópicos objetos, sin romper su punta. Es
exultante; por tanto, introduce en nuestra vida espiritual un principio superior de unidad, cuyo efecto específico
es, con arreglo al punto de vista que se adopte, santificar el esfuerzo humano o humanizar la vida cristiana.
X
SÍ, DIOS MÍO
,
lo creo, y lo creo tanto más gustosamente cuanto que en ello no se juega sólo mi tranquilidad,
sino mi realización; eres Tú quien está en el origen del impulso y en el término de esa atracción, a la cual,
durante toda mi vida, no hago en todo caso sino favorecer en su impulso primero y en sus desarrollos. Y eres Tú
también quien vivifica para mí, con tu omnipresencia (mucho mejor que lo hace mi espíritu por la Materia que
anima), las miríadas de influencias de que en todo instante soy objeto. En la Vida que brota en mí, en esta
materia que me sostiene, hallo algo todavía mejor que tus dones: te hallo a Ti mismo; a Ti, que me haces
participar de tu Ser y que me moldeas. En verdad, en la regulación y modulación iniciales de mi fuerza vital, en
el juego favorablemente continuo de las causas segundas, toco en lo más cerca posible las dos fases de tu acción
creadora; me encuentro con tus dos maravillosas manos y las beso: la mano que aprehende tan profundamente
que llega a confundirse en nosotros con las fuentes de la Vida y la mano que abraza tan ampliamente que, a su
menor presión, los resortes todos del Universo se pliegan armoniosamente a un tiempo. Por su misma naturale-
za, estas felices pasividades, que son para mí la voluntad de ser, el gusto por ser esto o aquello y la oportunidad
de realizarme a mi gusto, se hallan cargadas de tu influencia, una influencia que pronto se me aparecerá más
distintamente como la energía organizadora del Cuerpo místico. Para comulgar contigo en estas pasividades,
con una comunión básica fontanal (la Comunión en las fuentes de la Vida), sólo he de reconocerte en ellas y que
permanezcas en ellas más y más.
XI
SÓLO GRADUALMENTE VA ADQUIRIENDO EL MÍSTICO CONCIENCIA de la facultad que ha
recibido para distinguir la franja indefinida y común de las cosas con más intensidad que su núcleo individual y
preciso.
Durante mucho tiempo, creyéndose semejante a los demás hombres, trata de ver como ellos, de hablar su
lenguaje, de sacarle gusto a las alegrías que les satisfacen.
Durante mucho tiempo, con el fin de aquietar la misteriosa necesidad de una plenitud cuyo influjo le asedia,
trata de derivarla hacia algún objeto particularmente estable o precioso, al que, en medio de los goces
accesorios, se aferran la sustancia y la plenitud de su delectación.
Durante mucho tiempo pide a las maravillas del arte la exaltación que da acceso a la zona, su zona propia, de
lo extrapersonal y de lo suprasensible, y trata de hacer palpitar, en el Verbo Desconocido de la Naturaleza, la
Realidad superior que le llama por su nombre…
Feliz quien no haya logrado sofocar su visión… Feliz quien no sienta temor a interrogar apasionadamente
sobre su Dios, y sobre las Musas, y sobre Cibeles…
Pero feliz, sobre todo, quien, superando el diletantismo del arte y el materialismo de las capas inferiores de la
Vida, haya oído que los seres le responden, uno a uno y todos en conjunto: “Lo que tú has visto pasar, como un
Mundo, detrás del cántico, detrás del color, detrás de los ojos, no está aquí o allí: es una Presencia extendida por
todas partes. Presencia vaga todavía para tu vista débil, pero progresiva y profunda, en la que aspiran a fundirse
toda diversidad y toda impureza.
XII
PARA EL HUMANISMO CRISTIANO —fiel en esto a la más segura teología de la Encarnación— no existe
independencia actual ni discordancia, sino subordinación coherente entre la génesis de la Humanidad en el
Mundo y la génesis de Cristo, mediante su Iglesia, en la Humanidad. Inevitablemente, por razón de su
estructura, los dos procesos se hallan ligados entre sí, uno (el segundo) requiere el otro como materia sobre la
cual se posa para reanimarla. Desde este punto de vista se respeta totalmente la concentración progresiva,
experimental, del pensamiento humano en una conciencia cada vez más consciente de sus destinos unitarios.
Pero en lugar del vago hogar de convergencia que requiere como término a esta evolución, aparece y se instala
la realidad personal y definitiva del Verbo encarnado, en quien todo adquiere consistencia.
La Vida para el Hombre. El Hombre para Cristo. Cristo para Dios.
Y para asegurar la continuidad física, en todas sus fases, a este vasto desarrollo extendido a miriadas de
elementos diseminados en la inmensidad de los tiempos, un solo mecanismo: la educación.
Todas las líneas se unen y se completan y se engarzan. Todo constituye una sola cosa.
XIII
ENERGÍA MATERIAL Y ENERGÍA ESPIRITUAL, sin duda alguna, se sostienen y se prolongan una a otra
por medio de algo. En el fondo, de alguna manera, no debe haber actuando en el Mundo más que una Energía
única. Y la primera idea que nos viene a la mente es la de representarnos el “alma” como un foco de
transmutación, hacia el cual, a través de todas las avenidas de la Naturaleza, la fuerza convergería para
interiorizarse y sublimarse en belleza y en verdad.
Ahora bien, esta idea, tan seductora, de una transformación directa de una a otra de las dos Energías, debe
abandonarse ya, apenas entrevista. Y ello porque, tan claramente como su ligazón, se manifiesta su mutua
independencia en cuanto se intenta acoplarlas.
“Para pensar hay que comer”, insisto. Pero, como contrapartida, ¡cuántos pensamientos distintos nacidos del
mismo trozo de pan! Como las letras de un alfabeto, del cual pueden salir tanto la mayor incoherencia como el
más bello poema nunca oído, las mismas calorías parecen tan indiferentes como necesarias a los valores espiri-
tuales que alimentan.
XIV
PERO QUÉ SERÍA DE NUESTROS ESPÍRITUS, DIOS MÍO, si no tuvieran por alimento el pan de los
objetos terrestres, el vino de las bellezas creadas para embriagarlos, el ejercicio de las luchas humanas por
fortificarlos? ¡Qué menguadas energías, qué corazones exangües ofrecerían las criaturas, si llegaran a separarse
prematuramente del seno providencial en que las has situado! Señor, explícanos cómo, sin dejarnos seducir,
podemos mirar a la Esfinge. Sin sutilezas de doctrina humana, sino en el simple gesto concreto de tu inmersión
redentora, déjanos entender el misterio oculto, también aquí, en las entrañas de la muerte. Por la virtud de tu
dolorosa Encarnación, Señor, descúbrete, y enséñanos luego a captar celosamente, a través de Ti, la fuerza
espiritual de la materia.
XV
COMO ESAS MATERIAS TRASLÚCIDAS
que un rayo encerrado en ellas puede iluminar en bloque, para
el místico cristiano el Mundo aparece bañado por una luz interna que intensifica su relieve, su estructura y sus
profundidades. Esta luz no es el matiz superficial que puede captar un goce grosero. Tampoco es el brillo brutal
que destruye los objetos y ciega la mirada. Es el destello fuerte engendrado por la síntesis en Jesús de todos los
elementos del Mundo. Cuanto más acabados sean, con arreglo a su propia naturaleza, los objetos sobre que luce,
más próxima y sensible se hace esta irradiación, y cuanto más sensible se hace tanto más los objetos que baña
resultan claros en sus contornos y lejanos en su fondo.
XVI
AHORA BIEN, POR POCO QUE SE REFLEXIONE
a condición de qué puede emerger en el corazón hu-
mano este nuevo amor universal, tantas veces soñado en vano, pero que esta vez deja las zonas de la utopía pan
afirmarse, al fin, como posible y necesario, se percibe que: para que los hombres, sobre la Tierra, sobre toda la
Tierra, puedan llegar a amarse no basta con que los unos y los otros se reconozcan como siendo elementos de un
mismo
algo;
hace falta que al
“planetizarse”
tengan conciencia de que, sin confundirse, se hacen un mismo
alguien.
Porque (y esto se halla ya en todas las letras del Evangelio) no hay amor total más que de y en lo
personal.
Esto no es sino decir que, en fin de cuentas, la planetización de la Humanidad supone, para realizarse
correctamente, además de la Tierra que se aprieta, además del pensamiento humano que se organiza y se
condensa, todavía un
tercer
factor: me refiero a la ascensión en nuestro horizonte interior de un centro cósmico
psíquico,
de algún polo de conciencia suprema, hacia el que convergen todas las conciencias elementales del
mundo y en el que puedan amarse:
la ascensión de un Dios.
XVII
EN TODO INSTANTE,
por todos los resquicios, hace irrupción en ella la gran Cosa horrible, ésta que nos
esforzamos por olvidar, por no pensar que está siempre ahí, del otro lado del tabique: fuego, peste, tempestad,
terremoto, desencadenamiento de oscuras fuerzas morales, se llevan en un instante, y sin consideraciones, lo que
habíamos construido y ornado penosamente con toda nuestra inteligencia y nuestro corazón.
Dios mío, ya que por mi dignidad humana me está vedado cerrar los ojos sobre esto, como una bestia o como
un niño—para que no sucumba a la tentación de maldecir al Universo y a quien lo hizo—,
haz que lo adore
viéndote escondido en él.
Señor, repíteme la gran palabra liberadora, la palabra que a un mismo tiempo revela y
opera. Señor, “Hoc est Corpus meum”. En verdad, la Cosa enorme y sombría, el fantasma, la tempestad, si
queremos, eres Tú. “Ego sum, nolite timere.” Todo cuanto en nuestras vidas nos espanta, lo que a Ti mismo te
consterné en el Huerto, Señor, en el fondo no son más que Especies o apariencias, materia de un mismo
Sacramento.
Creamos y basta. Creamos con mayor fuerza y más desesperadamente cuanto que la Realidad parece más
amenazadora y más irreductible. Y, entonces, poco a poco, veremos al Horror universal distenderse para
sonreírnos primero y tomarnos en sus brazos más que humanos, luego.
No, no son los rígidos determinismos de la Materia y de los grandes números los que confieren al Universo su
consistencia: son las suaves combinaciones del Espíritu. El azar inmenso y la inmensa ceguera del Mundo sólo
son una ilusión para el que cree. “Fides, substantia rerum.”
XVIII
SEÑOR, TÚ ERES
quien ha penetrado en mi corazón, mediante el aguijón imperceptible de un encanto
sensible, para hacer que fluya su vida hacia Ti. Tú has descendido a mí a favor de una parcela pequeña de las
Cosas, y después, repentinamente, te has desplegado ante mis ojos como la Existencia Universal…
La intuición mística fundamental acaba de lograr el descubrimiento de una Unidad suprarreal, difusa en la
inmensidad del Mundo.
En el medio, a la vez divino y cósmico, en el que al principio no había visto más que una simplificación y
como una espiritualización del Espacio, el Vidente, fiel a su Luz, ve cómo se dibuja progresivamente la Forma y
los atributos de un
Elemento
último en el que cada cosa encuentra su Consistencia definitiva.
Y entonces comienza a medir con mayor exactitud las alegrías y la urgencia de la misteriosa Presencia a la
que se ha abandonado.
XIX
DIOS MÍO, HAZ QUE PARA MÍ
brille tu Rostro en la vida del Otro. Esta luz irresistible de tus ojos,
encendida en el fondo de las cosas, me ha lanzado ya sobre todo trabajo factible, sobre todo dolor a
experimentar. Dame, sobre todo, que pueda descubrirte en lo más íntimo, en lo más perfecto, en lo más
profundo del alma de mis hermanos.
El don que me reclamas para estos hermanos —el único don de que mi corazón es capaz— no es la ternura
colmada de estos afectos privilegiados que dispones en nuestras vidas como el factor creado más recio de
nuestro crecimiento interior, es algo menos dulce, pero tan real y aún más fuerte. Entre los Hombres y yo
quieres que, con ayuda de tu Eucaristía, aparezca la atracción fundamental (ya oscuramente presentida por todo
amor, en cuanto es fuerte) que misteriosamente convierte la miríada de las criaturas razonables en una especie
de mónada única en Ti, Jesucristo.
IV 2 – LA HUMANIDAD EN MARCHA
XX
EL MUNDO SE CONSTRUYE.
He aquí la verdad fundamental que es preciso comprender en primer lugar, y
comprender también que se convierte en una fuerza habitual y como natural de nuestros pensamientos. A
primera vista, corremos el riesgo de que los seres y sus destinos se nos aparezcan como distribuidos al azar, o, al
menos, de una manera arbitraria, sobre la superficie de la Tierra. Por un momento podríamos pensar que cada
uno de nosotros hubiera podido nacer
indiferentemente
más pronto o más tarde, aquí o allí, más felices o menos
afortunados: como si el Universo formase, desde el comienzo hasta el final de su historia, en el Tiempo y en el
Espacio, una especie de vasto jardín en el que las flores son intercambiables a voluntad del jardinero. Esta idea
no parece justa. Cuanto más se reflexiona, sirviéndose de todo lo que nos enseñan, cada una en su línea, la
ciencia, la filosofía y la religión, más se convence uno de que el Mundo debe compararse, no a un haz de
elementos artificialmente yuxtapuestos, sino más bien a algo así como un sistema organizado, animado de un
amplio movimiento de crecimiento que es peculiar suyo. Hay un plan de conjunto que parece estar realizándose
a nuestro alrededor en el curso de los siglos. Hay un plan en marcha en el Universo, un resultado en juego, que
no admite mejor comparación que con una gestación y un alumbramiento: el alumbramiento de la realidad
espiritual formada por las almas y por lo que ellas encierran en sí de materia. La Tierra nueva se concentra, se
desglosa y se purifica laboriosamente a través y a favor de la actividad humana. No, nosotros no somos
comparables a los elementos de un ramillete, sino a las hojas y a las flores de un gran árbol, sobre el que todo
aparece a su tiempo y en su lugar, a la medida
a los postulados del Todo.
y
XXI
EL SUFRIMIENTO HUMANO
la totalidad del sufrimiento diseminado en cada momento sobre la Tierra
,
entera, ¡qué inmenso océano! Pero, ¿de qué está formada esa masa? ¿De negruras, de lagunas, de
desperdicios?…
No, en absoluto, sino, repitámoslo, de
energía
posible. En el sufrimiento se oculta, con una
intensidad extrema, la fuerza ascensional del Mundo. Todo el problema radica en liberarla, infundiéndole la
conciencia de lo que significa y de lo que puede. ¡Ah! Qué salto hacia Dios daría el Mundo si todos los
enfermos a la vez fundiesen sus penas en un deseo común de que el Reino de Dios madurase rápidamente a
través de la conquista y la organización de la Tierra. Si todos los pacientes de la Tierra uniesen sus sufrimientos
para que el dolor del Mundo se convierta en un grande y único acto de conciencia, de sublimación y de unión,
¿no resultaría de ahí una de las formas más elevadas que podría revestir ante nuestros ojos la obra misteriosa de
la Creación?
XXII
para mejor abrazarte, que mi conciencia se haga tan vasta como los cielos, la tierra y los
DESEO, SEÑOR,
pueblos, tan profunda como el pasado, el desierto y el océano, tan sutil como los átomos de la materia y los
pensamientos del corazón humano…
¿No es preciso que yo me adhiera a Ti por medio de toda la extensión del Universo?…
Para que yo no sucumba a la tentación que acecha tras de cada acto de intrepidez, para que no olvide que Tú
eres lo
único
que se debe buscar a través de todo, habrás de enviarme, en los momentos que Tú sabes, la
privación, las decepciones, el dolor. El objeto de mi amor declinará o habré de superarle.
La flor que yo sostenía se ha marchitado en mis manos…
El muro se ha levantado delante de mí, a la vuelta del sendero…
La maleza ha surgido entre los árboles del bosque que yo creía interminable…
Ha llegado la prueba…
… Y yo no he estado definitivamente triste… Al contrario, una alegría insospechada y gloriosa ha hecho
irrupción en mi alma…, porque, en esa quiebra de los soportes inmediatos que yo había dado arriesgadamente a
mi vida, ha experimentado, de una manera única, que no descansaba más que en tu consistencia.
XXIII
EL
en nuestra alma de la Vida
sobrenatural
(fundada sobre la espiritualización
natural
del
DESARROLLO
Mundo por el esfuerzo humano) es, en definitiva,
el terreno en que se ejerce positivamente, y
sin limitaciones
conocidas, la virtud operante de la Fe.
En el Universo, el Espíritu, y en el Espíritu, la región
moral,
son por excelencia el sujeto
actual
del desarrollo
de la Vida. Ahí es, en esa médula plástica de nosotros mismos, donde la gracia divina se suma a los impulsos de
la Tierra, hacia donde hay que conducir vigorosamente el poder de la Fe.
Ahí es, sobre todo, donde la Energía creadora nos espera, seguramente, pronta a transformarnos más allá de
todo lo que el ojo humano ha visto jamás o escuchado su oído. ¿Quién puede adivinar lo que Dios haría de
nosotros si tuviésemos el valor de seguir, fiados en su palabra, hasta el límite de sus consejos y entregamos en
manos de la Providencia?…
¡Por amor a nuestro Creador y al Universo, arrojémonos sin titubeos en la fosa del Mundo por venir!
En resumen, se ve claro que hay tres características en el logro cristiano tal como lo consigue la Fe:

Se produce sin deformar ni romper ningún determinismo en particular, puesto que los acontecimientos no
son desviados (en general) de su curso por la oración, sino integrados en una nueva combinación del conjunto.
No se manifiesta necesariamente en el plano del logro humano natural, sino en el orden de la santificación

sobrenatural.
Tiene a Dios
realmente
por Agente principal, Fuente y Medio de sus desarrollos.

Sin esta triple reserva que la distingue claramente de la Fe natural en su modo de acción, la Fe cristiana se
nos presenta como una “Energía cósmica” extraordinariamente realista y comprensiva.
XXIV
EN EL SENO DE UN UNIVERSO
de estructura convergente, el único modo posible que tiene un elemento
de acercarse a los elementos vecinos es
apretar el cono,
es decir, hacer que se mueva en dirección a la cima la
capa entera del Mundo en que se halla comprometido. En este sistema es imposible amar al prójimo sin
acercarse a Dios, y recíprocamente también, además (esto ya lo sabíamos). Pero es también imposible (esto ya
es más nuevo) amar, sea a Dios, sea al prójimo, sin hacer que progrese en su totalidad física la síntesis terrestre
del Espíritu: puesto que son precisamente los progresos de esta síntesis los que nos permiten acercamos entre
nosotros, al mismo tiempo que nos hacen subir hacia Dios. Porque amamos, para amar más nos vemos
felizmente reducidos a participar, más y mejor que nadie, en todos los esfuerzos, en todas las inquietudes, en
todas las aspiraciones y asimismo en todos los afectos de la Tierra
en la medida en que todas estas cosas
contienen un principio de ascensión y de síntesis.
El d esprendimiento cristiano subsiste totalmente en esta actitud engrandecida. Pero en vez de “dejar atrás”,
arrastra; en vez de cortar, empina: no más ruptura, sino travesía; no más evasión, sino emergencia. La caridad,
sin dejar de ser ella misma, se expande como una fuerza ascensional, como una esencia común, en el corazón de
todas las formas de la actividad humana, cuya diversidad tiende luego a sintetizarse en la rica totalidad de una
operación única. Como Cristo mismo, y a su imagen,
se universaliza, se dinamiza,
y por eso mismo, se
humaniza.
En resumen, para casar con la nueva curvatura adoptada por el Tiempo, el Cristianismo se ve llevado a
descubrir
por debajo de Dios
los valores del Mundo, mientras que el Humanismo se ve llevado a descubrir
por encima del Mundo
el lugar de un Dios.
XXV
LA ALEGRÍA
consiste, sobre todo, en haber encontrado al fin un Objeto universal y sólido al cual referir, y
como incrustar, las felicidades fragmentarias cuya posesión sucesiva y fugaz irrita el corazón sin satisfacerle.
Más que nadie es el místico quien sufre por la
pulverulencia
de los seres. Instintivamente, obstinadamente,
busca lo estable, lo inalterable, lo absoluto…
Por todas partes domina el desmenuzamiento, signo de lo corruptible y de lo precario. Y por todas partes, sin
embargo, el rastro y la nostalgia de un Soporte único y de un Alma absoluta, de una Realidad sintética, que
fuese tan estable
universal como la Materia, tan simple como el Espíritu.
y
Es necesario haber experimentado profundamente la pena de verse sumergido en lo múltiple, que revolotea y
se esfuma entre nuestros dedos. para merecer gustar el entusiasmo que se apodera del alma cuando ve, bajo la
acción de la Presencia universal, que lo Real se ha hecho no sólo transparente, sino
sólido.
Ahora ya el principio
in. corruptible del Cosmos ha sido hallado, se ha derramado por todas partes.
El Mundo está lleno,
y está lleno
de lo Absoluto. ¡Qué liberación!
XXVI
Domine, advesperascit”
“MANE NOBISCUM,
“ .
Asimilar, utilizar, la
sombra
de la edad; debilitamiento, aislamiento, más horizonte por delante…
Encontrar en el Cristo Omega el medio de permanecer
joven
(alegre, entusiasta, emprendedor).
No confundir con la “prudencia” todo lo que no sería más que melancolía, indiferencia, desilusión.
Hacer un sitio, y un sitio
elevante,
al fin que se aproxima, y al declinar (dentro de los límites queridos por
Dios).
Estar pronto” me ha parecido siempre que no significaba otra cosa que esto: “Estar inclinado hacia

adelante”…
Que el Cristo Omega me conserve
joven
(A. M. D. G.)
(juventud succionada en el Cristo Omega: ¡la mejor
1 2
de las “apologéticas”!):
1° Porque la edad, la vejez, proviene de Él;
2° Porque la edad, la vejez, conduce a Él;

Porque la edad, la vejez, no me afectará más que medida por Él.
“Jov en”: optimista, activo, sonriente; clarividente.
Aceptar la muerte tal como me llegue en el Cristo Omega (es decir, evolutivamente)…
Sonrisa (interna y externa) es dulzura frente a lo que llega.
¡Jesús-Omega, haz que yo
te sirva,
que te proclame, que te glorifique, que te testifique hasta el final, durante
todo el tiempo que me quede de vida, y, sobre todo, con mi
fin!…
Te confío, Jesús, desesperadamente mis últimos años activos, mi muerte: que no logren debilitar lo que tanto
he deseado terminar para Ti…
¡Gracia de terminar
bien,
de la manera más eficiente para el prestigio de Cristo Omega!… La gracia de las
gracias.
Existencia dominada por la pasión única de promover la Síntesis Cristo y Universo. Amor, por consiguiente,
a los dos (más especialmente al Cristo-Iglesia, Eje supremo)…
La Comunión por la Muerte (la Muerte-Comunión)…
Lo que llega, finalmente: Lo adorable.
Voy al encuentro de Aquel que viene.
XXVII
A MUCHA GENTE LE PARECE
que la superioridad del espíritu no se salvará si su primera manifestación
no viniera acompañada de alguna interrupción aportada a la marcha ordinaria del Mundo. Justamente porque es
espíritu, debería decirse más bien: su aparición debió tomar la forma de un coronamiento o de una eclosión.
Pero dejemos a un lado toda consideración sistemática. ¿ Es que cada día no se “crea” una masa de almas huma-
nas en el curso de una embriogénesis a lo largo de la cual no hay observación científica posible que sea capaz de
captar la menor ruptura en el encadenamiento de los fenómenos biológicos? Tenemos aquí, a la vista,
cotidianamente, el ejemplo de una creación absolutamente imperceptible, inasible para la pura ciencia. ¿Por qué
levantar tantas dificultades cuando se trata del primer hombre? Evidentemente, no es mucho más difícil re-
presentamos la aparición de la “reflexión” a lo largo de un
phylum
formado por individuos diferentes que a lo
largo de una serie de estados atravesados por el mismo embrión. Pero desde el punto de vista de la acción
creadora, considerada en su relación con los fenómenos, el caso de la ontogénesis es el mismo que el de la
filogénesis. Por qué no admitir, por ejemplo, que la acción absolutamente libre y especial por la que el Creador
ha querido que la Humanidad coronase su obra ha influencia, ha preorganizado tan bien la marcha del Mundo
antes del Hombre, que éste nos aparece ahora (consecuentemente por decisión del Creador) como el fruto
naturalmente esperado por los desarrollos de la vida. “Omnia propter hominem.”
XXVIII
SI EN EL ÁRBOL DE LA VIDA
los Mamíferos constituyen una Rama maestra, la Rama maestra, los
Primates, es decir, los cerebromanuales, son la flecha de esta Rama, y los Antropoides el mismo brote en que
termina esta flecha.
Añadiremos ahora que desde entonces es fácil decidir en qué punto de la Biosfera deben detenerse nuestros
ojos en espera de lo que tiene que llegar. Por todas partes, según sabíamos ya, las líneas filéticas activas, en su
cima, se iban calentando de consciencia. Sin embargo, en una región muy determinada, en el centro de los
Mamíferos, allí en donde se forman los más poderosos cerebros jamás construidos, estas líneas se ponen al rojo.
E incluso en el corazón de esta zona se alumbra ya un punto de incandescencia.
No perdamos de vista ahora esta línea que se empurpura de aurora.
Después de haber ascendido durante millares de años por el horizonte sobre un punto estrictamente
localizado, una llama va a brotar.
¡El Pensamiento está ahí!
XXIX
EL SER REFLEXIVO
en virtud de su repliegue sobre sí mismo, se hace bruscamente susceptible de
,
desarrollarse en una nueva esfera. En realidad, es otro mundo el que nace. Abstracción, lógica, elección e
invenciones razonadas, matemáticas, arte, percepción calculada del espacio y de la duración, ansiedades y
sueños de amor… Todas estas actividades de la vida interior no son más que la efervescencia del centro
nuevamente constituido explotando sobre sí mismo.
Una vez sentado esto, he aquí mi pregunta. Si, como se sigue de lo que precede, es el hecho de hallarse
“reflexionado” lo que hace al ser verdaderamente “inteligente”, ¿podemos dudar seriamente de que la
inteligencia sea el atributo evolutivo del hombre y de sólo él? ¿Y podemos, en consecuencia, dudar en
reconocer, por no sé qué falsa modestia, que su posesión no representa para el Hombre un avance radical sobre
toda la Vida anterior a él? El animal sabe no lo dudamos. Pero ciertamente no sabe que sabe; de otra manera,
hace tiempo que hubiera multiplicado las invenciones y desarrollado un sistema de construcciones internas que
no podrían escapar a nuestra observación. Por consiguiente, un sector de lo Real le está cerrado, un sector dentro
del cual nos movemos nosotros, pero en el cual él no podría entrar. Un foso—o un umbral—infranqueable para
él nos separa. En relación con él, por el hecho de ser reflexivos, no sólo somos diferentes, sino otros. No sólo
simple cambio de grado, sino cambio de naturaleza, resultado de un cambio de estado.
Henos aquí exactamente frente a lo que esperábamos. La Vida (en esta espera se terminaba el capítulo de
Demeter). La Vida, por ser ascensión de consciencia, no podía continuar avanzando indefinidamente en su línea
sin transformarse en profundidad. Ella debía, según decíamos, como toda magnitud creciente en el Mundo,
llegar a ser diferente para continuar siendo ella misma.
XXX
ME RESULTABA DULCE
en
medio del esfuerzo, Dios mío, sentir que al desarrollarme yo mismo au-
mentaba este apresuramiento en que me tienes, y me era dulce, además, bajo el brote interior de la vida o entre
el juego favorable de los acontecimientos, entregarme a tu Providencia. Haz que tras haber descubierto la alegría
de utilizar todo crecimiento para hacerte o dejarte crecer en mí, acceda tranquilo a esta última fase de la comu-
nión, en el curso de la que te poseeré, disminuyéndome en Ti.
Tras haberte percibido como Aquel que es “un más yo mismo”, haz,
llegada mi hora,
que te reconozca bajo
las especies de cada fuerza, extraña o enemiga, que parezca querer destruirme o su-plantarme. Cuando sobre mi
cuerpo (y aún más sobre mi espíritu) empiece a señalarse el desgaste de la edad; cuando caiga sobre mí desde
fuera, o nazca en mí por dentro, el mal que me empequeñece o nos lleva; en el momento doloroso en que me dé
cuenta, repentinamente, de que estoy enfermo y me hago viejo; sobre todo en ese momento en que siento que
escapo de mí mismo y soy pasivo en manos de las grandes fuerzas desconocidas que me han formado, Señor, en
todas estas horas sombrías hazme comprender que eres Tú (y sea mi fe lo bastante grande) el que dolorosamente
separa las fibras de mi ser para penetrar hasta la médula de mi sustancia y llevarme en Ti.
Sí, cuando más se incrusta el mal en cl fondo de mi carne y es incurable, es más a Ti a quien cobijo, como un
principio amante, activo, de depuración y de liberación. Cuanto más se abre ante mí el futuro como una grieta
vertiginosa o un oscuro paso, más confianza puedo tener, si me aventuro sobre tu palabra, de perderme o
abismarme en Ti, de ser, Jesús, asimilado por tu Cuerpo.
Energía de mi Señor, Fuerza irresistible y viviente, puesto que de nosotros dos Tú eres infinitamente el más
fuerte, a Ti compete el don de quemarme en la unión que ha de fundimos juntos. Dame todavía algo más
precioso que la gracia por la que todos los fieles te ruegan. No basta con que muera comulgando. Enséñame a
comulgar muriendo.
XXXI
SOBRE UNA MATERIA CÓSMICA enteramente pasiva
y a fortiori
resistente, no habría podido engarzar-se
ningún mecanismo evolutivo. Entonces, ¿quién no percibe el drama posible de una Humanidad que de pronto
perdiese el gusto de su destino? Este desencanto sería concebible o más bien inevitable si, por efecto de
reflexión creciente, llegáramos a damos cuenta de que en un mundo cerrado herméticamente estamos destinados
a terminar cualquier día por una muerte colectiva total. Bajo el efecto de esta espantosa constatación, ¿no resulta
evidente que, a pesar de las más violentas tracciones de la cadena de enrollamiento planetario, el mecanismo
psíquico de la Evolución se pararía de pronto, distendido, disgregado en su propia sustancia?
Cuanto más se reflexiona sobre esta eventualidad, algunos de cuyos síntomas mórbidos, como el
existencialismo sartriano, prueban que no se trata de un mito, más se piensa que el gran enigma propuesto a
nuestro espíritu por el fenómeno humano no es tanto el saber cómo ha podido encenderse la vida sobre la Tierra
cuanto el comprender cómo podría apagarse sin prolongarse en otra parte. Una vez hecha reflexiva, ya no puede
aceptar, en efecto, el desaparecer sin contradecirse biológicamente a sí misma.
Y, por consiguiente, menos dispuestos nos sentimos a rechazar como no científica la idea de que el punto
crítico de Reflexión planetaria, fruto de la socialización, lejos de ser una simple chispa de la noche, corresponde,
por el contrario, a nuestro paso, por retorno o por desmaterialización, sobre otra cara del Universo: no un fin de
lo Ultrahumano, sino un acceso a algo Transhumano en el corazón mismo de las cosas.
XXXII
PARA QUIEN PERCIBE EL UNIVERSO bajo forma de una subida laboriosa en común hacia la conciencia
suprema, la Vida, lejos de parecer ciega, dura o despreciable, se carga de gravedad, de responsabilidades, de
nuevas ligazones. Como ha escrito no ha mucho con toda justicia Sir Oliver Lodge: “Bien entendida, la doctrina
transformista es una escuela de esperanza”, y añadamos, por nuestra parte: Una escuela de mayor caridad mutua
y mayor esfuerzo.
Tanto, que puede sostenerse, en toda la línea, sin paradoja, la tesis siguiente (la mejor, sin duda, para
tranquilizar y guiar a las mentes frente a la aparición de los puntos de vista transformistas):
El Transformismo no abre necesariamente las vías a una invasión del Espíritu por la Materia; más bien atestigua
en favor de un triunfo esencial del Espíritu. Lo mismo, si no mejor, que el Fijismo, el Evolucionismo es capaz
de conferir al Universo la magnitud, la profundidad, la unidad, que son la atmósfera natural de la Fe cristiana.
Y esta última reflexión nos lleva a concluir con la observación general siguiente:
Finalmente, por mucho que digamos nosotros los cristianos, con respecto al Transformismo, o bien con
respecto a cualquiera de los otros puntos de vista nuevos que atraen al pensar moderno, jamás demos la
impresión de temer nada que pueda renovar y hacer más amplias nuestras ideas sobre el Hombre y sobre el
Universo. El Mundo jamás será lo bastante vasto, ni la Humanidad lo bastante fuerte como para ser digna de
Aquel que los ha creado y se ha encarnado en ellos.
XXXIII
¿LA VIDA ES UN CAMINO O MURO CIEGO? Tal es el problema, apenas formulado hace algunos siglos y
que aflora hoy a los labios de la masa de la Humanidad. La Humanidad, tras una crisis, violenta y corta, en
donde ha adquirido conciencia simultáneamente de sus fuerzas creadoras y de sus facultades críticas, se ha
hecho legítimamente difícil, y no habrá aguijón alguno, tomado de entre los instintos o las necesidades
económicas ciegas, que sirva para nada. Sólo una razón, una razón verdadera y muy importante para amar con
pasión la vida, podrá decidirla a avanzar más. Pero en el plano experimental, ¿dónde podrá hallarse el esbozo (si
no la plenitud) de una justificación de la Vida? Al parecer, en ninguna parte, sino en la consideración del valor
intrínseco del Fenómeno humano. Sígase considerando al hombre como un añadido accidental o como un
juguete en el seno de las cosas, y se le verá arrastrado al disgusto o a la rebelión, que, generalizados, marcarán el
fracaso rotundo de la Vida sobre la Tierra. Reconózcase, en cambio, que en el campo de nuestra experiencia, el
Hombre, porque es el frente que avanza de una parte de las dos ondas más importantes en que se divide lo Real
tangible, tiene entre sus manos la suerte del Universo, y entonces le hacéis dirigir la mirada hacia un sol naciente
inmenso.
El Hombre tiene derecho a inquietarse por sí mismo, mientras se siente perdido, aislado, en la masa de las
cosas. Pero ha de avanzar alegremente hacia adelante tan pronto como descubra su suerte ligada a la propia
suerte de la Naturaleza. Porque poner en duda el valor y las esperanzas del Mundo será no virtud crítica, sino
enfermedad espiritual.
XXXIV
AL PESIMISTA LE ES FÁCIL desdeñar este período extraordinario en civilizaciones que van derrum-
bándose una tras otra. Pero, ¿no resulta mucho más científico reconocer, una vez más, bajo estas sucesivas
oscilaciones, la grande espiral de la Vida elevarse irreversible, por relevos, siguiendo así la línea maestra de la
Evolución? Susa, Memfis, Atenas, pudieron morir. Sin embargo, una consciencia del Universo, siempre en
progresiva organización, pasa de una mano a otra mientras su empuje va creciendo.
Más adelante, al hablar de la planetización progresiva de la Noosfera, voy a dedicarme a restituir los demás
fragmentos de Humanidad, la parte realmente importante y esencial que les correspondió en la constitución de
esta plenitud alcanzada por la Tierra. En el momento presente de nuestra investigación habría que falsear, por
sentimiento, los hechos para no reconocer que, durante los tiempos históricos, el eje principal de la
Antropogénesis ha pasado precisamente por el Occidente. Es en esta zona ardiente de crecimiento y de
refundición universales en donde se ha hallado o, por lo menos, en donde ha debido ser hallado todo cuanto el
Hombre ha hecho en esta época reciente. Y todo ello porque incluso lo que se conocía ya de otros sitios, desde
el antaño remoto, no alcanzó un definitivo valor humano más que al incorporarse al sistema de ideas y de ac-
tividades europeas. No es una simple candidez celebrar como un gran acontecimiento el descubrimiento de
América por Colón.
De hecho, desde hace seis mil años ha germinado alrededor del Mediterráneo una neo-Humanidad, la cual
acaba de absorber en estos mismos momentos los últimos vestigios del mosaico neolítico; es decir, el brote de
otra capa, la más apretada de todas, en la Noosfera.
Y la prueba está en que de una manera inevitable, de un extremo a otro del Mundo, todos los pueblos, para
ser verdaderamente humanos o para llegar a serlo aún más, se han visto conducidos a plantearse las esperanzas y
los problemas de la Tierra moderna en los mismos términos en que el Occidente llegó a formulárselos.
XXXV
RECONOZCAMOSLO, AL CABO, FRANCAMENTE. Además de las reticencias y de las impotencias
frente a los “últimos días de la especie”, lo que más desacredita ante la mirada de los hombres la fe en el
progreso es la desgraciada tendencia que manifiestan todavía sus adeptos a desfigurar en lamentables
milenarismos lo que hay de más noble y de más legítimo en nuestra espera, ahora consciente, de lo
“ultrahumano”. Un período de euforia y de abundancia—una
edad de Oro—,
he aquí lo que para nosotros tiene
reservada la evolución, nos quieren decir. Y ante un ideal tan “burgués”, es justo que nuestro corazón desfa-
llezca.
Frente a este materialismo y a este naturalismo auténticamente “paganos”, se hace urgente recordar, de
nuevo, que si las leyes de la biogénesis suponen e implican, efectivamente, por naturaleza,
un
mejoramiento
económico de las condiciones humanas, no se trata de una cuestión de
bienestar,
sino de una sed de
más-ser,
la
cual puede, por sí sola, por necesidad psicológica, liberar a la Tierra pensante del
taedium vitae.
Y aquí es donde se descubre con plena claridad la importancia de la idea, antes introducida, de que sería en su
punta (o superestructura) de concentración espiritual y no sobre su base (o infraestructura) de arreglo material
sobre la que recaiga, biológicamente, el equilibrio de la Humanidad.
Porque una vez admitida, siguiendo esta línea, la existencia de un
punto crítico de especiación
al término de
las técnicas y de las civilizaciones (con la prioridad mantenida hasta el fin en biogénesis de la tensión sobre el
reposo), se abre al cabo
una salida
en la cima del tiempo no sólo para nuestras esperanzas de evasión, sino para
la espera de alguna revelación.
Precisamente, es lo mejor que podría reducir el conflicto entre luz y tinieblas, entre exaltación y angustia, en
el que nos hallamos sumidos a consecuencia de la renovación en nosotros del sentido de la especie.
XXXVI
REPLIEGA TUS ALAS,
¡oh, alma mía!, que habías abierto, tan grandes, para alcanzar las cumbres terrestres
donde la luz es la más ardiente. Espera a que el Fuego descienda, si es que quiere que tú seas de Él.
Para atraer su Poderío, relaja primero los afectos que te religan todavía a objetos demasiado queridos por
ellos mismos. La verdadera unión que debes perseguir con las criaturas que te atraen no se realiza yendo
derecho a ellas, sino convergiendo con ellas hacia Dios, buscado a su través. No es materializándose en un
contacto carnal, sino espiritualizándose en Dios como las cosas se aproximan y llegan, siguiendo su pendiente
invencible, a no ser más que una, todas conjuntamente. Sé, pues, casta, ¡oh, alma mía!
Y cuando hayas aligerado tu ser, desata, aún más lejos, las fibras de tu sustancia. En el amor exagerado que te
tienes, te asemejas a una molécula cerrada sobre sí misma, que no supiera entrar fácilmente en cualquier
combinación nueva. Dios espera de ti más apertura y más agilidad. Para pasar en Él, necesitas ser más libre y
más vibrante. Renuncia, pues, a tu egoísmo y a tu miedo a sufrir. Ama a los otros como a ti mismo. es decir,
introdúceles en ti a todos, a aquellos incluso que no querrías si fueses pagano. Acepta el dolor. Toma tu cruz,
¡oh, alma mía!…
XXXVII
NOS OLVIDAMOS DE ELLO CONSTANTEMENTE.
Lo sobrenatural es un fermento, un alma, no un
organismo completo. Viene a transformar “la naturaleza”; pero no puede prescindir de la materia que ésta le
ofrece. Silos Hebreos se mantuvieron tres mil años pendientes del Mesías, es porque lo veían nimbado por la
gloria de su pueblo. Si los discípulos de San Pablo vivían perpetuamente anhelantes por el Gran Día, es porque
esperaban del Hijo del Hombre la solución personal y tangible de los problemas y de las injusticias de la vida.
La espera del Cielo no puede existir más que si se encarna. ¿Qué cuerpo podremos darle a nuestra espera de
hoy?
Podremos darle el cuerpo de una inmensa esperanza
totalmente humana.
XXXVIII
TÚ, CUYA AMANTE SABIDURÍA
me forma a partir de todas las fuerzas y de todos los azares de la Tierra,
permíteme que esboce un gesto cuya eficacia plena se me aparezca frente a las fuerzas de disminución y de
muerte; haz que tras haber deseado, crea, crea ardientemente, crea en tu presencia activa sobre todas las cosas.
Gracias a Ti, esta espera y esta fe están ya llenas de virtud operante. Pero cómo podré testimoniarte y
probarme a mí mismo, mediante un esfuerzo exterior, que no soy de los que dicen tan sólo a flor de labios:
“¡Señor, Señor!” Colaboraré en tu acción previsora, y lo haré de modo doble. Primero, responderé a tu
inspiración profunda que me ordena existir, teniendo cuidado de nunca ahogar, ni desviar, ni desperdiciar mi
fuerza de amar y de hacer. Y luego, a tu Providencia envolvente, que me indica en todo instante, por los
acontecimientos del día, el paso siguiente que he de dar, el escalón que he de subir; a esta Providencia me uniré
mediante el cuidado de no perder ocasión alguna de subir hacia el “espíritu”.
XXXIX
hay que temer o rechazar el progreso del mundo? ¿ Por qué multiplicar
¿POR QUÉ, HOMBRES DE POCA FE,
imprudentemente las profecías y las prohibiciones: “No vayáis…, ni intentéis…, todo lo conocido: la Tierra es
vieja y está vacía: ya no se encuentra nada…”?
¡Todo intentarlo por Cristo! ¡Esperarlo todo por Cristo!
¡Nihil intentatum!
He aquí precisamente, por el
contrario, la auténtica actitud del cristiano. Divinizar no es destruir, sino sobrecrear. Jamás sabremos todo lo que
la Encarnación espera todavía de las potencias del Mundo. Nunca esperamos bastante de la creciente unidad
humana.
IV.3 – SENTIDO DEL ESFUERZO HUMANO
XL
LO QUE ME APASIONA
en la vida es el poder colaborar en una obra, en una Realidad más duradera que
yo: dentro de este espíritu y de esta visión trato de perfeccionarme y de dominar un poco mas las cosas. La
muerte que viene a mi encuentro deja intactas estas cosas, estas ideas, estas realidades más sólidas y más
preciosas que yo mismo: por lo demás, la fe en la Providencia me inclina a creer que esta muerte llega a su
debida hora, con su fecundidad misteriosa y particular (no sólo por lo que se refiere al destino eterno del alma,
sino también para los progresos ulteriores de la Tierra). Entonces, ¿por qué temer y atormentarme si lo esencial
de mi vida queda intacto, si el mismo designio se prolonga, sin ruptura ni discontinuidad ruinosa?… Las
realidades de la fe no tienen la misma consistencia sentida que las de la experiencia. Por eso, inevitablemente,
providencialmente, cuando hay que dejar a las unas por las otras, se experimenta un escalofrío y un vértigo. Pero
ese es el momento de hacer que triunfe la adoración y la confianza y de sentir la alegría de formar parte de un
todo mayor que uno mismo.
XLI
PROSEGUIMOS,
en la hu mildad del temor y en la excitación del peligro, la culminación de un elemento que
el Cuerpo místico no puede recibir
más que
de nosotros. Nuestra paz se complementa con la exaltación de crear,
en medio del peligro, una obra eterna que no existirá sin nosotros. Nuestra confianza en Dios se anima y se
fortalece con un rabioso esfuerzo humano por conquistar la Tierra.
XLII
SORPRENDERÍA ENCONTRAR EN UN RAMILLETE
flores imperfectas, “sufrientes”, puesto que los ele-
mentos han sido escogidos uno a uno y conjuntados artificialmente. En un árbol, por el contrario, en un árbol
que tiene que luchar contra los accidentes internos de su desarrollo y con los accidentes externos de las
intemperies, las ramas tronchadas, las hojas laceradas, las flores secas, enfermizas o ajadas, están “en su sitio”:
reflejan las condiciones más o menos difíciles de crecimiento experimentadas por el tronco que las sostiene.
De igual manera, en un universo en que cada criatura constituyese una pequeña totalidad cerrada, querida por
ella misma, y teóricamente transportable a voluntad, difícilmente podríamos justificar, en nuestro espíritu, la
presencia de individuos dolorosamente truncados en sus posibilidades y en sus logros. ¿Por qué esta gratuita
desigualdad y esas gratuitas restricciones?…
Como contrapartida, si realmente el Mundo representa una obra de conquista actualmente en curso; si
realmente, merced a nuestro nacimiento, nos encontramos inmersos en plena batalla, entrevemos que, para
lograr la culminación del esfuerzo universal del que somos a la vez colaboradores y prenda, es inevitable que
exista el dolor. El Mundo, visto experimentalmente, a nuestra escala, es un inmenso tanteo, una inmensa
búsqueda, un inmenso ataque: sus progresos no pueden cuajar sino al precio de muchos fracasos y de muchas
heridas. Los que sufren, sea cualquiera la especie a que pertenecen, son la expresión de esa condición, austera
pero noble… No hacen sino pagar el precio del caminar hacia adelante y del triunfo de todos. Son los caídos en
el campo del honor.
XLIII
¿Es ESTO VERDAD, SEÑOR?…
Divulgando la Ciencia y la Libertad, puedo densificar, tanto en sí misma
como para mí, la atmósfera divina, en la que deseo siempre sumergirme más y más. Adueñándome de la Tierra
es como puedo vincularme a Ti…
Que la Materia, escrutada y manipulada, nos descubra los secretos de su contextura, de sus movimientos y de
su pasado.
Que las Energías, dominadas, se dobleguen ante nosotros y obedezcan a nuestro poderío.
Que los Hombres, una vez hechos más conscientes y más fuertes, se agrupen en organizaciones ricas y
felices, en las que la vida, mejor utilizada, produzca el ciento por uno.
Que el Universo ofrezca a nuestra contemplación los símbolos y las formas de toda Armonía y de toda
Hermosura.
Debo
buscar
y debo
encontrar.
Ahí está inmerso, Señor, el Elemento en que tú quieres habitar aquí abajo.
¡Ahí está implicada tu existencia entre nosotros!
XLIV
VEAMOS, PUES, UN POCO
si no podríamos escapar a la ansiedad que nos produce en este momento el
peligroso poder de pensar, sencillamente pensando mejor. Y para ello empecemos por tomar altura, hasta ver
por encima de los árboles que nos están ocultando el bosque. Es decir, olvidando por un momento el detalle de
las crisis económicas, de las tensiones políticas y de las luchas de clases que nos taponan el horizonte; elevémo-
nos lo bastante para observar en su conjunto, y sin pasión, sobre los últimos cincuenta o sesenta años, la marcha
general de la Hominización.
Situados a esta distancia favorable, ¿ qué vemos
primero?
¿Qué vería,
sobre todo,
si existiese, un observador
llegado de las estrellas?
Sin duda, dos fenómenos principales:
1° El primero es que, a lo largo de medio siglo, la Técnica ha realizado progresos increíbles; no se trata de
una técnica dispersa y local, sino de una auténtica
geotécnica,
que extiende a la totalidad de la Tierra la red
estrechamente interdependiente de sus empresas.
Y el segundo es que, durante ese mismo período, al mismo paso y en la misma escala de cooperación y de
2.0
realización planetarias, la
Ciencia
ha transformado en todos los sentidos (de lo Iii-fimo a lo Inmenso y a lo
Inmensamente Complicado) nuestra visión común del mundo y nuestro común poder de acción.
XLV
¿QUÉ HAY EN EL SUFRIMIENTO
que me vincula tan profundamente a Ti?
¿Por qué he experimentado una alegría más estremecida cuando Tú me has tendido unos lazos que si me
hubieras ofrecido unas alas?
¡Ah! Es que el elemento que más aprecio en tus dones, Señor, es el perfume de tu influjo y la impresión de tu
mano sobre mí. Más que la libertad y la exaltación del éxito, lo que nos embriaga a nosotros los hombres es la
alegría de haber encontrado una Belleza superior que nos domina; es la embriaguez de ser poseídos.
Benditas sean, pues, las decepciones que nos arrebatan la copa de los labios, y las cadenas que nos obligan a
ir hacia donde no quisiéramos ir.
Bendito sea el Tiempo inexorable y su perpetua sujeción, la inexorable esclavización del Tiempo que va
demasiado lentamente e irrita nuestras impaciencias, del Tiempo que camina demasiado de prisa y nos hace
envejecer, del Tiempo que no se detiene y que no vuelve jamás.
Bendita sea, sobre todo, la Muerte y el horror de su recaída en la Energías Cósmicas. Al morir, una potencia
más fuerte que el Universo se
infiltra en nuestros cuerpos para pulverizarlos y des-integrarlos; una atracción
más formidable que cualquier tensión material arrastra nuestras almas, sin resistencia, hacia el Centro que les
conviene. La Muerte nos obliga a no apoyarnos en absoluto sobre nosotros mismos, para entregarnos a las
Potencias del Cielo y de la Tierra. Ahí culmina el escalofrío que produce…, pero también se da en ella, para el
místico, el colmo de su felicidad.
-.
La operación creadora de Dios no nos amasa, en efecto, como una arcilla maleable. Es un fuego que anima a
los que toca, un Espíritu que les vivifica.
Viviendo
es como debemos, en definitiva, entregamos a Ella,
amoldarnos a Ella, identificamos con Ella. El místico experimenta por momentos la imagen obsesionante y
agudizada de esa situación… Si alguien posee ese conocimiento y ama, se apodera de él una fiebre de
dependencia activa y de pureza laboriosa hasta la total fidelidad y la completa utilización de sus fuerzas.
Para que las pulsaciones del Ritmo fundamental tengan en él su perfecta resonancia, el místico se hace dócil a
las menores exigencias del deber humano, a las más discretas insinuaciones de la gracia.
Para captar un poco mejor la Energía creadora, desarrolla incansablemente su pensamiento; dilata su corazón,
intensifica su actividad exterior.
Porque la criatura debe trabajar si quiere ser creada continuamente.
Para que ninguna mancha, en fin, le separe, aunque no sea más que por un átomo de sí mismo, de la limpidez
esencial, depura sin tregua sus afectos, rechazando las más ligeras opacidades en las que titubearía y empañaría
la luz…
XLVI
EN FAVOR DE LA SANTIDAD
Dios no se contenta con emitir, más activa, la influencia creadora, hija de
su Poderío.
Él
mismo desciende a su obra para cimentar la unificación. Él nos lo ha dicho, Él y no Otro. A
medida que las pasiones del alma se concentran sobre Él, las invade, las penetra, las capta en su irresistible
simplicidad. Entre los que se aman con caridad, aparece,
nace,
de alguna manera como un lazo sustancial de su
afecto…
Es Dios en persona quien surge en el corazón del Mundo simplificado. Y la figura orgánica del Universo así
deificado es Jesucristo, quien, por la atracción de su amor y la eficacia de su Eucaristía, recoge en sí poco a poco
todo el poderío de unidad difusa a través de la Creación…
El Cristo me agota por entero con su mirada. Con la misma percepción y la misma presencia, penetra a los
que me rodean y a quienes amo. Gracias a El, pues, tal en un medio divino, me uno a los otros por dentro de
ellos mismos; puedo operar sobre ellos por todas las fuentes de mi vida.
El Cristo nos
religa
y nos
manifiesta
los unos a los otros.
Lo que mi boca no puede hacer que entiendan mi hermano y mi hermana, Él se lo dirá mejor que yo. Lo que
mi corazón les desea, con un ardor inquieto e impotente, El se lo otorgará, si es que es bueno. Lo que los
hombres no escuchan de mi voz demasiado débil, a lo que cierran en sus oídos para no oírlo, se lo confío como
recurso al Cristo que algún día lo repetirá en su corazón. Y si esto es así, puedo morir con mi ideal, ser
amortajado con la visión que quería hacer compartir a los otros. El Cristo recoge, para la vida por venir, las
ambiciones ahogadas, las luces incompletas, los esfuerzos inacabados o malogrados, pero sinceros.
Nunc
dimittis, Domine, servum tuum in pace…
Sucede a veces que el corazón puro, al lado de la felicidad que le pacifica en sus deseos y sus afectos
individuales, discierne en sí
un gozo especial, de origen exterior a él,
que le envuelve de un
inmenso bienestar.
Es el reflujo en su pequeñez personal de la nueva salud que el Cristo, por medio de su Encarnación, ha
infundido a la Humanidad. En Jesús, las almas tienen calor, porque se comunican entre ellas…
Pero para participar en este gozo y en esta visión es preciso que hayan tenido el valor anteriormente
de
romper su pequeña individualidad
y de despersonalizarse de alguna manera a fin de centrarse sobre Jesucristo…
Porque esto es la ley del Cristo, y es formal:
Si quis vult post me venire, abneget semetipsutn. La pureza
está hecha a base de renuncia y mortificación.
Y la
Caridad
todavía más aún…
Una vez que se ha resuelto a practicar generosamente el amor de Dios y del prójimo, el hombre se da cuenta
que no ha hecho todavía nada, corrigiendo su unidad interior por separaciones generosas. Esta unidad, a su vez,
debe, antes de renacer en el Cristo, sufrir un eclipse que parecerá aniquilarla. En efecto, serán salvos quienes.
transportando
audazmente fuera de ellos mismos
el centro de su ser, osen amar a Otro
más que a st,
se
conviertan en este Otro de alguna manera, es decir, atraviesen la muerte para buscar la Vida.
Si quis vult
animam suam salvam facere, pertfet eam.
Al precio de este sacrificio, evidentemente, sabe el creyente que conquista una unidad muy superior a la que
abandona. ¿Pero quién podrá decir la angustia de esta metamorfosis? Entre el momento en que consiente
desanudarse de su unidad inferior y el minuto beatifico en que llega al dintel del ser nuevo, el cristiano
verdadero
se siente flotar sobre el abismo de la disociación y el anquilamiento… La salvación del alma se paga
con el enorme riesgo que se corre y que se acepta. Exige que nos juguemos, sin reservas, la Tierra contra el
Cielo. Quiere que renunciemos a la unidad poseída y palpable de la vida egoísta para arriesgamos sobre Dios.
“Si el grano de trigo no desaparece en la tierra y se pudre en ella, permanece estéril.”
Cuando un hombre, por tanto, tiene penas, está enfermo, muere, ninguno entre nosotros, los que le vemos,
sabría decir con certidumbre si disminuye en su ser o se engrandece. Puesto que,
bajo las mismas apariencias,
los dos Principios extremos atraen, exactamente, a sus fieles
hacia la simplicidad o hacia la Multitud:
Dios y la
nada.
XLVII
EL EGOÍSMO
sea privado o racial, tiene sus razones para exaltarse ante la idea del elemento, elevándose,
,
por su fidelidad misma a la Vida, hasta los extremos de aquello que él mismo considera único e incomunicable
en sí. Así, pues, puede decirse que siente de una manera justa. Su único error, suficiente, sin embargo, para
desviar-le de su camino de un extremo a otro, es el de confundir la individualidad con la personalidad. Cuando
busca separarse lo más posible de los demás, el elemento se individualiza; pero al hacerlo, hace un paso atrás y
consigue arrastrar al Mundo hacia lo más bajo de la pluralidad, en la Materia. En realidad, se disminuye a sí
mismo y se pierde. Con el objeto de ser nosotros mismos de una manera plena, nos es necesario avanzar,
precisamente por una dirección inversa, hacia el sentido de una convergencia con los demás; es decir, con el
Otro. La meta de nosotros mismos, el colmo de nuestra originalidad, no es, pues, nuestra individualidad, es
nuestra persona, y ésta, por la estructura misma evolutiva del Mundo, no podemos hallarla más que por la unión.
No existe espíritu sin síntesis. Siempre, pues, la misma ley de arriba abajo. El verdadero Ego crece en razón
inversa del “Egotismo”. El elemento, a imagen del Omega que le atrae, no puede llegar a ser personal más que
al universalizarse.
Todo esto, sin embargo, con una condición muy evidente y esencial. Del análisis precedente se sigue que las
partículas humanas, para que se personalicen verdaderamente bajo la influencia creadora de la Unión, no deben
reunirse de una manera cualquiera. Dado que se trata, en efecto, de realizar una síntesis de centros, aquellas par-
tículas deben entrar en contacto mutuo de centro a centro y no de otra manera. Entre las diversas formas de
interactividad psíquica que animan la Noosfera, son, pues, las energías de naturaleza “intercéntrica” las que
debemos reconocer, captar y desarrollar antes que otra cualquiera si queremos contribuir de manera eficaz a los
progresos de la Evolución en nosotros mismos.
Y henos aquí, por este mismo hecho, conducidos al problema del Amor.
XLVIII
EL PAN SACRAMENTAL
está hecho de granos prensados y triturados. Su pasta ha sido largamente
amasada. Tus manos, Jesús, lo han roto antes de santificarlo…
¿Quién podrá expresar, Señor, la violencia que sufre el Universo desde el momento en que ha caído bajo tu
dominación?
Cristo es el aguijón que espolea a la criatura por el camino del esfuerzo, del agotamiento, del desarrollo.
Es la espada que separa, sin piedad, a los miembros indignos o podridos.
Es la Vida más fuerte que mata inexorablemente los egoísmos inferiores para acaparar toda su potencia de
amar.
Para que Jesús penetre en nosotros es necesario, alternativamente, el trabajo que dilata y el dolor que mata, la
vida que hace crecer al hombre para que sea santificable y la muerte que le disminuye para que sea santificado…
El Universo cruje; se escinde dolorosamente en el corazón de cada mónada, a medida que nace y crece la
Carne de Cristo. Lo mismo que la creación, a la que rescata y supera, la Encarnación, tan deseada, es una
operación terrible; se realiza por medio de la Sangre.
¡Que la sangre de Jesús (la sangre que se infunde y la sangre que se desparrama, la sangre del esfuerzo y la
sangre de la renuncia…) se mezcle con el dolor del Mundo!
Hic est calix sanguinis mei…
XLIX
EL CORAZÓN PURO
es el que, amando a Dios por encima de todas las cosas, sabe también verle difundido
por todas partes. Bien se eleve por encima de toda criatura, hasta una aprehensión casi directa de la Divinidad,
bien se lance—como es deber de todo hombre—sobre el Mundo que hay que perfeccionar y que conquistar, el
justo no presta atención más que a Dios. Para él,
los objetas han perdido su multiplicidad de superficie.
Dios se
ofrece a un verdadero abrazo en cada uno de ellos, en la medida de sus cualidades y de sus peculiares suertes. El
alma pura, y éste es su privilegio
natural,
se mueve en el seno de una inmensa
y
superior unidad. ¿Quién no ve
que, mediante ese contacto, el alma va a unificarse hasta su propia médula? ¿Y quién no adivina, en con-
secuencia, el auxiliar inapreciable que los progresos de la Vida van a encontrar en el Verbo? Así como el
pecador, que se abandona a sus pasiones, dispersa y disocia su espíritu, el santo, en virtud de un proceso inverso,
se sustrae a la complejidad de los afectos… Por eso mismo, se
inmaterializa.
Todo es Dios para él, Dios es todo
para él, y Jesús es a la vez Dios y todo para él. Sobre un objeto así, que agota en su simplicidad —para los ojos,
para el corazón, para el espíritu—, la Verdad y las Bellezas del Cielo y de la Tierra convergen, coinciden y se
funden las facultades del alma con la llama de un acto único, en el que la percepción se confunde con el amor.
La acción específica de la pureza
(su efecto formal, diría la Escolástica) es, pues,
unificar las potencias inte-
riores del alma
en el acto de una pasión única, extraordinariamente rica e intensa. El alma pura, finalmente, es la
que, superando la múltiple y desorganizante atracción de las cosas, templa su unidad (es decir, madura su
espiritualidad) con los ardores de la simplicidad divina.
Lo que la Pureza opera en el interior del ser individual, la Caridad lo realiza en el seno de la colectividad de
las almas.
Sorprende (cuando se piensa en ello con una mente no embotada por el hábito) el cuidado
extraordinario con que Jesús recomienda a los hombres que se amen los unos a los otros. El amor mutuo es el
mandamiento nuevo del Maestro, el carácter distintivo de sus discípulos, la señal segura de nuestra predestina-
ción, la obra principal de toda existencia humana. Seremos juzgados sobre la Caridad, condenados o justificados
por ella…
L
NOS ATREVEMOS A VANAGLORIARNOS de ser una edad de la Ciencia. Y hasta cierto punto, si sólo
queremos hablar de una aurora en contraste con la noche que la precede, podemos decir que es verdad. Algo
muy enorme nació en el Universo gracias a nuestros descubrimientos y a nuestros métodos de búsqueda. Algo
que, estoy convencido de ello, ya no se detendrá jamás. Pero, si es verdad que exaltamos la Investigación y si
nos aprovechamos de ella, ¡con qué mezquindad de espíritu y de medios y con qué desorden estamos todavía
investigando en la actualidad!
La Ciencia, lo mismo que el Arte, y casi se podría decir como el Pensamiento, nació bajo las apariencias de
algo superfluo, de una fantasía. Exuberancia interna por encima de las necesidades materiales, acuciantes, de la
Vida. Curiosidad de soñadores y de ociosos. Sin embargo, y progresivamente, tanto su importancia como su efi-
ciencia le dieron derecho de ciudadanía. Al vivir en un Mundo, el cual podemos decir con justicia que
revolucionó la Ciencia, hemos aceptado el papel social de esta Ciencia, incluso su culto mismo. A pesar de todo
ello, la dejamos todavía crecer al azar, casi sin ningún cuidado, como si se tratara de una de estas plantas
salvajes cuyos frutos recogen los pueblos primitivos en el bosque.
LI
APOYÁNDONOS EN UNA MEJOR INTELIGENCIA
de lo Colectivo, creo que esta palabra debe ser
comprendida sin ninguna clase de atenuante ni de metáfora. El Universo es necesariamente magnitud ho-
mogénea en su misma naturaleza y en sus dimensiones. Ahora bien: ¿lo seguiría siendo aún si las vueltas de su
espiral perdieran en algo su grado de realidad, de su consistencia, al ascender siempre más alto? Suprafísica, y
no intrafísica: eso, y sólo eso, debe ser, si ha de permanecer coherente con el resto, la Cosa todavía innominada
que debe hacer aparezca en el Mundo la gradual combinación de los individuos, de los pueblos y de las razas.
La Realidad, la Realidad misma, constituida por la reunión viva de las partículas reflexivas, existe y debe ser
considerada como más profunda que el Acto común por el cual la expresamos, más importante que la Potencia
común de acción, de la cual emerge por una especie de autoconocimiento.
Ello equivale a decir (cosa muy verosímil) que la Trama del Universo, al hacerse pensante, no terminó aún su
ciclo evolutivo y que, por consiguiente, estamos avanzando hacia adelante, en la dirección de algún nuevo punto
crítico. La Biosfera, a pesar de sus relaciones orgánicas, cuya existencia se nos ha revelado por todas partes, no
forma aún sino un conjunto de líneas divergentes y libres por sus extremos. Bajo los efectos de la Reflexión y de
los repliegues que ésta comporta, las cadenas se cierran, y la Noosfera tiende a constituirse en un sistema
cerrado, en el cual cada elemento, por sí mismo, ve, desea y sufre las mismas cosas que todos los demás
simultáneamente.
Una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra
cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola
envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio Grano de Pensamiento a escala
sideral. La pluralidad de las reflexiones individuales agrupándose y reforzándose en el acto de una sola reflexión
unánime.
Esta es la figura general bajo la cual, por analogía y por simetría con el Pasado, nos sentimos conducidos de
manera científica para representarnos en el futuro a esta Humanidad, y fuera de la cual no se abre ninguna salida
a las exigencias terrestres de nuestra Acción.
LII
TÚ LO SABES MUY BIEN, DIOS MÍO
que el Mundo no se me presenta ya bajo los rasgos de su mul-
,
tiplicidad.
Cuando lo contemplo, advierto, sobre todo, en él un receptáculo sin límites en donde las dos energías
contrarias de la alegría y del sufrimiento se acumulan en cantidades inmensas, inutilizadas en su mayoría.
Veo que por esta masa inestable y agitada circulas corrientes psíquicas muy potentes, constituid as por almas
que encierran en sí la pasión del Arte y del Eterno Femenino, la pasión de la Ciencia y
del Universo dominado,
la pasión de la autonomía individual y de la Humanidad liberada.
A veces, estas corrientes coinciden en crisis tremendas. Hierven en su esfuerzo por equilibrarse.
¡Cuánta gloria para Ti, Dios mío, y qué afluencia de vida para tu Humanidad, si toda esa potencia espiritual
se armonizase en Ti!
¡Señor, sueño con ver brotar de tantas riquezas, inutilizadas o pervertidas, todo el dinamismo que encierran!
¡Quiero consagrarme a la tarea de colaborar en este trabajo!
En la medida de mis fuerzas,
puesto que soy sacerdote,
de ahora en adelante quiero ser el primero en adquirir
conciencia de lo que el Mundo ama, persigue, sufre; el primero en buscar, en simpatizar, en sufrir; el primero en
abrirme como una flor y en sacrificarme; más intensamente humano y más noblemente terrestre que ningún otro
servidor del Mundo.
Quiero, por una parte, sumergirme en las Cosas, y, sumiéndome en ellas, descubrir, mediante la posesión,
hasta la última partícula lo que en sí encierran de vida eterna, con el fin de que nada se pierda. Y quiero, al
mismo tiempo, mediante la práctica de los consejos, recuperar en la renuncia todo lo que de llama celestial
encierra la triple concupiscencia; santificar, en la castidad, la pobreza, la obediencia, el poder encerrado en el
amor, en el oro y en la independencia.
Aquí está la razón de por qué he revestido mis votos y mi sacerdocio (en ello radica mi fuerza y mi felicidad)
de un espíritu de aceptación y de divinización de las Potencias de la Tierra.
LIII
SEÑOR, HAZ VER A TODOS TUS FIELES
cómo en un
sentido real y pleno “sus obras le siguen” a tu
reino: “Opera sequuntur illos.” Sin esto serán como esos obreros perezosos a quienes no espolea una misión. O
bien, si el instinto humano domina en ellos las vacilaciones o los sofismas dc una religión insuficientemente
patentizada, permanecerán divididos, incómodos en el fondo de sí mismos, y se dirá que los hijos del Cielo no
pueden competir, en el campo humano, con los hijos de la Tierra en cuanto a convicción y, por tanto, a igualdad
de armas.
LIV
EL GRAN TRIUNFO del Creador y del Redentor, en nuestras perspectivas cristianas, es el haberse
transformado en factor esencial de vivificación lo que es en sí una fuerza universal de disminución y de
desaparición. Dios, para penetrar definitivamente en nosotros, debe en cierto modo ahondarnos, vaciamos,
hacerse un lugar. Para asimilamos en él debe manipulamos, refundirnos, romper las moléculas de nuestro ser. La
Muerte es la encargada de practicar hasta el fondo de nosotros mismos la abertura requerida. Nos hará
experimentar la disociación esperada. Nos pondrá en el estado orgánico que se requiere para que penetre en
nosotros el Fuego divino. Y así, su poder nefasto de descomponer y de disolver se hallará puesto al servicio de
la más sublime de las operaciones de la Vida. Lo que era por naturaleza vacío, laguna. retorno a la pluralidad,
puede convertirse, para cada existencia humana, en plenitud y en unidad con Dios.
LV
LA DIVINIZACIÓN DE NUESTRO ESFUERZO
por el valor de la intención que implica infunde un alma
preciosa a todas nuestras acciones; pero no confiere a su cuerpo la esperanza de una resurrección. Ahora bien,
esta esperanza nos es imprescindible para que sea completa nuestra alegría. Ya es mucho poder pensar que si
amamos a Dios habrá algo de nuestra actividad interior, de nuestra
operatio,
que no se perderá. Pero el propio
trabajo de nuestras mentes, de nuestros corazones y de nuestras manos —nuestros resultados, nuestras obras,
nuestra
opus—,
¿no se “eterniza”?, ¿no se salvará en cierto modo?
¡Oh, Señor, si se salvara en virtud de una pretensión que has situado precisamente en el corazón de mi
voluntad!
Quiero, necesito que así sea.
Quiero, porque me gusta irresistiblemente lo que tu permanente concurso me permite llevar a realidad cada
día. Este pensamiento, este perfeccionamiento material, esta armonía, este matiz particular de amor, esta
complejidad exquisita de una sonrisa o de una mirada, todas estas bellezas nuevas que aparecen por primera vez
en mí y en torno a mí sobre el rostro humano de la Tierra las quiero como a hijos, y no puedo pensar que, en su
carne, hayan de morir completamente. Si yo creyera que estas cosas se marchitan para siempre, ¿les habría dado
jamás mi vida? Cuanto más me analizo, más descubro esta verdad psicológica: que ningún hombre levante el
dedo meñique para ninguna obra sin que le mueva la convicción, más o menos oscura, de que está trabajando
infinitesimalmente (al menos, de modo indirecto) para la edificación de algo Definitivo, es decir, Tu misma
obra, Dios mío.
LVI
ES NECESARIO DECIRSE UNA VEZ MÁS: “En verdad, en verdad, sólo los audaces entran en el Reino de
Dios oculto, ya desde ahora, en el corazón del Mundo..
De nada sirve leer sólo con los ojos estas páginas y otras similares escritas hace dos mil años. Quien, sin
poner la mano en el arado, crea haberlas comprendido, es un iluso.
Hay que hacer la prueba.
Ante la incertidumbre práctica del mañana, es preciso haberse abandonado, en un verdadero recinto interior, a
la Providencia (considerada como algo tan real, físicamente, como los objetos de nuestra inquietud); es preciso
haberse obligado a creer,
sin la menor duda,
en medio del sufrimiento por el mal contraído, en medio de los
remordimientos por la falta cometida, en medio de la irritación por la ocasión perdida, que Dios es lo
suficientemente fuerte como para convertir
ese
mal en bien; es preciso, a pesar de ciertas apariencias en contra,
haber obrado,
sin restricciones,
como si la castidad, la humildad, la dulzura fuesen las únicas direcciones por
donde puede progresar nuestro ser; es preciso haberse obligado, en medio de la penumbra de la Muerte, a no
volver la vista hacia el Pasado, sino a buscar, en plena noche, el amor de Dios; es preciso haberse ejercitado
amplia y pacientemente en esa tarea, si se quiere hacerse una idea de la virtud operadora y de la Obra de la Fe.
Al vencedor valiente de la
lucha contra las falsas seguridades, contra las falsas potencias
contra las falsas
y
atracciones del Pasado,
le está reservado poder llegar a esa fuerte y beatificante
experiencia
de que “cuanto más
dejamos de apoyarnos en el Porvenir movible y oscuro, más penetramos en Dios”.
LVII
No ME PIDES NADA FALSO ni irrealizable, sino, sencillamente, por tu Revelación y por tu Gracia, fuerzas
a lo que hay de más humano en nosotros a que tome, al fin, conciencia de sí mismo. La Humanidad dormía—
todavía duerme—amodorrada en los goces mezquinos de sus amores chicos y cerrados. Un inmenso poder
espiritual dormita en el fondo de nuestra multitud, que no aparecerá más que cuando sepamos
forzar las vallas
de nuestros egoísmos y elevarnos mediante una refundición fundamental de nuestras perspectivas hasta la visión
habitual y práctica de las realidades universales.
Jesús, Salvador de la actividad humana, a la que confieres una razón de obrar; Salvador del dolor humano, al
que confieres un valor de vida: sé la salvación de la unidad humana, fuérzanos a que abandonemos nuestras
mezquindades y a que, apoyados en Ti, nos aventuremos por el océano desconocido de la caridad.
IV.4 – EN EL CRISTO TOTAL
LVIII
Y DESDE QUE JESÚS NACIÓ, desde que terminó de crecer, desde que murió,
todo ha seguido moviéndose,
porque Cristo no ha terminado de formarse.
No ha atraído hacia Sí los últimos pliegues de su Vestido de carne
y de amor que constituyen sus fieles.
El Cristo místico no ha alcanzado su pleno crecimiento, ni, por tanto, el
Cristo cósmico.
Uno y otro, al mismo tiempo,
son y están siendo,
y
en la prolongación de este acto de
generación está situado el resorte último de toda actividad creada. Cristo es el Término de la Evolución,
incluso
natural,
de los seres; la Evolución es santa.
LIX
“IN MANUS TUAS
commendo spiritum meum”…
En las manos que han roto y vivificado el pan, que han
bendecido y acariciado a los niños pequeños, que han sido perforadas, en esas manos que son como las nuestras,
de las que nunca se podrá decir qué es lo que van a hacer del objeto que tienen en ellas, si le van a romper o a
acariciar, pero cuyos caprichos, estamos seguros de ello, están llenos de bondad y nunca harán otra cosa que
abrazamos celosamente; en las manos dulces y poderosas que llegan hasta la médula del alma, que forman y que
crean; en esas manos por las que circula un amor tan grande, reconforta abandonar el alma, sobre todo si se
sufre o si se tiene miedo. Y en hacer esto radica una gran felicidad y un gran éxito.
LX
AHORA BIEN, LO QUE TÚ QUIERES, Jesús, es todo mi ser, el fruto con el árbol; el trabajo producido,
además de la potencia cautivada; el
opus
y la
operatio.
Para aplacar tu hambre y tu sed, para alimentar tu cuerpo
hasta su pleno desarrollo, tienes necesidad de encontrar entre nosotros una sustancia que tú puedes consumir.
Ese alimento pronto a transformarse en Ti, ese sustento de tu carne, yo te lo prepararé liberando en mí, y en
todas partes, el
Espíritu.
El Espíritu, mediante el esfuerzo (incluso natural) para saber lo verdadero, para vivir el bien, para crear lo
hermoso…
El Espíritu, mediante la separación de las potencias inferiores y malas…
El Espíritu, mediante la práctica social d e la Caridad, la única que puede reducir a la multitud a un alma
única…
Promover,
por poco que sea, el despertar del
Espíritu en el Mundo,
supone ofrecer al Verbo Encarnado
un
crecimiento de realidad y de consistencia;
es permitir que su influencia sea más densa a nuestro alrededor.
LXI
TÚ, SEÑOR, ME
ESTÁS TRABAJANDO por medio de todo lo que subsiste y resuena en mi, por medio de
lo que me dilata en mi interior, me excita, me atrae o me hiere desde el exterior; Tú modelas y espiritualizas mi
arcilla informe; Tú me cambias en Ti…
Para adueñarte de mi, Dios mío, Tú que estás más lejos que todo y más profundo que todo, Tú te apoderas y
asocias la inmensidad del Mundo y la intimidad de mí mismo.
Siento que abrigo en lo más secreto de mi ser el esfuerzo total del Universo.
Señor, yo no me dejo llevar pasivamente a esas benditas pasividades; pero me ofrezco a ellas y las favorezco
con todo mi poder.
Sé perfectamente que la potencia vivificante de la Hostia tropieza con nuestro libre albedrío. Aunque yo
cierre la puerta de mi corazón y me quede en las tinieblas, no sólo mi alma individual, sino también el Universo
entero, en cuanto este Universo actúa para sostener mi organismo y despertar mi conocimiento, en cuanto,
también, yo reactúe sobre él para aprovechar sus sensaciones, sus ideas, la moralidad de sus actos, la moralidad
de su vida. Aunque por el contrario,
quiera:
inmediatamente lo Divino inunda el Universo, a través de mi
intención más pura, en la medida en que el Universo está centrado sobre mí. Por cuanto yo me he convertido,
gracias a mi consentimiento, en parcela viviente del Cuerpo de Cristo, todo cuanto influye en mí sirve,
finalmente, para desarrollar a Cristo. Cristo me invade a mí y a
mi
Cosmos.
¡Oh, Señor!, así lo deseo.
¡Que mi aceptación sea cada vez más completa, más amplia, más intensa!
¡Que mi ser se presente cada vez más abierto, más transparente a tu influencia!
Y que de esa manera sienta tu acción cada vez más cercana, tu presencia cada vez más densa. por todas partes
a mi alrededor.
Fiat, fiat.
LXII
VISTO COMO UNA MIRADA al mismo tiempo evolucionista y espiritualista, no sólo en el Mundo se carga,
como hemos dicho, de una personalidad formidable, sino que se ilumina desde los estudios más humildes de la
creencia en Dios con un atractivo irresistible. En efecto, no es sólo un pequeño número de criaturas privilegiadas
las que se revelan entonces como susceptibles de satisfacer en cada hombre su necesidad esencial de com-
plemento y de amor. Al amparo, y como reflejo de todas estas criaturas, es la totalidad de los seres
comprometidos al mismo tiempo que Él en la obra unificadora del Cosmos. Cada elemento no puede hallar,
finalmente, su beatitud más que en su unión con el conjunto y con el Centro trascendente requerido para mover
el conjunto. Por consiguiente, si no puede, psicológicamente, rodear a cada ser del efecto distinto y pleno que
caracteriza a los amores humanos, al menos para todo cuanto existe puede alimentar esta pasión general
(confusa, pero cierta), que le hará querer al propio ser en cada objeto, sobre y allende toda cualidad experimental
el Ser, es decir, esta porción indefinible y elegida en cada cosa que poco a poco se convierte en la carne bajo la
influencia de Dios.
Semejante amor no es comparable exactamente a ninguno de los lazos que tienen un nombre en las relaciones
sociales corrientes. Su “objeto material”, como dirían los escolásticos, es de tal manera inmenso y su “objeto
formal” es de tal manera profundo, que sólo es traducible en los términos complejos de bodas y adoración. En
este amor tiende a borrarse toda distinción entre egoísmo y desinterés. Cada cual se ama y se continúa en la
consumación de todos los demás, y el menor gesto de posesión se prolonga en esfuerzo por alcanzar, en el más
lejano futuro, lo que será lo mismo en todos.
LXIII
PERO YA DESDE AHORA sabemos lo bastante (¡y esto es ya mucho!) que este tanteo sólo tendrá
resultados positivos a condición de que el trabajo entero venga realizado bajo el signo de la unidad. Así lo
quiere la naturaleza misma del proceso biológico en curso. Fuera de esta atmósfera de unión entrevista y
deseada, las exigencias más legítimas no pueden llegar sino a catástrofes—desgraciadamente, lo estamos
comprobando en estos instantes—. Inversamente, en esta atmósfera, si se creara, casi toda solución parece ser
tan buena como todas las demás, cualquier esfuerzo tendría éxito, al menos inicialmente. El problema de las
razas, seguido a partir de sus raíces más biológicas, en cuanto a su aparición, su despertar, su futuro, nos lleva de
este modo a reconocer que el solo clima en que el hombre puede seguir creciendo es el de la entrega y la
renuncia en un sentimiento de fraternidad. En verdad, a la velocidad en que su conciencia y sus ambiciones
crecen, el mundo explotará si no aprende a amar. El porvenir de la tierra pensante se halla ligado orgánicamente
al trueque de las fuerzas de odio en fuerzas de caridad.
LXIV
COMO TODAS LAS APARIENCIAS del Mundo inferior siguen siendo las mismas (los determinismos ma-
teriales, las vicisitudes del azar, la ley del trabajo, la agitación de los hombres, el paso de la muerte…), quien
ose
creer penetra en una esfera de lo creado en que las Cosas, aun conservando su contextura habitual, parecen
hechas de otra Sustancia. Todo sigue invariable en los fenómenos, y todo se hace, sin embargo, luminoso, ani-
mado, amante…
Mediante la operación de la Fe, es Cristo quien aparece, naciente, sin violentar nada, en el corazón del
Mundo.
LXV
A MEDIDA QUE VAN PASANDO LOS AÑOS, Señor, más creo reconocer que, en mí y en mi alrededor, la
grande y secreta preocupación del Hombre moderno radica mucho más en disputarse la posesión del Mundo que
en encontrar el medio de evadirse de él. ¡La angustia de encontrarse cerrado en la Ampolla cósmica, no tanto
espacial como ontológicamente! ¡La búsqueda ansiosa de una salida, o, más exactamente, de un foco, a la
Evolución! He aquí el castigo que pesa oscuramente sobre el alma tanto de los Cristianos como de los Gentiles
en el mundo de hoy, en pago de una Reflexión planetaria que va creciendo.
Por delante y por encima de sí, la Humanidad,, emergida a la conciencia del movimiento que la arrastra, tiene
cada vez mayor necesidad de un Sentido y de una Solución, a las que, al fin, le sea posible entregarse
plenamente.
Pues bien, ese Dios, no sólo del viejo Cosmos, sino de la nueva Cosmogénesis (en la medida misma en que el
efecto de un trabajo místico dos voces milenario consiste en hacer que aparezca en Ti, tras el Niño de Belén y el
Crucificado, el Principio motor y el Núcleo colector del Mundo mismo), ese Dios tan esperado por nuestra ge-
neración, ¿no eres precisamente Tú quien le representa y quien nos lo trae, Jesús?
LXVI
ABANDONEMOS LA SUPERFICIE. Y sin dejar el Mundo, hundámonos en Dios. Allí, y desde allí, en El y
por El todo lo tendremos y mandaremos en todo. De todas las flores y las luces que hayamos de abandonar para
ser fieles a la vida, allí un día hallaremos su esencia y su fulgor. Los seres que desesperamos poder alcanzar y,
aún más, influenciar, allí están reunidos por el vértice más vulnerable, el más receptivo, el más enriquecedor de
su sustancia. En este lugar se recoge el menor de nuestros deseos y de nuestros esfuerzos, y se conserva, y se
puede hacer vibrar instantáneamente a todas las médulas del Universo.
Establezcámonos en el Medio Divino. Nos encontraremos en lo más Intimo de las almas y en lo más
consistente de la Materia. Descubriremos, con la confluencia de todas las bellezas, el punto ultravivo, el punto
ultrasensible, el punto ultra-activo del Universo. Y, al mismo tiempo, sentiremos que se ordena, sin esfuerzo, en
el fondo de nosotros mismos, la
plenitud
de nuestras fuerzas de acción y de adoración.
Porque no lo es todo el hecho de que en este lugar privilegiado se agrupen y armonicen todos los resortes
exteriores del mundo. Por una maravilla complementaria, el Hombre que se entrega al Medio Divino se siente
por él orientado y dilatado en sus fuerzas interiores con una seguridad que le hace evitar, como si fuera un
juego, los escollos demasiado abundantes en donde tantas veces han tropezado los intentos místicos.
LXVII
DE NUEVO, SEÑOR, ¿cuál es la más preciosa de estas dos beatitudes: que todas las cosas sean para mí un
contacto contigo o que seas tan “universal” que pueda sentirte y aprehenderte en toda criatura?
A veces, imaginamos que resultas, Señor, más atractivo a los ojos si se exaltan de un modo casi exclusivo los
encantos, las bondades de tu figura humana de antaño. En verdad, Señor, si tan sólo quisiera amar a un hombre,
¿no me volvería, acaso, hacia esos que me has dado en la seducción de su florecer actual? Madre, hermanos,
amigos, hermanas, ¿no los tenemos irresistiblemente amables en tomo a nosotros? ¿ Por qué ir a solicitar-los en
la Judea de hace dos mil años?… No; por lo que clamo, como todos los demás seres, con el grito de toda mi
vida, y aun con toda mi pasión terrena, es por algo muy distinto a un semejante a quien amar: es por un Dios a
quien adorar.
LXVIII
JESÚS, DUEÑO tremendamente bello y celoso, cerrando los ojos sobre lo que mi debilidad humana todavía
no puede comprender ni, por tanto, soportar, es decir, la realidad de los condenados, quiero hacer que pase a mi
visión habitual y práctica del Mundo la gravedad siempre amenazadora de la condenación, no para temeros,
Jesús, sino para ser más apasionadamente vuestro.
Yo os he gritado ahora mismo: no seáis para mí, Jesús, tan sólo un hermano, ¡sed también un Dios! Ahora,
revestido de la potencia formidable de selección que os sitúa en la cima del Mundo como principio de atracción
universal y de universal repulsión, me aparecéis, en verdad, como la Fuerza inmensa y viviente que buscaba por
todas partes para poder adorarla: los fuegos del infierno y los fuegos del cielo no son dos fuerzas diferentes, sino
manifestaciones contrarias de una misma energía.
Que no me alcancen las llamas del infierno, Señor, ni tampoco alcancen a los que yo quiero…, que no
alcancen a nadie, Dios mío (¡ya sé que me perdonaréis esta plegaria insensata!). Mas que, para cada uno de
nosotros, sus sombríos reflejos vengan a sumarse con todos los abismos que descubren a la ardiente plenitud del
Medio Divino.
LXIX
JERUSALÉN, ALZA LA CABEZA. Contempla la inmensa muchedumbre de los que construyen y de los que
buscan. En los laboratorios, en los desiertos, en las fábricas, en el enorme foso social, ¿no ves a todos estos
hombres que padecen? ¡Pues bien, todo cuanto por ellos fermenta —arte, ciencia, pensamiento— todo es para ti!
Abre ya los brazos, abre el corazón y recibe, como a tu Señor, Jesús, la marea, la inundación de la savia humana.
Recibe esta savia, porque, sin su bautismo, te agostarías sin deseos, como una flor sin agua, y sálvala. porque sin
tu sol se dispersaría locamente en ramas estériles.
¿Dónde están, pues, ahora la tentación excesiva del Mundo, la seducción de un Mundo demasiado hermoso?
Ya no existen.
Bien puede la Tierra asirme ya con sus brazos gigantes. Puede hincharme con su vida o volverme a coger en
su polvo. Puede ante mis ojos ornarse de todos sus encantos, de todos sus horrores, de todos sus misterios.
Puede embriagarme por su perfume de tangibilidad y de unidad. Puede hacerme arrodillar en la espera de lo que
madura en su seno.
Ya no me perturban los encantos de la Tierra desde que, para mí, se ha hecho
allende ella misma
Cuerpo de
Aquel que es y de Aquel que viene.
LXX
CUANDO SE LEE EL EVANGELIO sin una idea preconcebida, se advierte, sin lugar a dudas, que Jesús
vino a traer verdades nuevas sobre nuestro Destino, no sólo una vida nueva, superior a aquella de que nosotros
tenemos conciencia, sino también y realmente un poder físico nuevo para poder actuar sobre nuestro Mundo
temporal.
Por no comprender la naturaleza exacta de ese poder nuevamente concedido a nuestra confianza en Dios, por
indecisión ante lo que nos parece inverosímil o por temor de caer en el iluminismo, muchos cristianos
desestiman este aspecto terrestre de las promesas del Maestro, o, por lo menos, no se abandonan a él con la
plenitud de osadía que el Maestro no se ha cansado nunca de pedimos si nos detuviéramos a escucharle.
Sin embargo, no convendría que nuestra timidez o nuestra modestia nos convirtiesen en unos malos operarios.
Si realmente podemos influir con nuestra Fe en Jesús en el desarrollo del Mundo, somos imperdonables si
dejamos dormir en nosotros ese poder.
LXXI
“INCAPAZ DE MEZCLARSE y de confundirse en nada con el ser participado que sostiene, anima y religa,
Dios se halla en el nacimiento, en el crecimiento, al término de todas las cosas (…)”
“El único asunto del mundo es la incorporación física de los fieles a Cristo, que es de Dios. Ahora bien, esta
obra capital se prosigue con el
rigor y la armonía de una evolución natural.”
“En el origen de sus desarrollos, era necesario una operación de orden trascendente que injertara, siguiendo
unas condiciones misteriosas, pero físicamente reguladas, la Persona de un Dios en el Cosmos humano (…).”
“Et Verbum caro factum est.” Fue la Encarnación. De este primer y fundamental contacto de Dios con nuestra
raza, en virtud incluso de la penetración de lo divino en nuestra naturaleza, ha nacido una vida nueva,
engrandecimiento inesperado y prolongación “obedencial” de nuestras capacidades naturales: la Gracia. Ahora
bien, la gracia es la savia única que sube a las ramas a partir del mismo tronco, la Sangre que corre por las venas
bajo la impulsión de un mismo Corazón, el influjo nervioso que atraviesa los miembros con anuencia de una
misma Cabeza, y la Cabeza radiante, y el Corazón fuerte, y la Rama fecunda, inevitablemente es Cristo (…).”
“La Encamación es una renovación, una restauración de todas las Fuerzas y las Potencias del Universo; Cristo
es el instrumento, el Centro, el Fin de toda la Creación animada y material; por El todo está creado, santificado,
vivificado.” He aquí la enseñanza constante y
corriente
de San Juan y de San Pablo (el más “cósmico” de los
escritores sagrados), enseñanza que ha pasado a las frases más solemnes de la Liturgia…, pero que repetimos y
que repetirán hasta el fin de las generaciones, sin poder dominar ni mensurar su significado profundo y
misterioso, porque se halla ligado a la comprensión del Universo.
LXXII
SÓLO EL AMOR, por la sencilla razón de ser el único que debe tomar y reunir a todos los seres por el fondo
de sí mismos, es capaz—y este es un hecho de la cotidiana experiencia—de dar plenitud a los seres, como tales,
al unirlos. Y, en efecto, ¿en qué momento llegan a adquirir dos amantes la más completa posesión de sí mismos,
sino aquel en que se proclaman perdidos el uno en el otro? Y, en verdad, este gesto mágico, este gesto,
considerado como contradictorio, de “personalizar” totalizando, ¿no lo realiza el amor en cada momento y a
nuestro alrededor, en la pareja y en el equipo? Y lo que ahora realiza de una manera tan cotidiana a una escala
reducida, ¿por qué no podrá repetirlo un día a la de las dimensiones de la Tierra misma?
La Humanidad, el Espíritu de la Tierra, la Síntesis de los individuos y de los pueblos, la paradójica
Conciliación del Elemento y el Todo, de la Unidad y de la Multitud: para que todas estas cosas, consideradas
utópicas y, no obstante, biológicamente tan necesarias, lleguen a adquirir cuerpo en este Mundo, ¿no sería
suficiente que imagináramos que nuestro poder de amar se desarrolla hasta abrazar a la totalidad de los hombres
y de la Tierra?
LXXIII
Tú ERES,
JESÚS, el resumen y la cima de toda perfección humana y cósmica. No hay una brizna de
hermosura, ni un encanto de bondad, ni un elemento de fuerza que no encuentre en Ti su expresión más pura y
su coronación… Cuando te poseo, tengo realmente concentrado en un solo objeto la suma ideal de todo lo que el
Universo puede dar y deja entrever. El sabor único de tu Ser admirable ha extraído y sintetizado tan bien los
gustos más exquisitos que la Tierra contiene y sugiere, que ahora podemos, siguiendo tus deseos, encontrarlos
uno tras otro, indefinidamente, en Ti, ¡oh, Pan que encierras toda delectación!
Plenitud Tú mismo del ser creado
(plenitudo entis creati);
eres también, Jesús, la plenitud de mi ser personal
(plenitudo entis mei)
y la de todos los seres vivientes que aceptan tu dominación. En ti, y sólo en Ti, como en un
abismo sin límites, pueden lanzarse y sosegarse nuestras potencias, dar su plena medida, sin tropezar con
ninguna limitación; sumergirse en el amor y en el abandono, con la certidumbre de no encontrar en tus
profundidades el escollo de ningún defecto, el fondo de ninguna pequeñez, la corriente de ninguna perversión.
Por Ti, y sólo por Ti, Objeto total y apropiado de nuestros afectos, Energía creadora que sondeas el secreto de
nuestros corazones y el misterio de nuestros acrecentamientos, es despertada, sensibilizada, ensanchada nuestra
alma hasta el limite extremo de sus latencias.
Gracias a tu influencia, y sólo a tu influencia, la envoltura de aislamiento orgánico y dc egoísmo voluntario
qué separa las mónadas se funde y estalla, y la muchedumbre de las almas se precipita hacia la unión necesaria a
la madurez del Mundo.
De esa forma, al sumarse una tercera plenitud a las dos primeras, Tú eres, Jesús, en un sentido completamente
verdadero, el conjunto de todos los seres, que se cobijan y se encuentran de nuevo, unidos ya para siempre, en
las redes místicas de tu organismo
(plenitudo entium).
En tu seno, Dios mío, mejor que en ningún otro recinto,
poseo yo a todos cuantos amo, iluminados por tu bondad e iluminándote a Ti a su vez con unos rayos <tan
activos sobre nuestros corazones) que han recibido de Ti y que te devuelven. Esa multitud descorazonadora de
los seres sobre los que yo querría actuar para ilustrarles y conducirles, está ahí, agrupada en Ti, Señor. Por
mediación de Ti yo puedo llegar hasta la intimidad de cada ser—y trasladar a él lo que deseo.—, si yo sé
pedírtelo y si Tú lo permites.
LXXIV
EL PRINCIPIO DE UNIDAD que salva a la Creación culpable en vías de convertirse en polvo es Cristo.
Mediante la fuerza de su atractivo, mediante la luz de su moral, mediante el fundamento de su mismo ser, Jesús
viene a restablecer, en el seno del Mundo, la armonía de los esfuerzos y la convergencia de los seres. Leamos
con osadía el Evangelio, y encontraremos que ninguna idea traduce mejor para nuestras mentes la
función
redentora del Verbo
que la de unificación de toda carne en un mismo Espíritu…
Jesús… ha revestido su Persona con los encantos más palpables y más íntimos de la individualidad humana.
Ha adornado esa humanidad con los esplendores más fascinantes y más dominadores del Universo. Y se ha
situado entre nosotros como la síntesis inesperada de toda perfección, de tal forma que todos deben
forzosamente verle y sentir su Presencia para odiarle o para amarle…
LXXV
DIOS MÍO, CUANDO me acerque al altar para comulgar, haz que discierna desde ahora las infinitas
perspectivas ocultas bajo la pequeñez y la proximidad de la Hostia, en donde te disimulas. Ya me he
acostumbrado a reconocer bajo la inercia de este pedazo de pan una potencia devoradora que, siguiendo la
expresión de tus grandes Doctores, me asimila, lejos de dejarse asimilar por mí. Ayúdame a superar el resto de
falsa ilusión que tendería a hacerme creer que tu contacto es circunscrito y momentáneo.
Empiezo a comprenderlo: bajo las especies sacramentales, primeramente a través de los “accidentes” de la
Materia, pero también, de rechazo, en favor del Universo entero, me tocas, Señor, en la medida en que este
Universo refluye e influye sobre mí bajo tu influencia primera. En un sentido verdadero, los brazos y el Corazón
que me abres son nada menos que todas las fuerzas del Mundo juntas, las cuales, penetradas hasta el fondo de
ellas mismas por tu voluntad, tus gustos, tu temperamento, se repliegan sobre mi ser para formarlo, alimentarlo,
arrastrarlo hasta los ardores centrales de tu Fuego. En la Hostia, Jesús, lo que me ofreces es
mi propia vida.
LXXVI
NO. NO DEBEMOS VACILAR nosotros, los discípulos de Cristo, en captar esta fuerza que nos necesita y
que nos es necesaria. Por el contrario, si no queremos que se pierda y mustiamos nosotros mismos, debemos
participar de las aspiraciones, de esa esencia auténticamente religiosa, que hacen sentir a los hombres de hoy tan
fuertemente la inmensidad del Mundo, la magnitud del espíritu, el valor sagrado de toda nueva verdad. Bajo esta
directriz, nuestra generación cristiana sabrá de nuevo esperar.
A través de estas líneas nos hemos ido familiarizando poco a poco con estos puntos de vista: el progreso del
Universo, y especialmente del Universo humano, no está en competencia con Dios, ni es tampoco el desperdicio
vano de las energías que le debemos. Cuanto mayor sea el Hombre, cuanto más unida se halle la Humanidad,
consciente y dueña de su fuerza, la Creación será tanto más bella, la adoración más perfecta, y para las
extensiones místicas Cristo hallará mejor Cuerpo digno de Resurrección. En el Mundo no puede haber dos
cimas, como en un círculo no caben dos centros. El Astro que el Mundo espera, sin saber todavía pronunciar su
nombre, sin apreciar exactamente su auténtica trascendencia, sin poder siquiera distinguir los más espirituales,
los más divinos de sus rayos, es por fuerza el mismo Cristo que esperamos nosotros. Para desear la Parusía basta
con que dejemos que lata en nosotros, Cristianizándolo, el propio Corazón de la Tierra.
LXXVII
CON LA MUERTE no penetramos en la gran corriente de las cosas, según la beatitud panteísta, pero, sin
embargo, somos recobrados, invadidos, dominados por la potencia divina encerrada en las fuerzas de
desorganización íntima—presente, sobre todo, en la aspiración irresistible que conducirá a nuestra alma
separada por el camino ulterior de su destino—tan necesariamente como el sol hace subir el vapor que se
desprende al agua iluminada por él. La muerte nos entrega totalmente a Dios, nos traspasa a Él. En correspon-
dencia, hemos de entregarnos a ella con un gran amor y abandono, ya que no nos queda otra cosa que hacer,
cuando se presenta, que dejarnos dominar y conducir enteramente por Dios.
LXXVIII
SEÑOR, ya que nunca he dejado de buscarte y de colocarte en el corazón de la Materia universal con todo mi
instinto y en todas las circunstancias de mi vida, tendré la satisfacción de cerrar mis ojos en el deslumbramiento
de una Transparencia universal y de un Abrazo universal…
Como si el haber acercado y puesto en contacto los dos polos: tangible e intangible, externo e interno, del
Mundo que nos soporta lo hubiese inflamado todo, lo hubiese desencadenado todo…
Jesús, has penetrado en mi alma de niño bajo la forma de un “Pequeñín” entre los brazos de su Madre,
conforme a la gran Ley de Nacimiento. Y he aquí que, reproduciendo y ampliando en mí el círculo de tu
crecimiento a través de la Iglesia; he aquí que tu humanidad palestiniana se ha ido extendiendo poco a poco por
todas partes, como
un
arco iris innumerable en el que tu Presencia, sin destruir nada, penetraba,
superanimándola, cualquier otra presencia a mi alrededor…
¡Y todo eso porque, en un Universo que se me descubría en estado de convergencia, Tú has ocupado, por
derecho de Resurrección, el punto clave del Centro total en el que todo se concentra!
LXXIX
¡SON INNUMERABLES, Dios Mío, los matices de tu llamada! ¡Y las vocaciones esencialmente diversas!
Cada una de las regiones, de las naciones, de las categorías sociales tiene sus Apóstoles.
Yo quisiera ser, Señor, con mi modesta aportación, el apóstol, y (si así puedo decirlo) el evangelista
de tu
Cristo en el Universo…
Me has concedido, Dios mío, el don de sentir, bajo esa incoherencia aparente, la unidad viva y profunda que
tu Gracia ha desparramado misericordiosamente sobre nuestra desesperante pluralidad

Universalidad de tu Atracción divina y valor intrínseco de tu operar humano, ardo en deseos, Dios mío, de
propagar esa doble revelación que Tú me haces y de realizarla…
Si me juzgas digno, Señor, descubriré a quienes la vida resulta banal y carente de interés los horizontes
ilimitados del esfuerzo humilde e ignorado que puede, si la intención es pura, añadir a la proyección del Verbo
encarnado un elemento nuevo, elemento sentido por Cristo y asociado a su inmortalidad.
Me has descubierto la vocación esencial del Mundo a terminarse, por medio de una parte elegida de todo su
ser, en la plenitud de tu Verbo encarnado.
Para adueñarte de mí, Dios mío, Tú, que estás más lejos que todo y eres más profundo que todo, te apoderas y
combinas la inmensidad del Mundo y la intimidad de mí mismo.
Comprendo que toda perfección, incluso natural, es la base necesaria del organismo místico y definitivo que
Tú edificas por medio de todas las cosas. Tú, Señor, no destruyes los seres a quienes adoptas, sino que los
transformas, conservando todo lo que siglos enteros de creación han elaborado de bueno en ellos.
El Mundo entero está concentrado y pendiente de la espera de la unión divina. Y, sin embargo, el Mundo
choca contra una barrera infranqueable. Nada llega hasta Cristo si El no lo toma y lo pone en Sí.
Todas las mónadas inmortales convergen hacia Cristo.
No hay ni un átomo, por insignificante y vicioso que sea, que no deba cooperar, al menos mediante su repulsa
o su reflejo, al perfeccionamiento de Jesucristo.
Sólo el pecado queda excluido del Pleroma. Pero, puesto que el condenado no es reducido a la nada, ¿quién
podrá decir el misterioso complemento que procura al Cuerpo de Cristo el inmortal desecho?…
A fuerza de disminuir
Christo Jesu,
quienes se mortifican, sufren, envejecen con paciencia, franquean el
in
límite crítico en que la muerte se transforma en vida. A fuerza de olvidarse, vuelven a encontrarse, para no
perderse ya más…
El Universo adquiere la forma de Jesús; pero, ¡oh, misterio, Quien se descubre es Jesús crucificado!
Cristo se ama como una Persona, y se impone como un Mundo.
LXXX
CUANDO ME FUE DADO VER
hacia dónde tendía el deslumbrador reguero de las hermosuras individuales
y de las armonías parciales, descubrí que todo eso volvía a centrarse en un solo Punto, en una Persona, ¡la
tuya…, Jesús!… Toda Presencia me hace sentir que Tú estás cerca de mí; todo contacto es el de tu mano; toda
necesidad me transmite una pulsación de tu Voluntad…
Tú, Señor, por quien brilla siempre en mi el Espíritu, para que no sucumba a la tentación que acecha en cada
osadía, para que no olvide que
sólo Tú
debes ser buscado a través de todo, Tú me enviarás, en los momentos que
Tú sabes, la privación, las decepciones, el dolor…
Más que una simple unión, es una
transformación
lo que quiere operarse, en el curso de la cual todo lo que la
actividad humana puede hacer es disponerse y aceptar humildemente…
Tal vez, al ver al místico inmóvil, crucificado u orante, más de uno pensará que su actividad está adormecida
o que ha abandonado la Tierra… Es un
error. No hay nada en el mundo que viva y actúe con más intensidad que
la Pureza y la Oración, suspendidas como una luz impasible entre el Universo y Dios. La onda creadora se
despliega, cargada de virtud natural y de gracia, a través de su serena transparencia. ¿Qué otra cosa es la Virgen
María?
LXXXI
EL AMOR CRISTIANO, LA CARIDAD CRISTIANA…
Sé muy bien, por experiencia, que esta expresión despierta, la mayoría de las veces, cuando se la pronuncia
delante de no cristianos, una amable o maligna incredulidad. “Amar a Dios y al Mundo —oímos objetar— ¿no
es un acto psicológicamente absurdo? ¿Cómo amar, en efecto, lo Intangible y lo Universal? Y, además, en la
medida en que, más o menos metafóricamente, puede considerarse posible un amor de todo y del Todo, ¿este
gesto interior no es familiar a los Bhaktas hindúes, a los Babaístas persas y a muchos otros también, lejos de ser
específicamente cristiano?…”
Y, sin embargo, ¿no están ahí, al alcance de nuestra vista, los hechos para probar materialmente —
brutalmente casi— lo contrario?
Por una parte, dígase lo que se diga, es perfectamente posible un amor (un
verdadero
amor) de Dios. Porque
si no lo fuese, se vaciarían de la noche a la mañana todos los monasterios y todas las iglesias de la Tierra, y el
Cristianismo, a pesar de su marco de ritos, de preceptos y de jerarquía, quedaría reducido a cero
inevitablemente.
Y este amor, por otra parte, posee ciertamente algo más fuerte en el Cristianismo que en cualquier otra parte.
Porque, de lo contrario, a pesar de todas las virtudes y de todos los atractivos de la dulzura evangélica, hace ya
mucho tiempo que la doctrina de las Bienaventuranzas y de la Cruz habría cedido su puesto a cualquier otro
Credo (y más especialmente a cualquier otro humanismo o terrenismo) más conquistador.
Cualesquiera que sean los méritos de las demás religiones y cualquiera que sea la explicación que se dé, es
en el
innegable que el más abrasador hogar colectivo de amor jamás conocido en el Mundo arde
hic et
nunc
corazón de la Iglesia de Dios.
REFERENCIAS DE LOS PENSAMIENTOS
PRESENCIA DE DIOS EN EL MUNDO
I:
La Vie cosmique,
23 de marzo de 1916 (inédito). —II:
Mon Univers,
25 de marzo de 1924 (inédito). —III:
La Aparición
del Hombre. —IV: Le Milieu Mystique,
1917 (inédito). —V:
Le Milieu Mys tique,
1917 (inédito). —VI:
La Visión del Pa-
sado. —VII:
La Visión del Pasado. —VIII: El Fenómeno Hu
mano. —IX:
El Medio Divino. —X: El Medio Divino. —XI: Le
Milieu Mystique,
1917 (inédito). —XII:
El Porvenir del Hombre. —XIII: El Fenómeno Humano. —XIV: El Medio Divino. —
XV: El Medio Divino. —XVI: El Porvenir del Hombre. —XVII: El Medio
Divino. —XVIII:
Le Milieu Mvstique,
1917
(inédito). —XIX:
El Medio Divino.
LA HUMANIDAD EN MARCHA
XX: “La Signification et la Valeur constructrices de la Souffrance”,
L’Union Catholique des Malades,
1933. —XXI: “La
Signification et la Valeur constructrices de la Souffrance”,
L’Union Catholique des Malades,
1933. —XXII:
Le Milieu
Mystique,
1917 (inédito). —XXIII:
La Foi qui Opere,
1918 (inédito). —XXIV:
El Porvenir del Hombre. —XXV: Le Milieu
Mystique,
1917 (inédito).—XXVI:
Notes de retraites,
1944-1955 (inédito). —XXVII:
La Visión del Pasado. —
XXVIII:
El Fenómeno Humano. —XXIX: El Fenómeno Humano. —XXX: El Medio Divino
. —XXXI:
El Porvenir del
Hombre. —XXXII: La Visión del Pasado
. —XXXIII:
La Visión del Pasado. —XXXIV: El Fenómeno Humano. —
XXXV:
El
Porvenir del Hombre. —XXXVI: Le Milieu Mystique,
1917 (inédito). —XXXVII:
El Medio Divino. —
XXXVIII:
El Medio
Divino. —XXXIX: El Medio Divino.
SENTIDO DEL ESFUERZO HUMANO
XL: Carta a M. T.-C., del 13 de noviembre de 1916. —XLI:
Le Pretre,
1918 (inédito). —XLII: “La Signification et la
Valeur constructrices de la Souffrance”,
L’Union Cathotique des Malades,
1933. —XLIII:
Le Milieu Mystique,
1917
(inédito). —XLIV:
La Aparición del Hombre.

XLV: Le Milieu Mystique,
1917 (inédito). —XLVI:
La Lutte contre la
Multitude,
1917 (inédito). —XLVII:
El Fenómeno Humano.
— XLVIII:
Le Prétre,
1918 (inédito). —XLIX:
La Lutte contre
la Multitude,
1917 (inédito). —L:
El Fenómeno Humano. —
LI:
El Fenómeno Humano…
—L11
: Le Prétre,
1918 (inédito).
—LIII:
El Medio Divino. —
LIV:
El Medio Divino.
—LV:
El Medio Divino.
—LVI:
La Foi qui Opere,
1918 (inédito). —
LVII:
El Medio Divino.
EN EL CRISTO TOTAL
LVIII:
La Vie Cosmique,
24 de marzo de 1916 (inédito). —LIX: Carta a M. T.-C., 23 de noviembre dc 1916 (inédito). —LX:
Le Prétre,
1918 (inédito). —LXI:
Le Prétre,
1918 (inédito). —LXII:
La Visión del Pasado
. —LXIII:
La Visión del Pasado.
—LXIV:
La Foi qui Opére,
1918 (inédito). —LXV:
Le Coeur de la Matiere,
1950 (inédito). —LXVI:
El Medio Divino.

LXVII:
El Medio Divino
. —LXVIII:
El Medio Divino
. —LXIX:
El Medio Divino.
—LXX:
La Foi qui Opére,
1918
(inédito). —LXXI:
La Vie Cosmique,
24 de marzo de 1916, y
El Porvenir del Hombre.
—LXXII:
El Fenómeno Humano.

LXXIII:
Le Prétre,
1918 (inédjto). —LXXIV:
La Lutte contre la Multitude,
1917 (inédito). —LXXV:
El Medio Divino.

LXXVI:
El Medio Divino
. —LXXVII: Carta a M. T.-C., 13 de noviembre de 1916. —LXXVIII:
Le Coeur de la Matiere,
1950 (inédito). —LXXIX:
Le Prétre.
1918 (inédito):
passim. —
LXXX:
Le Milieu Mystique,
1917 (inédito):
passim

LXXXI:
Le Christique,
1955 (inédito).
NOTAS
El Padre Teilhard de Chardlin no pudo escribir
La Misa sobre el Mundo
en la Semana Santa de 1923, como relataron unos
amigos de Pekín, ya que no llegó a los Ordos hasta agosto del mismo año. Tuvo que haber una confusión entre dos fechas de
la gloria de Cristo. En varias ocasiones, el Padre ha expresado su atracción espiritual por la fiesta de la Transfiguración. (N.
de los Editores.)
Tal como advierte la
Introducción,
el autor no confunde la Transustanciación propiamente dicha con la presencia
universal del Verbo. Como puntualiza en
Le Prétre:
“La Transustanciación se aureola de una divinización real, si bien
atenuada, de todo el Universo.” Mediante el elemento cósmico en que, por la Encarnación, El se ha introducido y en el que
reside eucarísticamente, “el Verbo actúa para subyugar y asimilar todo lo demás”. (N. de los E.)
El P. Teilhard escribe unas veces “Historias” y otras “Cuentos”, a la manera de Benson. R. H. BENSON, autor inglés,
había publicado un cuento místico que había Impresionado al padre. Cf.
El Medio divino,
3.’ edición española, p. 143. (N. de
los E.)
¡En estos cuentos, demasiado íntimos, el autor ha experimentado la necesidad de permanecer oculto; pero “el Amigo” es,
evidentemente, él mismo. (Nota del Editor francés.)
“Panteísmo” muy real (en el sentido etimológico de la palabra
,
es decir, según la expresión de san Pablo:
Dios todo en
todos,
pero panteísmo absolutamente legítimo, puesto que si, en fin de cuentas, los cristianos no constituyen efectivamente
más que “uno con Dios”, este estado se obtiene no por identificación (Dios convirtiéndose en todo), sino por acción
diferenciante y comunicante del amor (Dios todo
en todos),
lo que es esencialmente ortodoxo. (Nota posterior del Autor.)
En una Creación de forma evolutiva ha sido precisa la Materia para que haya podido aparecer el espíritu sobre la tierra—
”Materia, matriz del espíritu”, precisará el P. Teilhard de Chardin.—,
Matriz
que es, pues, soporte y no principio. (N. de los
E.)
Que nadie se lleve a engaño! Quien, no de una manera marginal, sino como consumación de la mística tradicional,
había podido entablar, sin imprudencia, ese tremendo combate contra la Materia, se había preparado a él mediante la ascesis
más rigurosa: ascesis de una infancia y de una juventud indefectiblemente fieles al ideal cristiano; ascesis, más adelante, de
una correspondencia atenta y constante a las exigencias de una vocación que debía arrastrarle, sin tregua, por las vías as-
cendentes de la perfección, hasta esa soledad de la cual escribía: “.. sería desde entonces un extranjero hablaría en adelante,
sin poderlo evitar, una lengua incomprensible, él sobre quien el Señor había decidido hacerle tomar el camino del Fuego.]’
“Me parece puedo considerar—escribe el padre—como origen de esa inundación y de ese envolvimiento la importancia
creciente que rápidamente fue adquiriendo en ¡ni vida espiritual por el sentido de la Voluntad de Dios,”
<Le Coeur de la
Matiére.
Inédito.)
Ha sido necesario este largo
y
heroico caminar a través de la Noche mística, acompañado de un desarrollo excepcional de
la Fe, de la Esperanza ~ dc la Caridad teologales, para que la Materia haya resultado “diáfana” a la mirada del P. Teilhard y
le haya revelado, en sí, con la santificación última dimanante de la Encarnación y de la Eucaristía, la presencia irradiante de
Cristo.
Para comprender exactamente
El Himno a la
Materia hay que situarlo, pues, al final de las vías purificativas, frente a la
cumbre desde donde irradia la Jerusalén Celestial.
De ahí se sigue que el cristiano todavía no experimentado cometería un error peligroso si creyera poder seguir al P.
Teilhard sin adentrarse previamente, lo mismo que él, por los caminos de la ascesis tradicional. (Nota de los E.)
Prólogo de Teilhard a su obra "El Fenómeno Humano"
Estas páginas representan un esfuerzo para
ver
, y
hacer ver
en qué se convierte el hombre y qué exige
el Hombre, si se le sitúa, completamente y hasta el límite, en el marco de las apariencias. ¿Por qué
intentar ver? ¿Y por qué dirigir especialmente nuestra mirada hacia el objeto humano?
Ver
. Podría decirse que toda la Vida está aquí – si no finalmente, al menos esencialmente-. Ser más es
unirse más: tales serán el resumen e incluso la conclusión de esta obra. Pero, así lo constataremos aún,
la unidad no crece más que sostenida por un acrecentamiento de conciencia, es decir, de visión. He aquí
por qué, sin duda, la Historia del mundo viviente se reduce a la elaboración de ojos cada vez más
perfectos en el seno de un Cosmos en el que es posible ir descirniendo cada vez más. La perfección de
un animal, la supremacía del ser pensante, ¿No se miden según la penetración y el poder sintético de su
mirada? Intentar ver más y mejor no es una fantasía, una curiosidad, un lujo. Ver o perecer.
Tal es la situación, impuesta por el don misterioso de la existencia, a todo lo que es elemento del
Universo. Y tal es, por consiguiente, en un grado superior, la condición humana.
Pero, si es verdaderamente tan vital y beatificante conocer, ¿Por qué aún otra vez dirigir con preferencia
nuestra atención hacia el hombre? ¿No resulta el hombre suficientemente descrito -y aburrido-? ¿No es,
acaso, justamente uno de los atractivos de la ciencia el de apartar y hacer descansar nuestros ojos
sobre un objeto que al fin no seamos nosotros mismos?
Con un doble título, que le hace dos veces centro del Mundo, el hombre se impone a nuestro esfuerzo
por ver, como la clave del Universo.
Subjetivamente, en primer lugar, somos inevitablemente
centro de perspectiva
con relación a nosotros
mismos.Habrá sido una ingenuidad, probablemente necesaria, de la ciencia naciente, imaginarse que
podía observar los fenómenos en sí, tal y como se desarrollaban aparte de nosotros. Instintivamente,
físicos y naturalistas han operado, desde luego, como si su mirada se hundiese en un mundo que su
conciencia podía penetrar sin sufrirlo ni modificarlo. Ahora empiezan a darse cuenta de que sus
observaciones más objetivas están completamente impregnadas de convenciones elegidas en el origen,
y también de formas o hábitos de pensamiento desarrollados durante el despliegue histórico de la
investigación. Una vez llegados al fin de su análisis, no saben ya si la estructura que están alcanzando
es la esencia de la materia que estudian o el reflejo de su propio pensamiento. Y simultáneamente se
dan cuenta de que, por un choque de retroceso de sus descubrimientos, se encuentran ellos mismos
comprometidos, cuerpo y alma, en la red de relacoines que creían lanzar desde fuera sobre las cosas:
cogidos en sus propias redes. Metamorfismo y endomorfismo, diría un geólogo. Objeto y sujeto se
emparejan y se transforman mutuamente en el acto del conocimiento. De grado o por fuerza, desde
entonces, el hombre se encuentra y se mira a sí mismo en todo lo que ve.
He aquí, desde luego, una servidumbre, pero que compensa inmediatamente una cierta y única
grandeza.
Es simplemente trivial e incluso penoso, para un observador, transportar consigo, vaya donde vaya, el
centro del paisaje que atraviesa. Pero, ¿Qué le ocurre a uno que se pasea si el azar de su camino le lleva
a un punto naturalmente ventajoso (crucer de rutas o valles), a partir del cual no solamente la mirada,
sinó las mismas cosas irradian? Entonces, al encontrarse coincidente el punto de vista subjetivo, con una
distribución objetiva de las cosas, se establece la percepción en su plenitud. El paisaje se descifra e
ilumina. Uno ve.
Tal parece ser, desde luego, el privilegio del conocimiento humano.
No es necesario ser un hombre para percibir objetos y fuerzas "circundándonos" a nuestro alrededor.
Todos los animales están aquí lo mismo que nosotros. Pero es peculiar al hombre ocupar una posición
tal en la naturaleza a la que esta convergencia de líneas no sea solamente visual, sino estructural. Las
páginas que siguen no harán más que verificar y analizar este fenómeno. En virtud de la cualidad y de
las propiedades biológicas del pensamiento, nos encontramos situados en un punto singular, en un
nudo, que rige la fracción entera del Cosmos, actualmente abierto a nuestra experiencia. Centro de
perspectiva, el hombre es al mismo tiempo centro de construción del universo. Por ventaja, tanto como
por necesidad, a él es al que finalmente hay que volver a referir toda ciencia. Si, verdaderamente, ver
es ser más, miremos al hombre y viviremos más.
por esto acomodemos correctamente nuestros ojos.
Desde que existe, el hombre está ofrecido como espectáculo a sí mismo. De hecho, desde hace decenas
de siglos no se mira más que a sí mismo. Y, sin embargo, apenas si empieza ahora a tomar un punto de
vista científico de su significación en la física del mundo. No nos asombremos de esta lentitud en el
despertar. Nada es tan difícil de percibir con frecuencia como lo que debería “saltarnos a los ojos”. ¿No
le hace falta una educación al niño para separar las imágenes que se asientan en su retina acabada de
abrir? Al hombre, para descubrir al hombre hasta el fin, le eran necesarios toda una serie de sentidos
cuya adquisición gradual, como tendremos que decir, cubre y escande la historia misma de las luchas
del espíritu.
Sentido de la inmensidad espacial, en lo grande y lo pequeño, desarticulando y esparciendo, dentro de
una esfera de radio indeterminado, los círculos de objetos que se estrujan a nuestro alrededor.
Sentido de la profundidad, rechazando trabajosamente, a lo largo de series ilimitadas, en distancias
temporales desmesuradas, acontecimientos que una especie de gravedad tiende continuamente a
reducir para nosotros a una delgada hoja de pasado.
Sentido del número, descubriendo y apreciando sin titubear la multitud enloquecedora de elementos
materiales o vivientes comprometidos en la mínima transformación del universo.
Sentido de la proporción, realizando en la medida de lo posible la diferencia de escala física que separa,
en las dimensiones y los ritmos, al átomo de la nebulosa, lo ínfimo de lo inmenso.
Sentido de la cualidad, o de la novedad, consiguiendo, sin romper la unidad física del mundo, distinguir
en la naturaleza niveles absolutos de perfección y crecimiento.
Sentido del movimiento, capaz de percibir los desarrollos irresistibles ocultos en las lentitudes más
grandes -la extrema agitación disimulada bajo un velo de reposo-; lo completamente nuevo
deslizándose en el corazón mismo de la repetición monótoma de las mismas cosas.
Sentido de lo orgánico, por último, descubriendo las conexiones físicas y la unidad estructural bajo la
yuxtaposición superficial de las sucesiones y las colectividades.
A falta de estas cualidades en nuestra mirada, el hombre seguirá siendo para nosotros, hágase lo que se
haga para hacernos ver, lo que es todavía para tantas inteligencias: objeto errático en un mundo
inconexo. Que se desvanezca, por el contrario, de nuestra óptica la triple ilusión de la pequeñez, de lo
plural y de la inmovilidad, y el hombre adquirirá sin esfuerzo el puesto central que anunciábamos:
cumbre momentánea de una antropogénesis que corona una cosmogénesis.
Teilhard de Chardin,
"El fenómeno humano"
Revista de Occidente, Madrid, 1958 ( p. 11-14)

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