Don Samuel Aguiñiga Duarte. Un dólar bien vale un millón…

Tomado del sitio de Alfredo Aguiñiga Silva

Martínez Campos, 15/VII/09

DON SAMUEL AGUIÑIGA DUARTE
Un dólar bien vale un millón…

Era cosa de mañanear un poco, tomar el rumbo de Los Guanumos, subir por el amplio callejón entre las cercas de los potreros rumbo al Guayabo y las de los cercanos al arroyo, allí por donde don Froyla Maya, y ya está. Lo demás era subir y subir, fuese a pie, en pachorrudo burro, o a caballo trotador.
Y de callejón en callejón, bordear El Rodeo, El Palo de la Llegada, el potrero de Juan Campos (don Juan Campos), el potrero de Trino Aguiñiga (don Trino Aguiñiga) y luego seguirse por El Cavulote , hasta las inmediaciones del Cerro del Metate, y más a la derecha, los potreros aún del territorio de Ziquítaro, rumbo a San Antonio Carupo.
Pero si seguía uno rumbo a Caurio, debían cruzarse llanos, rodear algún mogote, otra vez callejones y ya está: Caurio de Guadalupe, el de la tierra colorada, el verdor de las cercanías de la sierra, refugio de ziquitarenses en tiempos difíciles, y la tierra de don Amador, aquel hombre tan atento, comerciante en ganado, buen ganado para volverlo jugosas carnes de reses de Ziquítaro y de poblados cercanos, lo supongo.
Dije don Amador y cómo no lo iba a conocer, si él disfrutaba siempre de la hospitalidad de los serviciales y amables vecinos de la infancia, doña Altagracia Sepúlveda y don José Duarte, sus compadres. Era cosa de ver a don Amador (¿Espinoza?, no recuerdo bien el apellido), en su caballo ligero y protegido, creo recordarlo, con las chaparreras pegadas a la montura.
Don Amador sí conocía bien, ese camino que nombré. Pero no es cosa de uno detenerse en el camino, porque se demora el viaje y la llegada a la meta, a donde va uno. Si acaso sea conveniente detener el paso, darse un respiro en el camino, revisar si se va en la dirección correcta, y ya está: no mirar atrás si se va arando como dice el Evangelio, o caminando como es el caso aquí. Y esto, creo, es válido para personas y sociedades. De lo contrario, de no revisar las metas, caemos en lo oscuro de la barranca del desamor, del desentendimiento, de la violencia y del crimen. Como se ve, pues, desde esta mañana y a través de los medios.
El regreso, desde donde me quedé, no es difícil. Es lo mismo, pero al revés, lo que me hace entender , y aquí está lo curioso, el ver las cosas al revés, o sea de aquí para allá y de ahora para’trás, tiene también su atractivo.
SALUDO AL MADROÑO DE PIEL TERSA,
COMO DE MUCHACHA
Porque no se trata solamente de desandar lo andado y volver al Cavulote, de paso saludar al gran madroño de piel tersa como de quinceañera y luego pasar de nuevo por el Potrero de don Trino, el Potrero de don Juan, inmediaciones del Palo de la Llegada, cerca de la Cueva del León, ya casi en El Guayabo, rozarle un poco al Rodeo, callejonear desde luego, volver a Los Guanumos y de allí al Llano, al barrio de la remembranza infantil.
Desde luego desandar lo andado tiene su chiste, sobre todo si se monta uno en las alas del tiempo y regresa a los tiempos nebulosos (en el recuerdo solamente, conste) de la infancia campirana.
Porque, es inevitable mencionar nombres, en este caso entreverados con potreros y los potreros con callejones y los callejones con nopaleras, encinares , casahuateras, huizaeheras, arroyos y peñascales y, otra vez, con el gran madroño de piel de adolescente perfumada.
Después de todo, se vale porque, éste, pretende ser un trabajo con pretensiones literarias y no tanto periodístico. Literario por cuanto teje, en desilvanada red, recuerdos con datos, nombres con potreros, reminiscencias con nostalgias y hace de todo ello un homenaje al terruño y a sus personas.
Periodístico, lo que también es literario, muy poco, por cuanto el acontecer escapa al trágico momento de estos días y de esta mañana en que escribo. Pero si hay un dato duro, mezclado con el recuerdo, como la existencia del terso madroño, válgase pues el recurso a la base de datos de la memoria.
En todo caso, escribir por asociaciones puede tener la ventaja de que, en el caminar del texto, puede uno detenerse en cualquier lugar del camino y el pretexto del Potrero de don trino Aguiñiga, de paso para el Cavulote y el Cerro del Metate, o de regreso a Ziquítaro (el ombligo del mundo, dicho sea de paso), es muy pertinente para hablar de él, de don trino, el patriarca de una grande familia, la familia Aguiñiga Duarte.
UN HOMBRE DEVOTO
A don Trino lo recuerdo ya de edad, alto, corpulento, pelo blanco terso aun cuando no muy abundante y espero no equivocarme en esto. Es un recuerdo de infancia y de juventud. En mis limitadas apreciaciones, apoyándolas un poco ahora con mis vivencias de adulto, me atrevería a decir que don Trino era de una personalidad consistente. Y devoto y tal vez por eso consistente. Llegaba a verlo en actos litúrgicos, siempre constante, al igual que muchos de su edad, entre otros mis abuelos y particularmente don Vicente Martínez del Río.
Y qué decir de doña Lucita, doña Luz Duarte. Su figura menudita, bajita y bondadosa. Qué decir de ella, sino agradecer y bendecir, por aquella visita personalizada cuando falleció mi hermano Roque, en 1970. Ella, doña Lucita, días después del sepelio, acudió a donde la familia nuestra para hacer una visita de pésame. De esas visitas que vinculadas a un acontecimiento penoso, más que cortesías, son una oración viviente.
Imposible recordar todo de personas, sobre todo cuando el trato no puede ser directo, por la barrera natural que se crea entre niñez, juventud y edad mayor. Pero sí recuerdo la sonrisa benevolente de Salvador, la presencia Vigorosa de Pedro, y menos distancia con los de la camada como Quico (mi tío político) y Javier.
Pero de Trinillo (J. Trinidad Aguiñiga Duarte) hay qué decir algo. Pero no antes de contar una anécdota, por aquello de que Trinillo siempre me pareció de buen humor, que ojalá, ahora en su edad madura, lo conserve.
No voy a contar sobre la primera vez que vi, conocí al monstruo llamado tren, o más propiamente su locomotora, su máquina, en Panindícuaro, el susto metafísico que me dio (en mi infancia, a lo mejor hasta lo equiparé a un dragón infernal). Pero esto que cuento, fue de seguro en las entrañas del dicho monstruo. Y no sé si en Panindícuaro, o antes en el trayecto a Zacapu. El caso es que coincidieron mi papá Chon (Encarnación Martínez) con Trinillo, dentro del tren. De donde venían, a dónde iban, no lo sé, supongo que a Panindícuaro y de allí a Ziquítaro, en otro medio de transporte, entonces a caballo, burro, o a pie y no había de otra si era en temporada de aguas. Si en secas, de seguro en aquellos camiones que sin prisa viajaban durante cuatro horas de Ziquítaro a Zacapu.
“NOMAS NO ME LEGAÑES, CANA”,
FESTEJABA TRINILLO
Mi posible lector, habrá adivinado de seguro que yo andaba allí. Lo ratifico al decir que, sea por alguna tragazón imprevista, o por lo que usted quiera o guste, ya me andaba. Fuera la poca práctica para ir al sanitario en un medio de transporte no muy común en el uso campesino, o haya sido lo que fuere, el caso es que me hice en los pantalones. Debió venir el regaño paterno, con mayor razón que, según contaban las crónicas, Chon, ya mero se caía del tren con todo y mí. Y ante el regaño, no me quedó más que replicar según dicen, con aquel famoso “nomás no me legañes, Cana”. Y debió haber testigos, porque durante muchos años Trinillo me saludaba con un sonriente y divertido: “nomás no me legañes Cana”, lo que de seguro le hizo gracia, como es propio reaccionar ante las ocurrencias de un pequeño.
Donde no hay comparación, es en las convivencias, y en La Ciénega, por más señas. Ciénaga, se diría en lenguaje urbano. Nosotros simplemente le decíamos La Ciénega, y era aquel vasto terreno ejidal, plano, entre Tirímacuaro, La Luz y lo que se conoce ahora como Norica, por el rumbo de un venero denominado de Tierra Caliente.
Por allí estaban las parcelas de mi papá don Encarnación Martínez, la de don Feliciano Ventura, Chanillo, la de don Trino Aguiñiga o sería del joven Trinillo Aguiñiga, no recuerdo.
Tiempos de siembra del garbanzo, allá por octubre, o de su cosecha, allá por marzo; tiempo de siembra del trigo, o de su cosecha, en fechas parecidas. O simplemente su preparación, a la hora de la limpia del terreno, o del barbecho.
Un terreno tan plano (y tan fértil con el limo bajado desde el cerro por los arroyos), y en el cual no había manera de recoger leña. Por eso, a la hora de “bueyear”, temprana la mañana, en aquellos despertares del día junto a la barranca y luego del almuerzo para los bueyes: nopal blanco chamuscado para quitarle las espinas, y luego del primer encuentro con los tacos sabrosos que preparaba mamá Benita, a echarle unas barañas al burro para la hora del medio día, hacer la lumbre.
Bueno, para no alargarla, para mi, sembrador de mi papá, o simplemente arriador de los bueyes o burros, según el caso, o temporada, la hora más importante, luego de andar explorando los terrenos en busca de bichos o de yerbas con qué entretenerme, era la hora de la comida.
La convivencia del día, alrededor de la lumbre (de la hoguera, o fogata), donde se juntaban en ejemplar armonía, los ejidatarios vecinos y entre ellos, obvio es decirlo, Trinillo Aguiñiga. De plano, en mi interés no estaban las pláticas de los mayores, aunque se pegaba una que otra información, de esa propia de aquellos tiempos y lugares. Lo importante, digo, para mí, era investigar y ver de qué eran los tacos puestos en la fogata, al escrutinio de toda la concurrencia.
Y no se requería mucha astucia para adivinar los respectivos contenidos, porque en eso se había adelantado la democracia varios lustros, la democracia económica, digo, porque la mayor parte de las veces, y que , me perdonen las subsiguientes generaciones, dominaban los tacos de frijoles.
Eso sí, preparados los tacos de frijoles con diligente interés por las mamás, que siempre, siempre, acompañaban la servilleta con su buena dotación de chiles, fueran secos o verdes, según temporada, pero siempre también una buena dotación de sal en la esquina anudada de la servilleta, porque creo entender que no había saleros como los conoce la edad moderna.
EL QUESO, BUENA COMPAÑIA
Claro, no era de desdeñar, también según tiempos y circunstancias, el acompañamiento de un que otro queso. Pero a este propósito, creo recordar que a veces mi marcado interés se manifestaba en aquellos tacos de queso fundido, y espero no me falle la memoria, y creo que debió atribuirse tal esmero a la cocina de doña Lucita.
Claro, en una convivencia también existen ciertas previsiones, no faltaba más, ninguna democracia es perfecta y en aquella democracia de la fogata y la vecindad parcelaria, también había una pequeña restricción, aunque, como digo, no siempre, supongo, sino también según tiempos y circunstancias y depende también de lo que llevara dentro el taco.
Es de mencionar que no era yo el único chamaco entreverado con la adultez rural, por lo que voy a decir y, curándome en salud, no me venía a mí el saco ni a Chon. Pero según decires, llegó a darse el caso de que cuando alguien, por aquello de campo libre para meter mano y dedos al fogón para recuperar algún taco, veía riesgo de cierta ligereza a la hora de meter la mano, decía simplemente: “esa es del muchacho”.
Y creo que esa expresión hizo historia, como la generada por mi papá, años después cuando, en cierta reunión de convivencia, en Ziquítaro, claro, vio cierta lentitud a la hora del reparto de las ahora denominadas “cheves”, externó su protesta por el tal vez involuntario olvido, y dijo simplemente: yo también vine.
Y en medio del regocijo de todos, fue desde luego subsanada la omisión, pero el dicho hizo historia, tanto, que yo mismo lo he utilizado como título de una sección de mis trabajos. Y con motivo de su paso definitivo, de mi papá Encarnación hacia nuestro Creador, escribí un texto que he denominado Carta Abierta y donde me hago eco de la observación de mi papá, que le dice a Papá Diosito: yo también bien. Y Diosito le contesta simplemente: desde luego.
DON SAMUEL
Y EL DÓLAR DEL MILLON
Bueno, y a estas altura de mi texto, algún posible lector podría objetarme, y con toda razón, a qué viene todo esto, si titulaste tu trabajo como Don Samuel Aguiñiga Duarte. Un dólar bien vale un millón….
Digo que la cosa no es tan complicada, puesto que hago mención en todas estas líneas de miembros de la familia Aguiñiga y aquí le toca su lugar a él, a Samuel. Espero que desde allá, desde donde está, me regale una sonrisa benevolente, y desde luego una oración, como dispensa de algún dislate que pueda yo escribir respecto a él o de su familia.
De no fallarme la memoria, creo haber contado, hará poco más de medio siglo, durante aquel tiempo de mi escuelita improvisada en Ziquítaro, con Jorge y con Socorrito como alumnos.
Y luego, durante mi paso efímero por los USA, recuerdo haber disfrutado de la hospitalidad de él , de Samuel y de su familia, durante las visitas que hacía a su casa junto con Roberto Duarte Sepúlveda.
Guardo positivos recuerdos de Samuel y ahora, hará pocas semanas, tanto Pedro Aguiñiga Bucio, como Javier Aguiñiga Rodríguez , sus sobrinos, me comunicaron del fallecimiento de su tío.
Datos que me proporcionó Javier indican que Samuel Aguiñiga Duarte, nació el 8 de marzo de 1920, en Ziquítaro y falleció el 19 de junio de este año 2009.
En la época de los cincuenta, dice Javier Aguiñiga Rodríguez, Samuel emigró hacia los Estados Unidos con sus hijos, y su esposa Ana María Campos Serrato (QPD).
Samuel Aguiñiga trabajó en los ferrocarriles, de donde se jubiló. Le sobreviven sus hermanos Francisco, J. Trinidad (Trinillo), Ana María y Javier Aguiñiga Duarte.
Sus hijos, todos universitarios, Socorro (QPD), Jorge, Leticia, Héctor, Ana María y Jeanet Aguiñiga Campos.
Con motivo de su fallecimiento, un gran número de familiares y amigos acompañó a Samuel, en memoria de quien se efectuó un servicio fúnebre, el 21 de junio, en la ciudad de Whittier, California.
Allá por fines de los cincuenta, hará medio siglo, cuando este servidor, o sea yo, Silviano, andaba por allá en busca de mí mismo, de trabajo y aprendiendo en la escuela de la vida, coincidimos con Samuel, frente a la casa de Adrián Campos, en Mexicali.
Samuel, de manera discreta, metió mano a la bolsa, sacó un dólar y me lo regaló. Los actos generosos nunca se olvidan y, por el contrario, siembran vida en quien los genera y en quien los recibe. Por eso, medio siglo después, termino la frase que empecé arriba: Un dólar bien vale un millón…de gracias.

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